XVII
Tres meses, día por día, habían pasado desde el del trágico fin de don Justo, cuando ocurrió el extraño incidente que vamos a narrar.
¿Fue ello ilusión de doña Chavelita? ¿Su calenturienta imaginación, su excitado sistema nervioso le hicieron ver fantasmas y oír voz del finado caballero cuyo recuerdo embargaba constantemente su espíritu? Tal pudiera suceder; pero afirmaba ella y por Dios y por sus santos que estaba bien despierta y en el pleno uso de sus facultades cuando ocurrió el lance. Y todavía Allan Kardec1 no había fundado el espiritismo; ni doña Chavelita tenía noticia alguna de los prodigios de Mesmer y de Cagliostro y casi podríamos asegurar que ignoraba igualmente que, según la Sagrada Escritura, la pitonisa de Endor, a petición de Saúl, evocó el espíritu de Samuel que le predijo al rey de Israel las desgracias que luego le sobrevinieron.
Tratándose de lo maravilloso, la humanidad fue y será siempre crédula. Ni cómo censurarla si aun quedan por descorrer tantos velos; por averiguar el cómo y por qué de tantos inexplicables fenómenos; ¿cuando la sugestión y el hipnotismo amenazan demoler creencias que, como el libre albedrío y la conciencia, constituían la base del edificio de la sociedad?....
Pero, huyamos de tales profundidades de las que para salir airosas no nos bastaría el hilo de Ariadna y volvamos a reanudar nuestro interrumpido relato.
Cierta noche, no pudiendo conciliar el sueño, se arrojó de la cama doña Chavelita y envolviéndose en un ligero peinador, salió en pos de aire más fresco que calmara la excitación de sus nervios. Apenas llegaba al ancho corredor de la casa, cuando ¡oh prodigio! cerca de sí vio a manera de una sombra blanquecina que la recordó la silueta de don Justo y oyó su voz que con serena pero triste entonación le dijo:
"La memoria de los muertos, no ofende a los vivos; que vuelva, pues, la calma a vuestro espíritu"... y después de una pausa agregó:
"Entre mis papeles hay un legajo atado con cinta negra; podéis enteraros de su contenido y, luego, ved de remitirlos a mi madre a España" .......
Haciendo un supremo esfuerzo, doña Chavelita extendió ambas manos haciendo ademán de coger al que le hablaba, pero sus manos se juntaron en el vacío: la sombra había desaparecido. Medio paralizada por el terror volvió a su cuarto y se arrojó sobre su lecho sudando y temblando a la vez.
Así la encontró el nuevo día en que mustia y desfallecida, después de orar fervorosamente a la Virgen de Mercedes, su protectora, se dirigió al arca donde estaban encerrados los papeles del hacendado de San Honorio y a poco que buscó, encontró el legajo atado con lazo negro dirigido: "A la Excma. señora doña María del Pilar de Zárate, Condesa viuda de Pinar del Río."
Tomando grandes precauciones para no ser sorprendida, encerróse en su aposento y emocionada leyó lo siguiente:
« Madre:
«Si me toca comparecer ante el Eterno antes que dejéis esta mansión terrenal y si vuestros ojos llegan a recorrer estas líneas, ellas os instruirán de mi inmensa desdicha y de mi inculpabilidad.
«En mis paseos solitarios por la florida vega que circunda nuestra hermosa Granada, conocí y amé con todo el fuego de la adolescencia a Carmela, que habitaba, sola con su madre, una linda casita a orillas del Genil y que, con una modesta pensión de viudedad de su padre, antiguo militar del ejército español, constituían todo su haber.
«Pronto nos entendimos y llegué a prometerle que, mediante el consentimiento de mis padres que esperaba obtener a pesar de la desigualdad social que nos separaba, le daría mi mano y mi nombre. Fue mi primer amor y la creí un ángel: hechos posteriores se encargaron de probarme que sólo era un instrumento de la loca ambición de su madre que sabía explotar hábilmente su belleza y mi inexperiencia.
«Con el pretexto de cazar o de buscar plantas raras para mi colección, íbame por las tardes y pasaba horas que siempre me parecían cortas al lado de Carmela, pero sin que nos perdiera de vista doña Mencía su madre.
«Hallábame en el colmo de la dicha y solo aguardaba una ocasión propicia para solicitar de mis padres el permiso de pedirla a su madre, cuando recibí por correo una carta anónima concebida en estos términos:
«Carmela se burla de vos: si deseáis persuadiros de la exactitud de este aviso que os da una persona que se interesa por vuestra felicidad, espiadla en sus paseos alguna tarde que ella no os aguarde y la veréis prodigando sus favores a vuestro rival.
«Al leer este escrito sentí que el infierno de los celos se encendía en mi corazón. ¡Engañarme la dulce, la cándida niña de quien me gloriaba yo de ser el primero y único amor!.......Tan pronto la culpaba recordando mil indicios reveladores de su falsía, como, arrepentido, desechaba horrorizado tales sospechas que me calcinaban el cerebro y me torturaban el corazón.
«Preciso era despejar la pavorosa incógnita y con tal fin les anuncié a doña Mencía y a Carmela que dejaría de visitarlas algunos días porque mi padre me comisionaba para ventilar en Sevilla, cierto asunto de interés, por estar impedido de hacerlo mi hermano Fernando que, siendo el primogénito, estaba encargado de los negocios de familia desde que la cruel parálisis tenía a mi buen padre privado de acción por más que su cerebro actuara con la más perfecta regularidad.
«Hecho esto y tomando las más escrupulosas precauciones, para no ser descubierto, púseme en acecho.
«El primero y segundo día, nada vi que justificara la infame denuncia; y ya principiaba a recobrar la perdida calma, cuando el tercer día, casi a la hora del Angelus, veo salir de la casa a Carmela de bracero con un hombre cuyo rostro vuelto hacia doña Mencía no podía yo distinguir. Con furioso arrebato echéme a la cara mi escopeta de caza y salió silbando una bala que, con certera puntería, atravesó a mi rival; ¡lanzo éste un gemido y cayó para no levantarse más! ......
«Horrorizado de mi acción, huí del lugar del suceso sin ser visto y me encerré en mi habitación: la conciencia me gritaba: ¡«Eres un asesino»! ......
«Pocas horas después, las voces y carreras de la servidumbre y el llanto de mi hermanita Pilar me anunciaron que alguna gran desgracia ocurría en la casa. Salí apresurado y en el peristilo del palacio miré un cuadro aterrador: varios individuos llevaban el cadáver de un hombre; descubro precipitado su rostro y......¡horror! el muerto era mi hermano Fernando y yo......no cabía duda, yo era su matador!......2
«Vuestra desesperación, madre mía, y la vista del pobre inválido que se encerró en sombrío silencio, acabaron de ensombrecer mi espíritu.
«Vuestro llanto y el mustio semblante de mi padre que parecía no darse ya cuenta de lo que a su rededor pasaba, eran agudos puñales que ahondaban más y más la herida de mi alma. Muchas veces estuve a punto de delatarme como asesino de mi hermano; pero la consideración de que esta confesión no haría sino agravar los sufrimientos de los míos, selló mis labios.
«Tal fue la verdadera causa de esa gravísima enfermedad que puso en peligro mi vida y de la que muy a mi pesar me salvó el talento médico del doctor Gobín. No habiendo logrado el alivio de morir, me decidí a viajar con el pretexto de acelerar la convalecencia.
«Las lágrimas de mis padres y de mi hermana caían cual plomo hirviente en mi corazón y aun en sueños creía oírme apellidar CAÍN!
«Huí, pues, de mi hogar y me vine a este país hospitalario, al Perú; donde me han llovido las riquezas que no ambicionaba. ¿Para qué las ha menester el proscrito?
«He hecho el bien que he podido; he macerado mi cuerpo con la penitencia y me he privado hasta de los más lícitos goces en expiación de mi involuntario crimen.
«Después de diez años de vida solitaria, la cruel guerra en que están empeñados mis compatriotas y los peruanos que con buen derecho--justo es reconocerlo,--aspiran a conquistar su independencia, me ha hecho pensar en volverme a España a mi hogar desierto por la muerte de mi padre y el matrimonio de mi hermana. Mas, para el no improbable caso de que mi nacionalidad, hoy odiada en el Perú, sea causa de mi muerte, escribo esta confesión que Dios, en su infinita misericordia, hará que llegue a vuestras manos. Ella os explicará la extraña conducta y aparente ingratitud de vuestro hijo que hoy cifra su ambición en besar vuestras venerandas canas y consagraros lo que le resta de vida.
«De rodillas implora su perdón, madre adorada, vuestro desgraciado hijo
«P. D. Mi vida corre un inminente peligro; ella y mi caudal consistente en 10,000 onzas de oro, he debido confiarlos a la lealtad de un peruano don Roque Moreno, en cuya amistad confío. Mi hacienda de San Honorio, que he dejado a cargo de un administrador, don Sebastián Palomino, es probable que sea confiscada por el gobierno patriota.»
Al terminar esta lectura, doña Chavelita besó piadosamente el legajo; atólo nuevamente y le puso bajo de otro sobre con el propósito de cumplir la última voluntad de don Justo; pero fue interceptado por Moreno que lo redujo a cenizas por su propia mano.
1Allan Kardec [Hyppolyte Leon Denizard Rivail] (1804-1869) es el fundador del llamado espiritismo, la creencia en ciertos medios para acercarse a Jesucristo.
2El fratricidio aquí narrado refleja la Historia de la Monja Alférez, Catalina de Erauso, escrita por ella misma. Como don Justo de Roque Moreno, la
Monja Alférez mató a su hermano sin quererlo.