VIII
El asesinato



     Un hombre, entrando a brida suelta por la portada de Guadalupe, se detuvo delante de un callejón en la calle del Sauce.

     --Candelario-- dijo a media voz.

     --Capitán-- respondió un negro que parecía esperarlo hacía rato en la puerta del callejón.

     --¿Hiciste mi encargo?-- continuó el primero echando pie a tierra.

     --Sí, capitán.

     --¿Afilado y empitado?

     --Empitado fuertemente, y afilado por el mejor amolador. Hele aquí.

     --Bien. ¿Dónde está Francisco?

     --En la calle de Escribanos, acechando a nuestro hombre, que no ha mucho tomaba un baño y ahora se estará vistiendo.

     --¡Las ocho! Ya es hora de apostarnos.

     Dio un golpe en la grupa a su caballo, que a esta seña, entrando en el callejón, se perdió entre sus oscuras encrucijadas.

     Los dos hombres subieron calle arriba, y luego se dirigieron hacia la plazuela de San Juan de Dios.

     Llegados allí, el uno se quedó en la bocacalle que hoy cruzan los rieles del ferrocarril, y el otro fue a apostarse en la mitad de la plazuela, bajo las ventanas de la Micheo.

     No de allí a mucho, oyóse a lo lejos un prolonga­do silbido que repitió luego el negro apostado en la es­quina.

     Poco después apareció un hombre apuesto y ele­gante; cruzó la calle y siguió el costado derecho de la plazuela, alumbrada entonces por los rayos de la luna.

     En el mismo instante, aquél, que parecía esperar apoyado en la puerta cerrada de una tienda, incorpo­rándose de repente, vino derecho y con paso mesurado al encuentro del que iba, quien, preocupado sin duda de algún pensamiento, no hizo en ello atención ninguna.

     Al cruzarse aquellos hombres, brilló un relám­pago, oyóse un grito ahogado, y uno de ellos rodó en tierra.

     El asesino se inclinó sobre él, registró sus bolsillos, apoderóse de una llave, y yendo hacia el hombre que había dejado en acecho, y que se había ya reunido con aquél que vino siguiendo al desconocido.

     Candelario le dijo, --recoge mi puñal; pero guárdate de tocar un pelo siquiera de ese cadáver; en ello te va la vida. Por lo demás, ya sabes: en caso de aprehensión, tú lo mataste, tú: y nadie te saque de ahí, que aquí estoy yo para librarte, cualquiera que sea el peligro en que te halles.

     En cuanto a ti, Francisco, achácalo todo a tu amo. Por bueno que sea contigo, recuerda que es blanco, y basta. ¡Cuidado, pues!

     Y volviendo sobre la derecha, tomó la sombra y atravesó la plazuela.

     --¡Amen!-- dijo Calendario --menos en lo de recoger el puñal. ¿Cómo acercarse al muerto sin que tienten a un cristiano esos dos gruesos diamantes que desde aquí veo brillar en su pecho y en su dedo?

     Huyamos, huyamos presto, Francisco, que las manos me hormiguean.

     Y ambos echaron a correr.

     Entre tanto, el asesino atravesó a paso largo la calle de Belén, y deteniéndose delante de una puerta, después que hubo consultado su número, abrióla con la llave que había quitado al cadáver, y se introdujo en un vasto jardín plantado de árboles y cubierto do emparrados.

     Al ruido que hizo la puerta al abrirse, saliendo de entre el follaje de una glorieta, Carmen Montelar se adelantó al encuentro del que llegaba.

     Pero al verlo detúvose de repente y exclamó con espanto:

     --¡No es él!

     --No, por cierto-- repuso el otro en tono de fisga, --no, no soy el que esperabas, pero en cambio soy aquél que sabe cumplir sus propósitos.

      --¡Andrés!... ¡Oh! ¡lo ha asesinado!-- exclamó ella y cayó al suelo sin sentido.

     El negro se puso a contemplarla con insolente complacencia.

     --¡Qué hermosa es!-- decía. --¡Y pensar que este bello cuerpo extendido a mis pies pudo ser mío ahora mismo, y embriagarme con todos los tesoros de hechizo y de voluptuosidad que encierra!... ¡Capitán Salgar! ¡caro me pagarás el encuentro de esta noche!

      ¡Tengo sed de esta mujer; la amo con un amor rabioso; y tener aún que esperar! ¡Oh!

     Alejóse algunos pasos, y yendo a una acequia que atravesaba el jardín, cogió agua en la palma de la mano y roció el rostro a la joven, que abrió los ojos y se levantó asustada.

      --No temas-- le dijo el negro. --Una larga hora has estado a discreción mía, tú, que habías venido aquí para hacerme traición; mas yo no he querido vengarme de tu deslealtad; te he respetado, y mi mano no se ha extendido ni aún a la orla de tu velo. Pero acuérdate, Carmen Montelar, que el día que te entregue la honra o la vida de tu rival, serás mía; y que no podrás eludir el cumplimiento de tus promesas, aunque te ocultes en las entrañas de la tierra. Adiós.

*
* *

     Aquella misma noche, Candelario y Francisco fueron sorprendidos, y el primero declarado asesino del ilustre Monteagudo1.


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Mujeres Ilustradas


1Según Ricardo Palma, Candelario fue el asesino de Monteagudo, y que el crimen fue político. Ricardo Palma, "Monteagudo y Sánchez Carrión, Estudio histórico", Tradiciones [sexta serie] (Lima: Imprenta del Universo de Carlos Prince, 1883), págs. 77-86. Gorriti nos ofrece otra posibilidad con su relato, sugiriendo que el crimen se motivó por la pasión amorosa.