Mientras tanto, el baile había comenzado, y cien parejas, arrebatadas en el ardiente torbellino de un vals, agitaban ondas de gasa y raudales de perfumes en torno del salón.
Carmen, la hermosa que tantos elogios recogió a su entrada, danzaba con el joven que la había acompañado.
Al ver el confiado abandono con que bailando hablaban, habríase creído que eran amantes, si en la semejanza de sus facciones no fuera fácil conocer que eran hermanos.
--Por más que digas, Gabriel-- decía
ella, --estás pensativo y triste. ¿Falta alguien a tu alegría? Sí... ¿Lo diré? ¡Irene!
--Y
bien... --¡Oh!
no lo niegues, la amas. --¿Por
qué lo negaría? ¿No es ella digna de
amor? --¿Por
qué? Porque conoces que yo la aborrezco. --¡Qué
injusticia! Bella, pura, y buena, ¿quién no amaría a Irene? --Yo
la aborrezco. Es un odio que nunca pude vencer y que me atrajo humillantes penitencias
cuando estudiábamos juntas en el colegio de madame Montes. ¡Cosa extraña! la
vi y la aborrecí. Nunca pude mirarla sino con airados ojos. Destrozaba mis
vestidos cuando los suyos eran de la misma tela, y cuidaba con afán mis uñas
sólo por el placer de arañarla...
--Irene
es bella, graciosa, espiritual, y en dulzura nadie en el mundo la iguala... --¡Ay!...
Por hacer su apología me has dado un atroz pisotón! Y bien, no está aquí; vete
a lamentar su ausencia y déjame bailar con otro. --¡Oh!--
dijo el joven con melancólico acento; tranquilízate; aun cuando aquí se
encontrase, no sería yo a quien mirara, ni mis homenajes los que ella preferiría.
Ignora mi amor, ama a otro, otro la ama y ese está aquí... --¡Ama a otro!-- Y Carmen palideció,
y cesando bruscamente de bailar, quedó inmóvil como un escollo entre el veloz
remolino que se agitaba en torno suyo. ¡Ama a otro! ¡otro la ama! ¿Quién
es, Gabriel, quién es? --El
capitán Salgar. --¡¡¡Felipe!!! Felipe Salgar... --El mismo que doblando la rodilla ante la reina
del baile pide la dicha de relevar a su caballero--dijo inclinándose
graciosamente el bello y blondo capitán, tomando la mano de la joven. Carmen la retiró y miró de frente a
Salgar. La cólera, el dolor, el odio y el orgullo se pintaron y estallaron a la
vez en ese ademán y en aquella mirada que desconcertó al capitán, quien sin
embarazo insistió. --Carmen, ¿he tenido la desgracia de
desagradarla? --No, señor mío. Al contrario,
pretendo probar a usted que soy superior a todos los «desagrados». --Entonces pruébelo usted
concediéndome este vals. --¿Qué trama aquí contra mí la bella
Carmen?-- dijo de pronto, acercándose al grupo, el apuesto caballero que llegó
con el capitán. Carmen cambió súbitamente la
expresión de su semblante, y volviéndose a él con coqueta sonrisa: --Tramo una conjuración-- repuso,
abandonándole su mano, --digo a Salgar que este vals se llama «el vals de
Monteagudo», y que quiero bailarlo con él. --¡Oh!-- exclamó Monteagudo,
arrebatándola en sus brazos y mezclándose al danzante círculo-- ¡bendito sea el
gracioso compositor que me dedicó este vals! De hoy más, debe llamarlo «La
dicha de Monteagudo». --Yo creía-- dijo Carmen riendo, --yo
creía tan sublime la dicha de Monteagudo, que como la ambrosía de los dioses,
ningún mortal podría probarla sin morir. Mas he aquí más de ciento que la
parten con él y están vivos, y saltan a más no poder. --¡Ah!-- replicó él, fijando en
los ojos de Carmen sus bellos y atrevidos ojos negros --bailará usted con
los ciento; pero ¿dará a ninguno el fuego que en este momento envían a mi
corazón esas luminosas pupilas? Amor, cólera, odio, cualquiera que sea la
pasión que las enciende, nunca alumbraron a nadie con tan ardiente fulgor. --Si hasta ese punto es usted
contentadizo, nada tengo que decir, sino que apruebo el nombre nuevo que quiere dar a su vals. Monteagudo se mordió el labio, pero replicó
al momento, tendiendo en torno una soberbia mirada: --¿No es cierto que está bien en el
que lleva una vida azarosa el pedir poco al amor? En cuanto a mí, yo nunca lo
importuné.-- Llegó la vez a Carmen de morderse el labio. Sólo que
--continuó él--, como es un espíritu de contradicción, fue siempre para
conmigo en extremo generoso. Los ojos de muchas hermosas, fijos en él
con celoso afán, atestiguaban la verdad de esa aserción, y Carmen misma,
contemplando entonces por vez primera a aquel hombre dotado de tan prestigiosa
belleza, y ceñido con la doble aureola del genio y del poder, sintióse poseída
de admiración. Si no hubiera estado celosa de Salgar, desde esa hora habría
amado Monteagudo. ¡Ay! ¡cuántas veces así, pasamos al lado de
un astro, siguiendo la pálida luz de una luciérnaga! Así también en ese momento, más que nunca,
poseía Felipe el alma de Carmen, porque la ligaban a él los celos, «ese lazo
duro como el infierno», castigo y estímulo de los soberbios, y si antes amó a
Salgar con todo el ardor de su corazón, ahora lo amaba con toda la rabia de su
orgullo humillado. Y queriendo devolver el tormento que
sufría, se reclinaba en el brazo de Monteagudo, y le sonreía dulcemente, y
fingía hablarle en voz baja. Olvidaba, como olvidan las coquetas, que
sólo quien ama siente celos; y que no hay indiferencia tan profunda como la
indiferencia que sigue al amor. Por eso tembló de cólera, cuando buscando a
Salgar su furtiva mirada, lo encontró, y en vez de enojado por la ofensiva
preferencia que había dado a otro, reír indolente y festivo entre un alegre
círculo, del chasco solemne que la falange femenina había llevado aquella
noche. Era el caso que el príncipe tunecino tan
ardientemente esperado había llegado al fin, conducido por el capitán inglés,
y atravesando el salón en medio de lisonjeros murmullos, fue presentado a la
señora de la casa, que lo recibió con la dulce acogida que nuestras damas
acuerdan a los extranjeros. Tomó su mano con fraternal ademán, y mezclándose a
los grupos, le presentó las jóvenes más hermosas de Lima, quienes a su vez le
prodigaron sus más suaves miradas; sus más luminosas sonrisas. --Tú, que eres del país de los amores ardientes-
le había dicho la graciosa
patrona de la fiesta, devolviendo con donaire el oriental tuteo del príncipe, tú,
cuyos abuelos enseñaron a los maestros el culto de la belleza, ¿qué dices de la
que resplandece en las hijas de este suelo? --Su rostro es dulce como el rayo de
la luna respondió el africano, y sus ojos tienen a la vez la luz
que brilla en las divinas pupilas de Uriel y la misteriosa sombra que cobija
el ala de Azrael; pero su cuerpo es frágil; y la palmera de delgado tronco se
quiebra al primer soplo del «Simoun...»1. Mas... ¡oh! ¡mira! he allí la verdadera
belleza, la que Alá formó para hacer las delicias del «harem». Dichoso el
dueño de esta hermosa esclava. Yo daría por ella diez mil zequíes. Y fue a prosternarse ante una gruesa
gauchona de desarrollado seno y abultadas facciones, pero fresca y provocativa
para los mahometanos, que invernan a sus «Zairas» como nosotros a los cerdos...
y aun ¿quién sabe?... quizá también para muchos cristianos que sintiéndose
cerca del hueso, aman con furor la carne. Así, la hermosa esclava era señora absoluta
y despótica de todo un señor ministro. Por lo que toca a nuestras bellas tomaron
el partido de reír, y en ocho días no se habló de otra cosa que de los
suculentos gustos de Su Alteza tunecina. Carmen también rió y estuvo más graciosa y
coqueta que nunca; pero llevaba en el corazón el dardo de los celos que las
palabras de Gabriel acababan de despertar.
Ella que creía que su belleza era omnipotente, que sus ojos poseían
el secreto de encadenar la inconstancia, y que aquél, sobre quien se habían
dignado descender, quedaría para siempre a sus pies, vio de repente, al través
de las tinieblas de la duda, resplandecer la luz de una dolorosa verdad.
Buscó a Gabriel, pero esta vez el joven, que había adivinado el
secreto de su hermana, fue impenetrable, y eludió toda explicación. --¡Yo
lo sabré!-- se dijo ella --y entonces, Irene, ¡ay de ti! ¡y ay de ti
también, Felipe! ¡Como al otro traidor, mejor te sería no haber vivido! Y
poniendo, como se dice vulgar, pero expresivamente, «una piedra sobre el
corazón», irguió la frente con altivez, sacudió sus negros rizos, arrojóse en
el alegre torbellino de la fiesta, rió, cantó, bailó, y aceptó con tan
explícita complacencia las galanterías de su caballero, que al dejar los
salones de la Filarmónica, nadie dudaba de que Monteagudo había conquistado el amor de la bella Carmen Montelar.
1"Simoun", galicismo, la forma usual para el castellano es simún.
Es un viento del desierto árabe o asiático.