VII

EPÍLOGO

De Indómita de González de Fanning

     Algunos años después de los sucesos que hemos narrado, se encontraba en el convento de Ocopa un humilde religioso descalzo cuyo pálido y demacrado semblante revelaban una vida de austera penitencia. Los otros religiosos lo querían y lo respetaban por su inagotable bondad y su ejemplar virtud. Infatigable en la civilización y conversión de los indios salvajes, nadie lo superaba en paciencia y perseverancia para instruir a los neófitos en la salvadora doctrina del Cristo y en llevar hasta lo más recóndito de las selvas la luz de la civilización. Apenas si se daba ligeros instantes de reposo para comenzar con nuevos bríos su evangélica tarea.

     Este modelo del buen sacerdote, era Edgardo, el antiguo capitán de artillería, el novio de la desventurada Rosa.


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Juana Manuela Gorriti
Mujeres Ilustradas