VI

Historia de los caminos

Juana Manuela Gorriti

     La infortunada se dejó conducir con triste docilidad. Cruzó las manos sobre sus rodillas y contempló largo tiempo, pensativa y silenciosa, la móvil llama del hogar.

     Poco a poco, sus apagados ojos comenzaron a animarse y resplandecer como iluminados por una luz interior; y en sus labios vagó una sonrisa juvenil que hizo brillar en la sombra sus dientes blancos como perlas.

     -- ¡Esteban!,--gritó de repente--¡quién dijo que Esteban murió! ¡Mentira! Helo allí, joven, alto y ligero. Baja con las ovejas de Casa-blanca. Es él, el mismo; esos son sus ojos, esos son sus negros cabellos. ¡Me llama! ¡No! aléjate Esteban. El cura no quiere que pastemos juntos nuestros rebaños, porque somos todavía muy jóvenes para casarnos. ¡Como si en cualquiera, edad no se pudiera amar, alabar a Dios y ser feliz! ¡Feliz! ¡Ah! yo no puedo serlo: si el cura nos ha separado. Tú llevas el ganado a las alturas, y yo me quedo sola en el valle, sola con las cabras que, aunque saltan alegres, no pueden darme una gota de su gozo. Todo esto lo sabes tú muy bien; pero ¡ah! tú no has sabido jamás que... ¡Se aleja! ¡no quiere oírme! Ven, Esteban, ven. Yo, te lo diré ahora, ahora que el tiempo y el dolor han curtido mi rostro y que la vergüenza no puede ya subir a mi mejilla.

     He allí la peña donde yo lloraba esperando la tarde, la tarde que nos reunía a la luz del fuego, bajo los sauces de nuestro patio. De esa hondonada salió la voz del militar que me llamaba. Yo tuve miedo, y huí; pero él montaba un caballo veloz y me persiguió, me alcanzó, echó pie a tierra, luchó conmigo, y me ultrajó ...

     Y desde ese día, ya no quise verte, y huía de ti ... y te dije: Esteban, no puedo ya ser tu mujer. Y entonces te amaba más que nunca. Pero debíais creerme inconstante y liviana; y al despedirte de mí me arrojaste llorando una maldición.

Después... un día mí padre púsose a mirarme fijamente y me dijo:

     --Tú eres una mujer infame; has deshonrado mis canas, y manchado la casa de tu padre. ¡Vete!

     Y alzando la mano sobre mi cabeza, me maldijo.

     Y yo anduve errante largo tiempo, huyendo como una fiera, de valle en valle, de montaña en montaña, desnuda, hambrienta, miserable. Pero al lado de mi dolor se elevaba una santa alegría. Dios se había apiadado de mí, y en el camino de mi infortunio había hecho nacer una flor... ¡Mi hija!

     Y pronunció estas palabras con un acento de ternura íntima, imposible de reproducir, y que sólo se oye en las chozas de los indios.

     Amelia lloraba, Guillermo se hallaba profundamente conmovido, y el coronel pálido y sombrío, estaba absorto en una profunda meditación.

     -¡Mi hija!-continuó la india,--¡mi hija! No me cansaba de repetir este nombre, y olvidé el tuyo, Esteban. No te enojes contra mí: así son todas las madres.

     Entonces lejos de ocultarme, fui a pedir trabajo y pan a las haciendas inmediatas.

     Los pastores de Huairos tuvieron lástima de mí, me acogieron entre ellos, y me dieron una cabaña.

     Y yo guardaba el ganado, llevando a mi hija acurrucada a mi espalda, como un pajarillo su nido. Contemplábala desde la mañana a la noche y cada día era más feliz.

     Pero a medida que mi hija crecía, mi gozo se cambiaba en inquietud. Volvíme huraña y recelosa, y temblaba de miedo cuando algún forastero acariciaba a mi hija, porque ¡ay! Esteban, las pobres indias nada pueden poseer en paz, ni aun a sus hijos1.

     Dicen que nuestros padres, poderosos en otro tiempo, reinaron en este suelo que nosotros pagamos tan caro; y que los blancos viniendo de una tierra lejana, les robaron su oro y su poder. No sé si eso es cierto, pero ahora que somos pobres, ahora que nada pueden ya quitarnos, nos roban nuestros hijos para hacerlos, esclavos en sus ciudades2.

     Por eso yo guardaba a mi hijita con un miedo que se aumentaba cada día, porque cada día se volvía más linda. Nunca la dejé en casa; y aunque la pobrecita se fatigaba, llevéla siempre conmigo al campo, guiando el ganado por los parajes más lejanos de las sendas que frecuentan los soldados y los viajeros.

     Así, ocultándola de todos, del subprefecto, del hacendado, del cura3, llegó mi hija a los cinco años.

     Un día... y la india, llevando las dos manos a los ojos, se inclinó hasta el suelo, dando un gemido.

     Amelia sentada sobre las rodillas, escuchaba inmóvil, muda, anhelante. De vez en cuando posaba la mano sobre su frente como para avivar un recuerdo. La india prosiguió:

     --Un día faltó el pasto en las alturas, y fue preciso bajar al valle.

     Muerta de miedo y llevando a mi hija en los brazos, caminaba con el ganado, escondiéndome entre los peñascos y en las hondonadas de los cerros.

     Pasaron las horas, y el camino estaba desierto. El sol iba a ponerse; y yo subía ya con el ganado a la hacienda. De repente mi hija vio una mata de «arirumas» al lado del camino; y soltando mi mano, bajó corriendo sin hacer caso de mis gritos.

     Amelia se había levantado. Con las manos juntas, el cuerpo inclinado, y los ojos fijos en el rostro de la india, escuchaba su voz como si fuera un eco lejano.

     A ese tiempo--continuó la india,--sonaron cornetas en el valle y un regimiento comenzó a desfilar por la orilla del río.

     Cuando saltando peñas, corría yo tras mi hija, vi un soldado, que llegando a carrera, la arrebataba sobre su caballo.

     Yo le quité mi hija; pero en ese momento, un hombre se arrojó sobre mí, y arrastrándome por los cabellos, me despeñó en un barranco.

     Al caer vi a ese hombre. Era el oficial que seis años antes me ultrajó en esos mismos sitios, y que ahora me robaba mi hija, mi pobre hijita que me llamaba ... o...

     La india se interrumpió de súbito. Su mirada había encontrado el rostro de Amelia. Fijó en ella los ojos con expresión de angustiosa duda, y gritó de repente:

     --¡Cecilia!

     --«Mamay» --murmuró Amelia, cayendo desmayada en los brazos de la india4.

     Guillermo se precipitó hacia ella, y la tomó en sus brazos. Pero Amelia, volviendo en sí, lo rechazó con terror.

     -- ¡Desventurado!--exclamó,--huye lejos de mí. ¿No comprendes? ¡Soy tu hermana!

     El coronel estrechando sus sienes entre las crispadas manos, huyó de allí, dando roncos gritos.

     Al siguiente día, los cabreros de la montaña encontraron su cadáver, devorado por los buitres, en el fondo de un despeñadero.


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Teresa González de Fanning
Mujeres Ilustradas

     1El ya introducido indianismo se convierte en indigenismo aquí cuando se socializa, cuando se politiza.

     2La comparación de la gloria de Tahuantinsuyo, es decir, de la del imperio incaico, con la pobreza del andino actual constituye una denuncia de los estragos del colonialismo. El tema del tráfico humano se establece en la literatura andina durante la época de Gorriti, cuando se reclutaban forzosamente a los andinos para el servicio militar y a las andinas para el servicio doméstico. Esto sí sin hablar el tema de la mit'a. Gorriti le concede a este tema un papel primordial de este relato.

     3Esta trinidad brutal de Gorriti que consiste en el subprefecto, el hacendado y el cura será apropiada por González Prada y Matto de Turner. En aquél toma la forma de "la tiranía del juez de paz, del gobernador i del cura, esa trinidad embrutecedora del indio". Manuel González Prada, "Discurso en el Politeama", Páginas libres, en Obras, vol. 1, ed. Luis Alberto Sánchez, Lima: PetroPerú (Ediciones COPÉ), 1985: 86-92, tercera sección. En ésta se presenta como el cura, el gobernador, y el cobrador [o cacique], "trinidad aterradora que personificaba una sola injusticia". Clorinda Matto de Turner, Aves sin nido, Lima: Peisa, 1988: 52. Interesantemente, el motivo del amor incestuoso causado por la violación sexual de una andina por un criollo se convertirá en el tema principal de Aves sin nido. De toda forma, esta construcción tripartita estaba en el aire y llegó a ser tema principal de una novela, La trinidad del indio; Costumbres del interior, de José T. Itolararres (Lima: Bolognesi, 1885).

     4El repentino reconocimiento final entre madre e hija es la anagnórisis, motivo de la literatura griega, tema recogido durante el Siglo de Oro español y rasgo esencial de este relato de Gorriti. En esta anagnórisis se destaca que el mismo coronel que violó a una andina raptó a su propia hija seis años más tarde.
     El tema del incesto es bastante común en la literatura latinoamericana del siglo XIX. Desde la María de Jorge Isaacs a Aves sin nido de Clorinda Matto, el motivo toma diversos significados. Kristal ha estudiado este fenómeno en el contexto más amplio de las Americas. Véase Efraín Kristal, “The Incest Motif in Narratives of the United States and Spanish America”, Internationalität Nationaler Literaturen, Udo Schöning, ed., Göttingen: Wallestein Verlag, 2000: 390-403.

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