Una bella noche de marzo, clara, ardiente y estrellada, verdadera noche de Lima, Carmen Montelar, hermosa como ella, y como ella vestida de negros cendales y coronada de brillantes, paseaba los «monumentos» de Jueves Santo.
Las borrascas del alma no habían dejado ni la más ligera huella en su pura frente y sus límpidos ojos; y nadie habría sospechado la presencia del crimen bajo las suaves ondulaciones de su albo seno. Al contrario, habríase dicho que se había vuelto más bella. En efecto, mezclábase ahora a su mirada y a su sonrisa una expresión misteriosa que la hacía más seductora; y su voz había adquirido una melodía extraña que conmovía profundamente las más íntimas fibras del alma.
Por eso nunca vio tantos adoradores suspirando en torno suyo; y por eso aquella noche en las calles y en el templo, seguíanla solícitos, prodigándola lisonjas.
Fastidiada de tantas adulaciones, Carmen procuró ocultarse entre las sombras de una nave, y saliendo por una puerta lateral, tomó una calle excusada.
En la esquina de aquella calle estaba al parecer en acecho un hombre envuelto en un poncho y apoyado en su caballo.
Cuando Carmen se hubo alejado una cuadra, aquel hombre saltó sobre su montura, y partiendo a toda brida alcanzó a la joven, levantóla en sus brazos, envolvió su cabeza entre los pliegues del poncho, sofocó sus gritos, y desapareció con ella entre los escombros de una callejuela...
Tres días después, a las diez de la noche, una mujer pálida y desgreñada, llamó a la puerta de un monasterio, pidiendo hablar con la abadesa.
La santa prelada dejó su humilde lecho y acudió luego a aquel llamamiento.
--¿Qué buscáis aquí, hija mía?-- dijo la abadesa.
--El velo de religiosa-- respondió la forastera.
La abadesa la atrajo a sí, y la puerta se cerró tras de ellas1.