VI

PREDICCIÓN CUMPLIDA

De Indómita de González de Fanning

     Al aproximarse la hora de la partida, Edgardo, muy a pesar suyo, hubo de desempeñar una urgente comisión que su Coronel le confiara. Antes le dio orden terminante a su asistente de no apartarse de su equipaje ni consentir que se moviera parte alguna de él, antes de su regreso.

     Bruno, que era un indio sumiso y leal, se propuso cumplir fielmente las órdenes de su Capitán; pero Bruno, como todo hombre, desde el héroe hasta el soldado máquina, desde el sabio que penetra las leyes que rigen al Universo, hasta el mísero ignorante cuyo nivel intelectual apenas sobrepasa al de los irracionales, tenía como todos, al par que bellas cualidades, humanos defectos.

     El vicio capital de Bruno, el que afeaba y oscurecía sus más relevantes prendas, era aquel cuya patente de invención le corresponde de derecho al bíblico Noé: una copa era la única serpiente capaz de perderlo. No es, pues, de admirar que cuando algunos de sus camaradas, unidos a otros amigos de quienes iban a separarse tal vez para siempre, se acercaron a invitarlo a tomar la copa de despedida, no tuviera energía para rehusar complacerlos.

     Tras de la primera copa, vino la segunda; y a esta siguieron otra y otras, hasta que, cada vez más enternecidos y entusiasmados, fueron a terminar su espirituosa despedida en una chichería inmediata. Desde allí contaba Bruno con cuidar el equipaje que Edgardo, había confiado a su lealtad y vigilancia; pero su vista y su memoria fueron debilitándose de tal suerte con los, vapores alcohólicos, que cuando los playeros echaron sobre sus hombros los bultos del capitán para embarcarlos en las lanchas, no hubo quien se opusiera a su intento.

     Edgardo regresó precipitadamente al lugar donde dejara su equipaje, y no hallándolo, dio voces llamando a su asistente; y sólo el eco le respondió. A fuerza de indagaciones y pesquisas dio con él, que yacía tendido en el suelo, al pie de una botija de aguardiente, causante de su desgracia. Ni las voces, ni los golpes que le daba su irritado jefe, lograron sacar a Bruno del entorpecimiento en que se encontraba, siendo forzoso llevarlo como un fardo inerte a la lancha que debía conducirlo abordo.

     Desesperado Edgardo y convencido de que su equipaje había sido embarcado largo rato antes, cabalgó con presteza en el hombro del primer tasquero que encontró, y tomó la lancha que más próxima estaba a salir.

     Al llegar abordo, su primer cuidado fue inquirir por el paradero de sus bultos; y con terror supo que los equipajes todos habían sido indistintamente arrumados en el sollado del buque y cerradas después las escotillas.

     Para obtener que las abrieran hubiera sido necesario dirigirse al Comandante del buque y descubrirle su secreto lo cual equivalía a desbaratar un plan tan ingeniosamente combinado; a destruir el edificio de su dicha; a renunciar a la posesión de su adorada y hasta a hacer pública junto con su fuga su deshonra.

     Era forzoso que todos ignorasen el rapto de la joven; por lo menos hasta después que hubiera salido la nave del puerto; pero, entretanto, la agitación de Edgardo era extremada. En vano trataba de calmar su inquietud repitiéndose que la vida de Rosa no corría peligro alguno, puesto que él había pasado una noche entera en el cofre sin sentir la menor molestia. Luego se le representaba el lugar estrecho y nauseabundo en que se encontraba la mimada joven, acostumbrada al regalo de la casa de sus padres. Imaginábase cuanto sufriría en la crítica situación en que se encontraba; y más aún si, como era probable, el mal de mar se había agregado a los otros tormentos. ¿Resistiría el amor de Rosa a tan dura prueba?

     Estas y otras muchas reflexiones agitaban el exaltado cerebro del joven que, nervioso y febricitante, medía a largos pasos la cubierta del buque, parándose a cada instante para consultar el reloj que llegó a creer descompuesto al observar la desesperante lentitud de su marcha. Fijaba con impaciencia sus inquietas miradas en el horizonte, enojado de que aun subsistieran los últimos resplandores del crepúsculo vespertino. La tranquilidad de cuanto lo rodeaba y la relativa tranquilidad del mar que gozaba de algunos instantes de calma, lo desesperaban. Hubiera preferido una deshecha tempestad, que, al menos, habría sido más en consonancia con el estado de su alma. La indolente alegría de los marineros que ejecutaban la maniobra ordenada por los pitos de los guardianes, acompañando sus esfuerzos con una monótona y quejumbrosa cantilena, lo exasperaba.

     Más de una vez intentó sondear y ganarse al Contramaestre. Era éste un viejo lobo de mar, muy pegado a la ordenanza, y que no entendía de bromas ni ternezas cuando era cuestión de cumplir con su deber. Habitante del océano desde la infancia, Gaetano, a quien los marineros daban el reverente nombre de Nuestramo, cuando no estaba mascando o fumando en su pipa un trozo de negro tabaco, estaba gruñendo contra los marineros o haciendo crujir su zurriago sobre las espaldas de los grumetes que evitaban el acercásele demasiado, y a quienes, por la menor falta solía condenar a los consabidos seis fríos y seis calientes; es decir seis azotes antes de tomar el baño, y seis después de haberse refrescado en él. Y Gaetano no era cruel por naturaleza; pero creía necesario aparentar serlo, para conservar la respetabilidad del honroso cargo que desempeñaba. Del italiano y el español había formado un idioma sui generis que tenía la ventaja de ser conciso; pues, con unos cuantos ternos y juramentos, expresaba elocuentemente sus sentimientos, ya estuviera dominado por el pesar o la alegría y aún en los casos excepcionales en que lo entusiasmaba algún acto de valor o la feliz ejecución de alguna difícil maniobra.

     Después de algunas tentativas infructuosas y cuando ya levada el ancla y el velamen desplegado el buque se alejaba del puerto impulsado por un viento favorable, Edgardo, que agonizaba de impaciencia, abordó de nuevo al Contramaestre, quién, con su camisa roja, la gorra echada hacia atrás y la negra pipa en la boca, apoyado de codos en la borda del buque; y con tono suplicante le dijo:

     --Saque usted mi equipaje de la bodega y póngale el precio que quiera al servicio; le daré lo que me pida.

     --Siñore, contestó Gaetano con calma; si usted me da la fragata con todo su aparejo, non podo servirlo, corpo di Baco!

     --No sabe usted cuanto me interesa el servicio que le pido; ¡me va en ello más que la vida! insistió Edgardo con loco arrebato.

     --Per la Madona! exclamó impaciente Gaetano; le dico siñore que non podo; per Diu santo; sacramento! Si el oficia1 de guardia non da la orden, yo non podo; non podo abrire la escotilla hasta que llegamos a Callao.... Y, fatigado de tan largo discurso, volvióse de espaldas bien resuelto a no darle oídos al importuno pasajero.

     Viendo la ineficacia del sus esfuerzos, dirigiose Edgardo al oficial de guardia, como le había indicado Gaetano; pero también se negó a acceder a sus deseos hasta que, urgido por lo apremiante de la situación y reconociendo por el porte y los modales que era un caballero, le reveló parte de su secreto, no sin exigirle antes formal promesa de no comunicarlo a otra persona sin su expreso consentimiento. Impuesto del suceso, el oficial de guardia en el acto ordenó que se sacara el equipaje solicitado y fuera conducido a su propio camarote, que generosamente le cedió al atribulado Edgardo.

     Gaetano llamó a cuatro marineros, quienes, a la luz de un farol, dieron comienzo a la operación. Luego que levantaron la tapa de la escotilla mayor, saltó adentro Edgardo e hizo oír su voz con el fin de que, llegando a oídos de Rosa, se calmara la angustia de que la suponía poseída. Pero el precioso cofre no se presentaba a su investigadora mirada; necesario fue quitar la primera y la segunda capa de bultos allí hacinados, y aún no parecía. Edgardo, con febril impaciencia, apuraba a los marineros y, a la vez que les prometía recompensar su esfuerzo, él mismo les daba ejemplo de actividad y vigor levantando con presteza los más pesados fardos; sentía sus fuerzas centuplicadas y no había esfuerzo de que no se creyera capaz; pero la tarea se prolongaba y el cofre no parecía.

     Impacientado Gaetano por esta inexplicable maniobra, exclamó mal humorado:

     --Per Diu santo; sacramento! ¿es oro de California lo que estamos buscando? Pues, si el buque no se va a pique, en Callao saldrá; ¡que no lo han de cumere las ratas! ¡Sapristi! ¡Corpo di Baco!....

     Uno de los marineros cortó la peroración del Contramaestre diciendo:

     --Aquí hay un cajón que sin duda contiene fruta, porque tiene agujeros para que no se pudra con el calor.

     --Ese es; prorrumpió Edgardo, saltando al lugar indicado.

     -Pues, a fe que no valía la pena de trabajar tanto para sacar las piñas, los mangos, o lo que sea; dijo con desdén el que había hecho el descubrimiento.

     --Será champuz del Carmen, a que tan afectos son los trujillanos, y con el calor pudiera vinagrarse; agregó otro con burla.

     Mientras que los marineros hacían suposiciones más o menos descabelladas acerca del contenido del cajón, alternadas con chanzonetas y dicharachos, Edgardo se apoderó con avidez de su tesoro y, ayudado por el oficial de guardia y por Gaetano, se dirigió al camarote del primero.

     Allí, olvidando toda prudencia, sin cuidarse siquiera de cerrar la puerta del camarote, levanto la tapa del cofre y .... ¡horror! ¡Halló que su amada era ya un yerto cadáver! .... La caja que la guardaba había sido su lecho de muerte. Claros indicios revelaban que la infeliz joven había perecido víctima de la asfixia; su rostro amoratado en el cual era difícil reconocer su altiva belleza, revelaba atroces sufrimientos. Sus manos crispadas estaban en actitud de levantar la tapa de su impensado féretro. Sus ojos sin brillo y desmesuradamente abiertos, estaban inyectados de sangre; y en las comisuras de su boca aparecía una espuma sanguinolenta. Sus miembros tenían ya la rigidez cadavérica.

     Edgardo levantó cual ligera pluma el yerto cadáver de su prometida; llamóla con los más dulces y cariñosos nombres; luego, contemplando su desfigurado rostro, acometido de un acceso de delirio, rechazóla con horror y cayó desplomado al suelo presa de violentas convulsiones.

     Mientras que esta escena tenía lugar, corrió la noticia con eléctrica rapidez llegando a oídos del Comandante del buque y del Coronel del batallón, quienes acudieron presurosos al camarote teatro del trágico suceso.

     Edgardo fue acostado en una cama y puesto bajo la dirección del médico que se encargó de su asistencia. El mismo reconoció el cadáver de la infeliz Rosa y certificó que había dejado de existir algunas horas antes, víctima de la asfixia complicada con una violenta afección cerebral.

     Nada más podía hacerse, pues, por ella, que devolverla, no a la tierra, sino al océano que le serviría de inmensa tumba; y sus encrespadas olas, de líquido funeral sudario; cumpliéndose así, de un modo providencial, el vaticinio de el brujo, que ella escuchara con orgulloso desdén y quedando severamente castigada la falta de la hija rebelde e indómita.

     Mientras duró la travesía, Edgardo permaneció arrestado en su camarote, sin que esto pareciera causarle pena. Víctima de una especie de atonía moral o de perturbadora ataxia, permaneció insensible a lo que alrededor pasaba. Con la vista fija de continuo en el mar, parecía un autómata que se moviera maquinalmente sin tener conciencia de sus actos.

     Al llegar al Callao, fue puesto a disposición de las autoridades y encerrado por éstas en la cárcel pública para que fuera juzgado.


Próximo capítulo | Índice
Juana Manuela Gorriti
Mujeres Ilustradas