IV

Doce años después

Juana Manuela Gorriti

     --Papá--decía una noche al salir del teatro1, una linda joven a un coronel profusamente decorado.--¿Tendré tiempo para escribir a mi hermano?

     --Y de sobra, hasta mañana a las doce que zarpa el vapor.

     --Escribiré esta noche para vaciar mi resentimiento y dormir tranquilamente-dijo ella, haciendo una mueca.

     El coronel sonrió con sorna, y besando la linda frente de la niña, dióla la mano hasta la puerta de su alcoba y se retiró.

     Entrando en su cuarto, la graciosa niña sonrió a su espejo, arrojó sobra un mueble su abanico de plumas, desprendió la guirnalda de rosas que adornaba su cabeza, colgóla como un ex voto a los pies de la virgen que velaba su lecho, sacudió su cabellera, y abriendo por fin, un secretario escribió:

     «¡Qué inmenso vacío, querido Guillermo, qué inmenso vacío en mi existencia desde que tú has partido! ¡Qué horrible es esa enfermedad del alma que se llama «echar de menos»! ¡Los médicos se contentan con llamarla por su nombre científico: «Nostalgia»! dicen ellos muy frescos. Y si es una joven quien sufre, entonces añaden sonriendo:

     »Que lleven esta niña a Chorrillos2, que se bañe, que tome el aire, que se pasee y se distraiga de todas maneras y ello pasará.

     »¡Ya! ¡cómo creen que las limeñas sólo amamos el baile, el lujo, la disipación!...

     »¡Oh! Guillermo, ¿qué castigo merece quien así nos calumnia? Yo sé uno. Daría a su corazón el dolor que tu ausencia ha dejado en el mío. Así «sentiría» como sabe amar una limeña.

     »¿Y tú, hermano mío? ¡Oh! ¡tú eres3 diferente! Primero, y por más que digan, el que parte tiene mil motivos de distracción que lo absorben y adormecen su pena. Los incidentes de a bordo, el arribo a puertos desconocidos, los rostros nuevos que se suceden sin cesar. Y luego, yo me figuro que los hermanos jamás echan de menos a sus hermanas.

     »¿Qué es, en efecto, lo más frecuentemente para nosotros un hermano? Un tirano que quiera monopolizar todos nuestros sentimientos, que nos trata con el más crudo despotismo, que nos pospone a todo, que nos halla siempre feas y tontas y...4

     »¡Perdón! ¡oh! ¡Guillermo querido! ¡Confundirte a ti con esos hermanos impíos! ¡Qué atroz injusticia!

     »Tú me amaste siempre con la ternura protectora de un padre y la galantería exquisita de un amante. ¡Pero sabes que soy celosa de mis palabras, cuando después de dos meses desde que habitas París has olvidado a tu hermana, y la promesa de darla, cada quincena, cuenta estrecha de tu persona!

     »¡Oh! a la idea de tamaño «desacato», por más que taches a la frase de vulgarismo, digo con rabia: ¡qué lisura! ¡gua!

     »Si un motivo serio, un amor, por ejemplo, te preocupara... Pero una fastidiosa comisión del gobierno, bailes, paseos, espectáculos, frivolidades... Guillermo, para eso no hay perdón.»

     La quisquillosa hermana recibió poco después esta respuesta:

     «Y bien, mi bella enojada, era un motivo serio, era un amor lo que me hacía, no olvidarte ni un solo momento, sino guardar silencio antes de darte una noticia que te colmará de gozo; noticia que nuestro padre sabía ya, y te callaba a ruego mío. Tienes ya una hermana, buena como tú, cual tú, bella como un ángel, y que te es parecida de una manera sorprendente, extraña. Escucha.

     »Paseaba yo una tarde bajo las fúnebres arboledas del Padre Lachaise5. El día iba a acabar. Los rojizos rayos del sol poniente atravesaban como hebras de fuego a la espesa fronda.

     »Desierto y silencioso estaba el lúgubre recinto, y las últimas ráfagas del viento de la tarde gemían como almas en pena entre las hojas de los cipreses.

     »Después que hube vagado largo tiempo en la ciudad de los muertos, y visitado las tumbas de Abelardo, Ney, Lavedoyára, Foy, habíame sentado bajo el laurel que sombrea el sepulcro de Carlos Nodier. Leyendo su epitafio, recordaba el entusiasmo con que allá, bajo los jazmines de tu jardín, leíste su fantástica «Hada de las Migajas» y el crédulo empeño que te hacía correr los cerros de Amancaes en busca de la «mandrágora bella»6.

     »De recuerdo en recuerdo, tu imagen apareció al fin, tan viva en mi pensamiento, que involuntariamente volví los ojos buscándote en torno mío.

     »Cual sería mi asombro encontrándote, a ti, a ti misma, ahí, a algunos pasos de distancia, vestida de luto y reclinada en la pilastra de una tumba.

     »Sin pensar en lo que hacia, corrí a palpar la realidad de aquella visión. Pero al acercarme conocí que era sólo una grande semejanza, y que yo había incurrido en una grosera indiscreción.

     »Mas la joven enlutada ni siquiera se apercibió de mi presencia. Con la mejilla apoyada en el mármol del epitafio, tenía los ojos cerrados, y sus labios se movían lentamente. Oraba.

     »En ese momento resonaron a lo lejos roncos ladridos.

     »Acordéme entonces que era la hora en que el conserje suelta los formidables mastines que guardan aquel sitio durante la noche, y estremecido de espanto a la idea del peligro que amenazaba a aquella hermosa joven, arrebatéla en mis brazos y atravesé a carrera la calle de cipreses que conducía a la puerta.

     »A la brusca subitaneidad de mi acción, la joven, abriendo los ojos dio un grito de terror y se desmayó.

     »En la puerta del cementerio la esperaba un coche de alquiler. Coloquéla dentro y me senté a su lado para sostenerla.

     »Mientras la prodigaba mis cuidados, contemplaba con amor la prodigiosa semejanza de aquel bello rostro con el tuyo, querida Matilde. Era tu imagen, tú misma, sin la florida lozanía que es uno de tus encantos. Ella, al contrario, delicada y cenceña, tenía en sus morenas mejillas esa palidez aterciopelada que se adora en Francia y que en Lima alarma tanto la ternura de las madres.

      »Pero esa misma palidez añadía más brillo a sus grandes ojos negros que se abrieron por fin y me recordaron más a mi hermana, ora en su dulce sonrisa, ora en su apacible seriedad.

      »Amelia es hija de un sabio viajero que consagró a la ciencia su fortuna y su vida, y murió legándola sólo su nombre ilustre y su austera virtud.

     »Huérfana y pobre, pero con un alma rica de poesía y sentimiento, Amelia repartió su vida entre las melodías sublimes de su piano y el fúnebre silencio del cementerio. Alma de temple fuerte, todas las cosas de la vida son serias para ella; y en su mirada, en su voz y en su actitud, hay una expresión de melancolía dulcísima, de meditabunda gravedad, del todo ajena a las turbulentas hijas de la Francia7, y que ella contrajo, sin duda, al aspecto solemne del desierto, bajo el velo de las árabes, allá en, las lejanas regiones que recorrió con su padre.     

     »Tal es tu hermana. ¿No es cierto, mi linda aturdida, que te alegrarás mucho de abrazarla luego?»


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Teresa González de Fanning
Mujeres Ilustradas

     1El teatro fue un gran pasatiempo en la Lima del siglo XIX. Los dos dramaturgos de más peso, por lo menos durante la primera mitad del siglo, fueron Manuel Asensio Segura (1805-1871) y Felipe Pardo y Aliaga (1806-1868). Si el primero fue defensor del espíritu criollo, el segundo fue reaccionario con tendencias colonialistas. Con El Sargento Canuto de 1839 la tradición teatral peruana fue firmemente establecida en la capital.

     2Chorillos fue un balneario veraniego para lo selecto de Lima durante el siglo XIX.

     3"es" en el original

     4Aquí Gorriti ofrece una crítica de la sociedad patriarcal, los hermanos que subordinan a sus propias hermanas.

     5Ya vimos referencia a este cementerio en el Capítulo III, emparentándolo con la trama que va desdoblándose en éste.

     6Según el Diccionario de la Real Academia Española, la mandrágora es una "planta herbácea de la familia de las Solanáceas, sin tallo, con muchas hojas pecioladas, muy grandes, ovaladas, rugosas, ondeadas por el margen y de color verde oscuro, flores de mal olor en forma de campanilla, blanquecinas y rojizas, en grupo colocado en el centro de las hojas, fruto en baya semejante a una manzana pequeña, redondo, liso, carnoso y de olor fétido, y raíz gruesa, fusiforme y a menudo bifurcada". Diccionario de la lengua española, Vigésima segunda edición, 10 tomos, Madrid: Real Academia Española, 2001: VII, 791.

     7La "melancolía" y la "gravedad" aquí distinguen a esta joven de las francesas; representan una clave a su identidad mientras Gorriti va hilvanando su cuento.

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