IV

LA PARTIDA

De Indómita de González de Fanning

     Llegó el día señalado para la marcha. El mar estaba agitado; pero después de medio día empezó a calmar el viento y principió el embarque de la tropa.

     En la playa se advertía una animación inusitada. Bajo de la tosca ramada estaban aglomerados los equipajes de los oficiales y de la tropa. Los parientes, madres y hermanas de los reclutas que marchaban en el batallón a pagar su contribución de sangre a la patria, atronaban el aire con sus lamentos aumentando la confusión y el desorden.

     El embarque se hacía en sólidas lanchas manejadas por diez remeros cuya pericia minoraba el peligro, mas no el terror de los que, por vez primera, trababan conocimiento con el agitado mar de Huanchaco. De pie, sobre la proa de la lancha, el patrón espiaba con inteligente y serena mirada el momento oportuno para aprovechar el sagís; y cuando con voz imperiosa y breve daba la orden de partir, los remeros, sujetas las lacias cabelleras con una cinta de totora y llevando por único vestido largas camisas de bayeta azul, apoyando los desnudos pies en los bancos delanteros, hendían a compás el agua con sus pesados remos sobre los que se apoyaban con fuerza para impulsar la embarcación.

     Pero en vano hacían prodigios de fuerza y ligereza animados por la voz del patrón que, unas veces acariciadora, otras burlona o imperativa, los incitaba a redoblar sus esfuerzos para salvar la peligrosa tasca más pujante y más ágil que ellos, el mar se presentaba implacable, amenazador. Olas inmensas que parecía que iban a sumergir la embarcación, la levantaban por la proa hasta ponerla casi perpendicular, cayendo rudamente un instante después en una profundidad, de la que otra líquida montaña la sacaba causándole nueva elevación y nuevo tumbo.

     Las voces de mando del patrón cada vez más insinuantes y exigentes; las de los remeros animándose mutuamente para dominar el peligro, en tanto que jadeantes y sudorosos parecían desfallecer ante el indomable furor de las olas, causaban pánico en los despavoridos pasajeros quienes, creyendo inevitable su muerte, encomendaban su alma a Dios y ofrecían grandes recompensas a los remeros si les salvaban la vida..

     Felizmente no ocurrió accidente grave que lamentar, y, al caer la tarde, salían las últimas lanchas conduciendo a los jefes y oficiales del batallón. Entre estos estaba Edgardo cuyo semblante denotaba una profunda ansiedad. Sus compañeros que atribuían su estado al pesar de tener que separarse de su amada, lo compadecían unos, en tanto que otros le dirigían palabras de consuelo o chistes y bromas no siempre delicadas, que el no se daba la pena de contestar.

     De seguro que su pensamiento estaba en otro lugar llevado en alas de su impaciencia y su deseo. Sus miradas se fijaban con insistencia en el buque; y, al llegar al costado, fue; él, el primero que, sin reparar el peligro que corría a causa del fuerte vaivén, tomó la escala y subió precipitadamente o la cubierta.


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Juana Manuela Gorriti
Mujeres Ilustradas