MARIA WIESSE

Selecciones de

LA FLAUTA DE MARSIAS1

INDICE

     La flauta de Marsias

     La flauta rota

     La música prohibida

     Un día de abril . . .

     El niño y su clarín


LA FLAUTA DE MARSIAS

La flauta de Marsias2




[14]3 Marsias, en una colina, a la caída de la tarde hace resonar su flauta. Sonido suave y elegíaco. Se le acerca un sátiro.

Sátiro.--¿Dónde aprendiste a tocar el carrizo, Marsias?

Marsias.--Encontré esta flauta cerca de una fuente. Allí la arrojó Minerva porque le fatigaba la respiración el modularla y temía malograrse la forma de los labios. Yo la recogí y sobre sus agujeros posé mi boca en [15] amoroso gesto: Y ella me obedece dócilmente. En ella cantaré como los pájaros, imitaré el murmullo de los arroyos; los rumores del campo, el hálito de la brisa entre las ramas de los árboles. Soy ya un eximio tocador de flauta.

Sátiro.--Pero no podrás competir con la lira de Apolo. En las cuerdas de su instrumento él evoca el amor y la ternura, hace gemir el dolor y la melancolía.

Marsias.--Apolo no puede superarme en el arte de la armonía. Lanzará dardos de oro sobre el mundo, mostrará su belleza en su carro de luz, pero el sonido es mío. El sonido resuena gracioso y limpio --como agua de la fuente-- en este carrizo, que una diosa abandonó, y con él emocionaré el corazón de todos los habitantes de la comarca.

Sátiro.--No te envanezcas; Marsias. Los dioses suelen vengarse de quien los desafía. (Aparece Apolo. Lleva su lira).

Apolo.--¿Quién es el que modula la [16] flauta en estos parajes?

Marsias.--Soy yo, Marsias, el pastor.

Apolo.--(Tomando la flauta).--Este es el instrumento que Minerva tocaba, olvidando la sabiduría, que es su atributo y su propiedad.

Marsias.--Yo lo encontré tirado, a la vera de las aguas, y con él, he de dar deleite a los hombres.

Apolo.--(Templando suavemente su lira).--Eres vanidoso, Marsias. . . El arte exige sencillez y humildad. . . Los dioses no han otorgado el arte a los mortales para que se enorgullezcan.

Marsias.--Te desafío, Apolo. Yo tocaré mi flauta, tú la lira. Y los habitantes de estas regiones decidirán cual de los dos lo ha hecho con más pureza, emoción y gracia.

Apolo.--Acepto tu desafío, Marsias. Pero, ¿te sometes a mis condiciones, si salgo vencedor en este torneo musical?

Marsias.--Me someteré. No creo ser vencido por ti, Apolo. Siento que [17] en mí habita el espíritu de la música. Euterpe me ha favorecido con sus dones, y ya me oirás . . .

Apolo.--Te oiré, Marsias. Jueces serán las ninfas, los faunos, los sátiros, y también los mortales de esta región, que ellos tienen un juicio muy certero.

Marsias.--No temo a su juicio. (Aparecen ninfas, sátiros, faunos y hombres. Forman círculo alrededor de Apolo y Marsias).

Apolo.--Preséntate el primero, Marsias. (Marsias, después de una leve modulación, hace resonar con plenitud su flauta. Se escuchan los gorjeos de las avecillas, el murmullo de la brisa, el grito alegre de los bebedores, la voz de un niño que llora, la risa de una joven. Todos oyen, hechizados).

Sátiro.--¿Podrá Apolo dominar en perfección a Marsias? Nunca ha resonado en esta comarca música tan bella. (Estallan aclamaciones y vítores de admiración al terminar de tocar Marsias.[18]

Un hombre.--Ahora preséntate tú, Apolo, y haz escuchar las notas de tu, lira. (Marsias, en silencio, acaricia su flauta. Las ninfas lo miran con asombro. Hay un agitado rumor entre los presentes).

Un hombre.--Silencio. Va a comenzar Apolo. (Todos callan. Apolo templa levemente su lira. Después se levanta de las cuerdas del instrumento un preludio melancólico. Una profunda atención embarga a todos los oyentes. Las manos del dios hacen cantar a la lira. Es la historia de Ariana confiada, amorosa, abandonada en una isla desierta, llorando al infiel que la dejó. Y al enmudecer el instrumento, no estallan los aplausos. Todos lloran silenciosamente).

Apolo.--(Después de un momento).--Que los jueces pronuncien su veredicto.

Todos.(Unánimemente). --¡Apolo! ¡Apolo! Apolo ha vencido a Marsias. Si el pastor moduló, en su carrizo, seductoras armonías, si nos hizo oír todos los murmullos del agua, del [19] campo, de la brisa, del bosque, Apolo nos ha hecho llorar. Para Apolo la gloria y el galardón. ¡Apolo vencedor!

Apolo.--¿Has oído lo que dicen los jueces, Marsias?

Marsias.--Sí. Tú me has vencido, Apolo. Pero cuando regreses de tu exilio al Olimpo, la flauta de Marsias hechizará a los hombres de esta comarca. Me someto a tus condiciones. Yo creía superarte, pero tú eres la música, misma. E1 premio te corresponde.

Apolo.--Bien. Tú has desafiado a un dios, Marsias, y mereces un severo castigo. Los mortales no han de alzarse contra los dioses.

Marsias.--Lo reconozco.

Apolo.--Prometeo, que robó el fuego sagrado, fue condenado al suplicio eterno de ser roído por un buitre. Tú, que has osado competir con el dios de la luz, con el padre de las nueve hermanas divinas, mereces un castigo similar al de Prometeo.

Todos.--Sé clemente ¡oh Dios!

Apolo.--No puedo ser clemente con el mortal que me ha desafiado, que ha [20] creído, en su insensatez, poder competir con mi arte.

Todos.--Tú has venido desterrado a nuestro país, Apolo, y los mortales te han acogido como a un amigo. . Usa de misericordia.

Apolo.--Los dioses no sabemos de misericordia. Somos implacables en nuestra justicia. Si no fuéramos inmisericordiosos, los mortales se creerían iguales a nosotros. Te condeno, Marsias, a ser desollado.

Todos.--¡Marsias va a ser desollado! Apolo, ten piedad . . .

Apolo.--Con tu piel haré un odre que será colgado de este pino. (Señala un pino).

Marsias.--Haz lo que quieras de mí, dios. . . Déjame despedirme de estos campos, donde resonó mi flauta, que yo, en mi osadía, creí que competiría con tu lira. Déjame mirar un instante el resplandor del cielo, la gracia de los prados, el color de las flores, el rostro de las ninfas. Déjame dar un adiós a mis compañeros y amigos, antes de cruzar el Aquerón y el Styx…[21]

Apolo.--Pronuncia tu adiós, pastor.

(Todos han callado y lloran).

Marsias.--(Hace sonar su flauta con doliente acento).--Sé que no se me olvidará. Que el nombre de Marsias, el tocador de flauta, perdurará en estas campiñas. (Deja su flauta cerca de un árbol). Y mi carrizo quedará solitario, solamente modulará cuando en sus agujeros penetre la brisa de la tarde…

Apolo.--¿Ya estás listo, Marsias? (Marsias inclina la cabeza, en señal de asentimiento. Apolo le indica que se apoye contra un pino, y de un lanzazo lo clava sobre el árbol. Luego un esclavo que ha aparecido, desuella al pastor con un cuchillo. Marsias muere sin exhalar un gemido. Un gran sollozo llena el ámbito del campo. Las ninfas, azoradas, exclaman: ¡Marsias, Marsias!" Apolo contempla la desollación4 del pastor, cuya piel le entrega el esclavo. El dios con ella forma un odre y lo cuelga de la rama del [22] pino. Y desaparece seguido del esclavo).

Todos.--¡Marsias, tocador de flauta, armonioso cantor, hermano nuestro! ¡Ya no resonará tu canto en las tardes, para nuestro encanto, pero lo lloraremos siempre! (De las lágrimas de todos, surge, a la vera del pino, donde se balancea el odre, un río que corre con plañidero y musical murmullo. La flauta sola exhala un lamento. Cae la tarde. Suben al cielo, teñido de los colores del atardecer, las voces de "¡Marsias, Marsias!").


La flauta rota

     Entre los mozos del Imperio Azteca, Xicoténcatl5 era el más hermoso, valiente y fuerte; y por esa belleza que lo revestía de resplandor, que lo semejaba a un árbol erguido y esbelto, por su valor que llegaba a la temeridad, por su fuerza y agilidad, su destino estaba señalado: Xicoténcatl había de encarnar sobre la tierra, a Tetzcatlipoca, el dios de dioses, y ser inmolado el día de su fiesta. Altísimo destino que Xicot&eacu;ncatl aceptaba con orgullo, pero, como[46] era un mozo de diez y ocho años, la vida también le era dulce.

     Los sacerdotes de Tetzcatlipoca6 llegaron una tarde a la casa de Xicoténcatl, y le, ordenaron despedirse de los suyos y partir. El joven, sin manifestar tristeza ni pesar, dejó a sus padres y siguió a los sacerdotes. Resonó un canto de júbilo al alejarse Xicoténcatl, porque había sido escogido para representar al dios de dioses, y porque en su cuerpo habitaba el espíritu de Tetzcatlipoca. Pero su madre se escondió para llorar al hijo que debía morir.

     Durante doce meses el elegido de Tetzcatlipoca vivió días de dicha y alegría; y, a la par que se entregaba a una vida sonriente y placentera, aprendía a modular la flauta, el tlaptisali, hecho de arcilla cocida. Día a día, Xicoténcatl hacía cantar el tlaptisali, que gemía dulcemente bajo el soplo del joven.

     También Xicoténcatl cantaba, y su voz se elevaba clara y fresca, con inflexiones cariciosas, con dejo melancólico, a veces, Poseído por el deleite [49] de la música, el elegido se olvidaba de que sus horas estaban contadas, y que pronto iría al sacrificio, en homenaje al dios de dioses.

     Se acercaba la fiesta de Tetzcatlipoca. Sólo faltaban veinte días para que los sacerdotes inmolasen a Xicoténcatl. Cuatro doncellas que habían sido especialmente preparadas, fueron ofrecidas al elegido. Así había de despedirse Xicoténcatl del amor y de la vida, antes de morir. Y además, debía embriagarse durante los últimos cinco días que le quedaban de vida.

     Xicoténcatl se embriagó de amor y de pulque. Con violencia, con pasión, con frenesí. Toda su juventud se encendió en las caricias y la ternura de las doncellas, y alternó los goces del amor con los más delicados manjares, con el lechoso y ardiente pulque. Y estaba listo a subir con dignidad, con entereza las gradas del templo que lo conducirían al lugar de su muerte. El dios de dioses lo llamaba, lo esperaba, lo hacía partícipe de su gloria, y en él había morado doce meses.

[50]

     El joven fue vestido con suntuosa túnica de ricos colores. Su hermosura había tomado un carácter grave y majestuoso, y, cuando comenzó a subir las gradas del santuario, un rumor de admiración se levantó de la muchedumbre. El sacerdote esperaba al elegido, cuchillo en mano, cerca del altar de Tetzcatlipoca. El cuchillo refulgía bajo el sol, como una luz cruel e inhumana. Tranquilamente Xicoténcatl hacía su camino a la muerte.

     Sobre cada escalón iba rompiendo las flautas que, durante doce meses le dieron el puro goce de la armonía. Mas al poner el pie sobre la última de las gradas --el cuchillo en la mano del sacerdote había de arrancar el corazón del elegido-- el joven vaciló un instante. Debía romper el tlaptisali que más amorosamente había resonado bajo sus labios, que más armoniosamente dialogara con él, que con dulzura maravillosa lo acompañara en el año postrero de su existencia. Pero el tlaptisali había de ser roto, y, cerrando [51] los ojos, el elegido lo quebró contra la grada.

     Con un quejido musical se abrió la flauta de arcilla, quejido que tenía algo de reproche, de lamento, de dolorosa interrogación.

     Y, en seguida, el sacrificador ofreció a la veneración de la muchedumbre, el corazón chorreante de sangre del elegido del dios de dioses.[52]


La música prohibida

     Chaska fue bautizado a los veinte años, junto con otros jóvenes de su pueblo --una aldea perdida en un valle de los Andes peruanos por un misionero católico que, después de largas y penosas jornadas, llegó al humilde pueblecito donde aun se adoraban los antiguos dioses del Inkanato.

     Con palabra vehemente el sacerdote realizó muchas conversiones, imponiendo a cada nuevo prosélito, el nombre de un santo.[53]

     Chaska fue llamado "Pedro". Pero en lo más íntimo de su corazón, se llamaba a sí mismo "Chaska". Y cuando vio cómo el misionero español destruía huacas y conopas, sintió una gran tristeza.

     El había recibido el bautismo porque se le prometió una recompensa después de la muerte, porque se le aseguró que el amor sería la ley que regiría al mundo. Pero no comprendía la razón que movía al "Padre" a acabar con todos los vestigios de la religión de sus padres y antepasados.

     Chaska tocaba con sentimiento la antara. Y como amaba a una muchacha, a quien había conocido en las faenas de la siembra, muchacha que era como morena figurilla de arcilla, de ojos plácidos y tiernos como los de una vicuña, quiso modular, para ella, la flauta de siete carrizos.

     Le diría su cariño en las notas temblorosas, en el melancólico quejido de la antara. Ya habían entonado juntos una canción de siembra, al abrir los surcos en el campo, donde florecería [54] el maíz. Ya había repetido el coro de campesinos el cantar aquél, de:

"¡Ay, pajarillos,
no devoréis,
de mi Princesa,
la, cara mies!"

     Pero Chaska quería hacer sonar su antara para ella sola, la muchacha de ojos de vicuña, de piel suave como arcilla cocida, de talle flexible como rama de saucecito verde. Y el mozo ensayaba, en su carrizo, tonadas y aires de su invención, que eran expresión de su ternura.

     Mas como las huacas, como las conopas, la antara era considerada por los misioneros como resto de idolatría. El sacerdote, al saber que Chaska usaba de aquel instrumento, vestigio de un culto de abominación, lo reprendió ron frase amenazante severísima.

     La antara del enamorado mozo fue lanzada al fuego. Chaska vio con dolor cómo se tornaba cenizas el instrumento, mensajero de su amor.[72]


Un Día de abril . . .


     Era Viernes Santo; el 17 de Abril del año 1729. En la Iglesia de Santo Tomás, en la ciudad de Leipzig, había gran afluencia de gente esperando la iniciación de los oficios religiosos. Se hablaba de una "Pasión", compuesta por Juan Sebastián Bach, el maestro de capilla que en sus ratos libres --sus labores de profesor eran muy recargadas-- se dedicaba a la composición musical.[73]

     Juan Sebastián Bach no tenía gran renombre en su país. Se le conocía como un severo y activo Kantor, como el director de coro y de los instrumentistas de la Iglesia de Santo Tomás, pero no como el creador de una obra extraordinaria. Sus "Preludios", sus "Suites", sus "Fugas", los "Conciertos", dedicados al margrave de Brandenburgo, no interesaban mayormente a los burgueses de Leipzig. Mas en ocasión del Viernes Santo, se había despertado cierta curiosidad por oír la nueva obra del Kantor.

     Los músicos afinaron sus instrumentos. Se oyó el golpe seco del arco que servía de batuta a Bach, y se alzó, en los ámbitos del templo, una melodía pura y majestuosa, patética y noble; sobre las alas de una rica polifonía subieron dos, tres coros que cantaban los dolores del Redentor. Era toda una evocación de la Pasión de Jesús. Las voces imploraban, sollozaban, siguiendo el texto del Evangelista San Mateo.

     Las lágrimas, la sangre, las quejas [74] del Crucificado, los gritos y las blasfemias de los judíos, palpitaban en esa música que subía al cielo, amorosa, penetrante, desgarradora, doliente.

     Los asistentes a los oficios, en aquel Viernes Santo de 1729, encontraron un poco larga, un poco monótona, la "Pasión" del organista y profesor, Juan Sebastián Bach. Salieron decepcionados del templo. Extrañaban los arabescos, los adornos, los trinos y las volutas de otras composiciones religiosas. Esa imploración llena de angustia, con ritmo de recitativo, se les antojó poco armoniosa, con un sabor arcaico, un dejo de sencillez que aburría. No se dieron cuenta, no podían comprender el genio que había creado, animado por la fe, esa obra.

     Nadie, solamente la dulce y modesta Ana Magdalena, reconoció en aquel corazón, en aquel espíritu, el soplo potente y maravilloso del don creador, genial e imperecedero. Nadie --tan sólo ella-- sospechó que en el hijo de Ambrosio Bach, en ese profesor que se estaba poniendo ciego, la Armonía, [75] emanación de la Divinidad, había infundido su resplandor.

     Nadie --ella sí lo sabía-- supuso que Juan Sebastián Bach había compuesto la "Pasión", que en aquel Viernes Santo fuera estrenada, mirando la imagen del Salvador en la Cruz.


El niño y su clarín

     [110] Al borde de la ruta donde corrían los camiones hacia la ciudad, el niño Juan Yopla ensayaba su clarín. Finos y dulces sonidos salían del largo instrumento característico de aquella región, la dulce y poética Cajamarca. Rincón eglógico de los Andes peruanos, donde la música se aprisiona en sencillos y rústicos instrumentos.

     El muchacho gozosamente se recreaba en hacer sonar el carrizo que [111] le respondía dócilmente. Fresca melodía, que ponía en el atardecer, una nota pastoril e ingenua.

     Y pasaban apresuradamente los vehículos, rasgando con el estruendo de sus klasons , la suavidad de la hora y la flébil tonada del clarín de Juan Yopla. Pero el niño seguía modulando su flauta con amoroso empeño.

     Un camión, echando vahos de gasolina por todas sus fauces --venía por el camino. Se detuvo un poco, al pasar cerca del niño. Uno de los, hombres que iba en el carruaje, arrancó de las manos de Juan., el clarín. Fue un acto brutal y torpe, salvaje y cruel. El muchacho sintió que con su instrumento, le quitaban el alma. ¡Su clarín, que tan bellas cosas le decía, que cantaba para él con cariñosa modulación, que semejaba el trino de los pajarillos en el campo!

     El no se dejaría arrebatar su clarín. Asido del instrumento que era la alegría de su vida, se dejó arrastrar varios metros por la vía. El camión seguía su marcha y con él, Juan Yopla.[112] Las manos del niño no se desprendían del carrizo. Sobre su cuerpo pasaron las ruedas del vehículo. Así murió Juan Yopla, tocador de clarín, por no separarse de su instrumento.


©2002

Mujeres Ilustradas


Notas: La flauta de Marsias

     1María Wiesse, La Flauta de Marsias, Leyendas de música, Lima, 1950. Matt McNamee hizo el escaneo, la lectura de pruebas, y la conversión a HTML. Thomas Ward y Pat Cunningham hicieron posteriores lecturas de pruebas [TW].

     2El diálogo, género griego, cultivado por autores como Sócrates y Platón, pasó a la literatura hispánica durante el renacimiento con Fray Luis de León, De los nombres de cristo, Juan de Valdés, El diálogo de la lengua, Alfonso de Valdés, El diálogo de Mercurio y Carón y al anónimo El viaje de Turquía. Aquí la peruana María Wiesse apropia tanto la forma como el mundo griego.
     Otro aspecto significativo de este diálogo es el interés por la mitología griega. Durante el siglo XX, escritores de la talla de Borges la incorporó en varios cuentos. Un ejemplo entre ellos "La casa de Asterión" (El Aleph [1949]). Si la apropiación de lo griego no sorprende tanto en Borges si sorprende un una poeta como Claribel Alegría (Nicaragua/El Salvador, 1924). En su poemario Saudade (Madrid, Visor, 1999) se podría afirmar que la mitología clásica viene a ocupar plano principal. Aun antes de leer los poemas, algunos de los mismos títulos lo confirman: "Lamentación de Ariadna", "Mi laberinto", "Artemisa", "Hermes", "Sísifo" y "Orfeo" [TW].

     3Los números entre corchetes [así] se refieren a la paginación de la edición original [TW].

     4desollación, la forma más usual de esta palabra sería desolladura [TW].

Notas: La flauta rota

     5La forma usual de este nombre desde las crónicas, como por ejemplo la de Bernal Díaz, hasta principios del siglo XX, fue Xicotenga. Con los logros de la lingüística, la antropología y la etnohistoria sabemos actualmente que el nombre de estos tlatoanis (reyes) de Tlaxcala fue Xicoténcatl. Hemos modernizado así al texto de Wiesse [TW].

     6Teskatlipoka es la ortografía que empleó la escritora. La hemos modificado de acuerdo con los estudios posteriores [TW].