III
AMOR FUERTE
De Indómita de González de Fanning
Se acercaba la fiesta tradicional de Trujillo: el Huanckaquito ó la bajada de la Virgen; fiesta que, por lo mismo que se realiza una vez cada cinco años, era en la época a que nos referimos, un suceso extraordinario: hoy ha decaído mucho.
La ciudad, su puerto principal,--que todavía no era Salaverry sino Huanchaco;--y el cercano pueblecito de Moche, ostentaban un inusitado aire de fiesta. La monotonía, el retraimiento y la tiesura, eran reemplazados, aunque solo fuera momentáneamente, por la alegría y la expansión. La ceremoniosa etiqueta, le había cedido el puesto a la cordialidad y a la confianza, con gran contentamiento de la gente moza de suyo dada al movimiento y la algazara.
Los paseos, las reuniones íntimas y las comidas campestres, se repetían con frecuencia. Alegres cabalgatas de jóvenes de ambos sexos recorrían la arenosa orilla del mar, a la clara luz de la luna, caballeros en bien enjaezados borricos que, no pocas veces, daban pábulo al buen humor, arrojando por las orejas a sus jinetes, sobre la arena que el mar acababa de lamer con sus plateadas olas.
Casi siempre, provistos de una o dos guitarras que, ya servían para bailar al son de ellas una alegre zamacueca, ya para acompañar una amorosa canción o un sentimental yaraví, las horas se deslizaban sin sentir para los mismos que tantas y tan largas de enojoso tedio habían pasado, víctimas de la enfadosa etiqueta, fruto de rancias preocupaciones.
En el alegre programa de las fiestas, ocupaba lugar preferente el delicioso baño, al cual se destinaban las primeras horas de la mañana. En él, ellos y ellas, lucían su habilidad en la natación; aunque sin poder competir con los futuros pescadores que, desde bien pequeñitos, manejan diestramente esos ligeros esquifes de totora que, con el nombre caballitos, sirven a los indígenas para la pesca y en los cuales, sin otro remo que un trozo de caña de Guayaquil, arrostran impávidos el furor de las olas, cuando ninguna embarcación sería bastante fuerte para desafiarlo.
La iglesia, cual centinela avanzado, se destacaba solitaria en la falda de la montaña haciendo oír de vez en cuando el melancólico tañido de sus campanas; siendo, en los días festivos, el centro de reunión de esa alegre muchedumbre que, como bandada de aves marinas, se diseminaba en las tardes, cual a coger conchitas o perseguir a los cangrejos carreteros que veloces se hundían en los hoyos de la mojada arena; cual a ver llegar a los pescadores con las repletas redes que entregaban a sus familias que los aguardaban impacientes; en tanto que otros, más espirituales, se extasiaban contemplando la caprichosa forma de la nubes teñidas de esplendentes colores y rodeando solícitas al sol que, majestuoso, se sumergía pausadamente en el océano.
Mientras los otros jóvenes gozaban y parecían aspirar la vida por todos sus poros, Rosa, mustia y enflaquecida, sostenía porfiada lucha teniendo por opositores a su amor, cada día más vehemente, las lágrimas y súplicas de su madre, que algunas la hacían vacilar, y la firme voluntad de su padre que chocaba con la suya de hierro sin lograr dominarla. Acostumbrada la joven a ver satisfechos sus menores caprichos, se revelaba ante el primer obstáculo que a su voluntad se oponía; así el indómito potro acostumbrado a vagar, libre en la pradera, resiste, salta y furioso se encabrita, la primera vez que se le obliga a tascar el freno.
Edgardo no había logrado tener entrada casa de Rosa, porque el padre de esta, acaso por vez primera, pretendía hacer valer su autoridad; sin reflexionar que abusos de antigua data no pueden cortarse en un día.
Esta prohibición no obstaba para que los amantes se vieran en la calle, en el templo, y en las casas de las personas amigas, especialmente en la de Mercedes.
Edgardo se había constituido en sombra de Rosa y la seguía por doquier. Eran ambos como el sonido y el eco; como la flor y el perfume; como el hierro y el imán.
En vano fue el prohibirle a Rosa que se asomara al balcón y el llegar a tenerla casi secuestrada; no por eso dejaba de comunicarse con su amante por mil ingeniosos medios y especialmente por mama Juana que idolatraba a su niñita y que, fingiendo ser su más severa guardiana, era la más diligente intermediaria en sus amores. Una vez más quedó probado que querer cortar por medio de la fuerza la amorosa voluntad de una mujer, es lo mismo que pretender sujetar Con rejas el curso, del agua o poner cristales para que no penetre la luz.
La llegada de un buque de guerra en el cual debía regresar al Callao el batallón de Edgardo, causó sumo regocijo a los padres de Rosa, quienes creyeron que ya iban a verse libres del importuno pretendiente y que, curada su hija, mediante la ausencia, de lo que ellos juzgaban un capricho pasajero, pronto renacerían en su hogar la tranquilidad y el contento de otros tiempos.
Pero no hicieron la misma cuenta los interesados. Edgardo exigió con todo el fuego que presta la pasión, que le siguiera su amada; allanóle todos los obstáculos que ella le presentaba como insuperables para verificar una evasión que traería por consecuencia el deshonor para ella y tal vez la muerte para su madre; comprometió su palabra y honor de caballero y le juró por Díos y por sus santos que, tan luego como el buque saliera del puerto, el capellán bendeciría su unión que indefectiblemente sería después aprobada por sus padres. Y para tranquilizar más a Rosa, quien á pesar de su genial osadía titubeaba y se resistía a abandonar el paterno techo, llenando de aflicción los corazones de aquellos, cuyo rigor nacía únicamente del entrañable amor que le profesaban, Edgardo le refirió diversos casos en que después de una tenaz oposición, los padres no sólo se habían rendido ante los hechos consumados, sino que habían sido felices al contemplar la dicha de sus hijos.
Hablóle de los goces de la vida en Lima; goces que su amor sabría centuplicar para ella. En oposición a este cuadro seductor, pintóle con los más negros colores la vida de reclusión, soledad y tristeza que la aguardaba en su tétrica morada y la desesperación que a él lo llevaría tal vez hasta el suicidio. Tantas y tales fueron sus razones, y tan bien supo defender su causa, que al fin logró vencer la obstinada resistencia de la joven, que al fin dio su consentimiento para la clandestina partida.
Luego que Edgardo obtuvo el anhelado consentimiento, transportado de gozo, principió á ocuparse empeñosamente en arreglar la mejor manera de llevar a cabo tan difícil cuanto arriesgada empresa. Su primera diligencia fue mandar preparar con el mayor sigilo, una caja de las dimensiones necesarias para que pudiera contener su tesoro y que, siendo tosca al exterior, fuera interiormente bastante mullida y confortable para poder pasar cómodamente dentro de ella algunas horas: pequeños agujeros, convenientemente colocados, debían facilitar la renovación del aire. Todo estaba perfectamente calculado; y, para mayor seguridad, el mismo Edgardo pasó una noche en el cofre sin experimentar la menor incomodidad.
Mama Juana, cuya cooperación era indispensable para llevar a buen término tan atrevido plan, opuso seria resistencia para ayudarlos, por cuanto tendría que separarse de su niñita de quien era como un perro fiel. Al fin las súplicas de Rosa y la promesa que le hizo de llevarla a Lima muy pronto, lograron vencer su resistencia mejor que los obsequios de Edgardo.
La salida del buque estaba fijada para dos días después. Rosa, por consejo de Edgardo, se encerró en su habitación pretextando estar indispuesta. Sus padres, cediendo a este nuevo capricho, se conformaban con verla solo cortos instantes; confiaban en que todo acabaría con la próxima partida del capitán, proponiéndose ellos hacerla olvidar, a fuerza de cariño y distracciones, su insensato amor.