V
LA EVASIÓN
De Indómita de González de Fanning
Rosa se negó a tomar alimento la excitación; nerviosa que la dominaba, la tenía calenturienta. Pretextó una aguda jaqueca que le pasaría mediante algunas horas de reposo; y su cariñosa madre trató de alejar a los domésticos a fin de evitar todo ruido que pudiera molestarla. Sentóse a la cabecera de su lecho y allí permaneció hasta que, creyéndola tranquilamente dormida, se retiró dejando a mama Juana el encargo de velar el sueño de la enferma y darle aviso luego que despertara. Algunas veces se acercó de puntillas, pero se alejaba silenciosa, tranquilizada por las señas de la esclava que indicaban que la joven dormía aún.
A las once de la noche, admirada y cuidadosa por tan prolongado sueño, acercóse calladamente al lecho sobre el cual se inclinó; mas, no percibiendo el ruido de la respiración, cogió vivamente la vela y, quitándole la oscura pantalla que la cubría, la acercó a la cama; apartó las cobijas y solo encontró almohadas y ropas que figuraban la forma de un cuerpo humano. Ante semejante espectáculo, la infeliz madre no abrigó la menor duda de su desgracia, y cual si una mano de hierro le hubiera oprimido el corazón, lanzó un ahogado gemido y cayó pesadamente sobre el duro pavimento.
A los gritos de mama Juana acudió la servidumbre y poco después el amo de casa, alarmado por el ruido y las voces de espanto que hasta él llegaran.
Informado del terrible suceso, corrió en auxilio de su esposa; quién, al volver en sí de su desmayo, precipitóse de nuevo hacia el vacío lecho de su hija.
Su investigadora mirada descubrió una carta sobre el próximo velador; cogióla con mano trémula y vio que decía así:
"Amados padres:"
"No me maldigáis; mucho he luchado antes de decidirme a alejarme de Uds.--aunque espero que será por poco tiempo,--previendo la aflicción que les causaría; pero un amor más fuerte que yo misma, me obliga a confiar mi honor al del hombre que Uds. tan injustamente han rechazado y que mañana será mi esposo."
"Una sola nube oscurecerá entonces el cielo de mi dicha; y esta será originada por el enojo y desaprobación de Uds. ¿Le negaron a su hija tan querida, el perdón que de rodillas implora?"
Rosa.
Esta misiva acabó de confirmar a los desgraciados padres, que su hija, menospreciando su autoridad y olvidando su propio decoro, había abandonado el paterno techo, dejando tras sí el duelo y la deshonra. Vamos fueron cuantas diligencias practicaron a fin de remediar el mal, si aun era posible, antes de que se hiciera pública su desgracia.
El Prefecto se hallaba ausente. El capitán del Puerto no consentía en aventurar la vida de sus subordinados a la furia del irritado mar. Todo cuanto de él pudieron obtener fue una nota para el Comandante del buque, en que, participándole lo ocurrido, lo invitaba a demorar la hora de la salida hora de la salida hasta que pudiera hacerse el desembarque de la joven prófuga.
Esta nota debía ser conducida por un propio de mar en un caballito, único medio de comunicación practicable con las naves surtas en el puerto cuando el mar hace ostentación de su impotente saña.
Magnífica fue la recompensa que le ofrecieron al indio que les señalaron como el más apto para desempeñar tan arriesgada comisión; pero, por mucha prisa que se dieron para practicar estas diligencias, transcurrieron algunas horas antes de que el emisario emprendiera la marcha. El crepúsculo matinal principiaba a dibujar vagamente los contornos de los objetos que, paulatinamente, iban delineando con mayor precisión. De la parte del mar se levantaba una espesa bruma que apenas dejaba ver las luces de los buques que, semejantes a fuegos fatuos, aparecían para luego ocultarse a impulsos del fuerte balanceo.
Cuando la suave luz de la aurora logró disipar las tinieblas de la noche, los atribulados padres vieron que el propio regresaba de su inútil y peligrosa expedición y que la fragata con su velamen desplegado al viento favorable que la impulsaba, se deslizaba majestuosa sobre la líquida superficie del océano, alargando instante por instante la distancia que de su hija querida los alejaba.
Un sombrío desaliento se apoderó de ellos; ¡habían perdido la esperanza, esa luz consoladora, faro único que nos guía en las oscuras tempestades de la vida!