II

EL SARAO NUPCIAL

De Indómita de González de Fanning

     La aristocrática Trujillo, la ciudad fundada por Pizarro en memoria de su patrio suelo; ennoblecida por Carlos IV quien añadió a su escudo de armas tres roeles de oro sobre columnas de plata, en homenaje a su favorito don Manuel Godoy, príncipe de la Paz, elegido alcalde honorario de la ciudad a fines del siglo pasado; fue la primera ciudad peruana que, regida por el marqués, de Torre-Tagle1, proclamó la causa de la patria en diciembre de 1820; la que por muchos es llamada "Lima chiquito," aludiendo a su parecido con la capital, estaba de gran fiesta, seis meses después de los sucesos ya narrados.

     La casa prefectural estaba resplandeciente de luces. Los acordes de, la música, unidos al grato perfume de innumerables flores, indicaban a los transeúntes que se había dado principio a la fiesta.

     Esta tenía el doble objeto de celebrar el glorioso aniversario de nuestra emancipación política y el matrimonio de la hija del Prefecto, con un rico hacendado del valle de Chicama.

     No se había omitido gasto ni diligencia alguna para darle a la fiesta todo el brillo y esplendor que tan fausto suceso y tan patriótico recuerdo requerían.

     Ricos espejos, magnificas colgaduras, luces y flores con profusión; y todo arreglado con verdadero gusto artístico, le daban a la casa un aspecto ideal y fantástico; algo que parecía ser la realización de los cuentos de hadas y los palacios encantados.

     A más de tres salones suntuosamente amoblados, se había improvisado uno más amplio en el gran patio de la casa, cubriendo con blanco tapete el bien nivelado pavimento y formando la techumbre un inmenso toldo de campaña.

     El ancho corredor de los altos servía de cómoda galería a una banda de música militar que alternaba sus tocatas con las del piano y otros instrumentos de cuerda.

     Las gruesas columnas de los corredores bajos estaban festoneadas de guirnaldas, de laureles y rosas, que formaban arcos, en cuyo centro se ostentaba el hermoso bicolor peruano y macetas con arbustos cuajados de flores.

     En el centro del gran salón se elevaba una especie de templete griego formado por doce columnas que sustentaban una elegante cúpula.

     Las columnas y la techumbre estaban cubiertas por variadas flores blancas de aromosa esencia y en el centro, sobre un altar portátil, se alzaba un hermoso crucifijo de marfil entre dos grandes candelabros de plata que sustentaban numerosas bujías.

     Las jóvenes habían pedido sus galas a Lima con el propósito de realizar aún más su tradicional belleza. La concurrencia masculina se hallaba aumentada por la oficialidad de un batallón recién llegado del Callao.

     A las ocho, los salones ostentaban un lleno completo. Poco después, llegó su Ilustrísima, el señor Obispo, que debía bendecir la unión de la feliz pareja que, al presentarse ante la numerosa concurrencia, se hizo el punto céntrico donde fueron a converger todas las miradas.

     La interesante Mercedes, pues ella era la novia, estaba encantadora con el albo traje de desposada. El tenue y vaporoso velo que la envolvía sin ocultarla, realzaba sus hechizos imprimiéndole un tinte ideal, aéreo y misterioso. La viril hermosura de su novio, joven de atezado cutis, de negra y rizada barba, de altiva mirada y gallarda apostura, parecía expresamente elegida para formar contraste con su suave y atrayente belleza. Eran la blanca y modesta perla de irisados reflejos, realzada por el altivo brillante.

     Acercáronse al improvisado altar, acompañados por los padrinos, y pocos momentos después quedaron unidos por los indisolubles lazos del matrimonio.

     Al terminarse la ceremonia religiosa, una bien imitada ave del paraíso que aparecía posada en la cúpula del kiosco o glorieta, batiendo las brillantes alas, arrojó una lluvia de olorosos azahares sobre los nuevos esposos; la orquesta rompió a tocar el entusiasta Himno Nacional; y los parientes y amigos, allí reunidos, se apresuraron a ofrecerles sus más calurosas felicitaciones.

     Cuando le llegó a Rosa su turno de abrazar a la novia le dijo al oído:

     --Ya principian a cumplirse las profesías del brujo.

     --Cierto; porque soy feliz y, espero serlo siempre; contestóle Mercedes con dulce acento.

     Se dio comienzo al baile y después de la cuadrilla de honor en que tomaron parte las señoras de más distinción, les llegó su turno a las jóvenes quienes se entregaron entusiastas a su diversión favorita.

     Entre las más lindas descollaba Rosa, la predilecta amiga de Mercedes. Lucía un primoroso vestido color marfil adornado con ramilletes de rojos claveles sujetos con lazos de terciopelo negro. Este traje, aunque sencillo, rivalizaba por su elegancia y buen gusto con otros mucho más ricos.

     Tocó la orquesta un vals de Strauss, y Rosa fue invitada a valsar por un gallardo capitán de artillería, que llevaba el uniforme con marcial desenvoltura. Tendría unos veintidós años y era de elevada estatura; sus cabellos castaños echados hacia atrás, dejaban al descubierto la ancha frente, imprimiéndole a su fisonomía un sello de despreocupación y de osadía muy propio para captarle las simpatías del bello sexo. Sus ojos, de color tan indefinible como las aguas del mar, parecían como él, encerrar terribles tempestades. Su mano nerviosa y fina era tan blanca como la de una señorita.

     Edgardo, así se llamaba el apuesto capitán, era íntimo amigo de Mauro, el feliz esposo de Mercedes. Juntos habían hecho sus estudios en el colegio de San Carlos, antes de abrazar el uno la carrera de las armas, y de ir el otro a dirigir sus haciendas por muerte de su padre. La separación no había entibiado su amistad.

     Tomados del brazo, Edgardo y Rosa, se paseaban aguardando que les llegara su turno de valsar. Cruzáronse sus miradas, y una corriente eléctrica pareció conmover a ambos jóvenes. Rosa, que no era tímida, bajó los ojos no pudiendo sostener la intensa y expresiva mirada de Edgardo.

     Algunos segundos, después, entablaron el siguiente diálogo:

     --¿Ha observado usted señorita que desde hace algún tiempo me he convertido en sombra suya?

     --Cierto que he solido ver a usted en la iglesia y en la calle; contestó Rosa afectando indiferencia.

     --Y ¿nada le ha dicho a usted esa insistencia para seguir sus pasos? continuó el capitán.

     --No he tratado de interpretar un acto tan natural.... ¿Tiene algo de extraordinario que dos personas se encuentren en lugares tan frecuentados como son el templo y la calle?

     --Rosa, ¿a qué fingir? replicó Edgardo. Una mujer, por inocente que sea, comprende a la primera ojeada la intención con que se la mira; y a la penetración de usted no ha podido ocultarse el amor tan profundo como verdadero que me inspiró desde el primer instante que contemplé sus gracias y su hermosura.

     --Bailemos; ha llegado nuestro turno; dijo Rosa, cambiando de giro a la conversación.

     Enlazando el talle de su pareja, principió a valsar el capitán, sin interrumpir el comenzado diálogo.

     --¿Duda usted de lo que le digo, Rosa, o se burla de mi amor?

     --Me pregunto que a cuantas, ante que a mí, habrá usted dirigido iguales o parecidas razones, capitán.

     --¿Qué motivo tiene usted para juzgarme tan mal y dudar de mi sinceridad?

     -Ninguno, ciertamente; contestó Rosa con maliciosa expresión; pero sí, he oído decir que el corazón de los hombres, y especialmente el de los militares, es parecido a la alcachofa; que puede subdividirse en muchísimas partes iguales.

     --Eso, dijo Edgardo, no pasa de ser un chiste ingenioso, pero inexacto por lo menos en esta vez.

     --¿Así que niega usted que tiene corazón de alcachofa? insistió Rosa, con burlona sonrisa.

     --Y tanto como lo niego. Ponga usted a prueba mi amor y se convencerá de que no es una ficción ni una ilusión pasajera.

     Cuidado, le interrumpió Rosa; cuidado, que pudiera darme la tentación de exigir de usted que se impusiera una decaquellas penas que, para vencer el desdeñoso rigor de la señora de sus pensamientos, solía imponerse en Sierra Morena el andante caballero; cuya costilla es fama que se encuentra enterrada en la plaza mayor de esta ciudad.

     --Rosa, por piedad, no sea usted cruel; es inhumanidad burlarse de un amor sincero como es el mío.

     --El vals ha terminado, capitán; tenga usted la bondad de conducirme a mi asiento.

     A su pesar, tuvo Edgardo que interrumpir tan sabrosa plática, prometiéndose reanudarla después.

     Desde el alfeizar de una ventana, donde se situó, más de una vez se encontraron sus ojos con los de Rosa que en vano quería aparentar indiferencia. Luego se apercibió de que su madre la observaba con inquietud, y fue este nuevo incentivo que avivó la llama que principiaba a encenderse en el corazón de la indómita joven..

     Bien pronto una mazurka le ofreció a Edgardo la ocasión que buscaba de reanudar la interrumpida conversación, y así le dijo a Rosa:

     --Cuán agradecido estoy a mi amigo Mauro que me ha proporcionado la dicha de estar cerca de usted.

     --Dicha que no ha codiciado usted mucho, replicó Rosa, cuando no se ha hecho presentar en casa.

     --He solicitado con instancia el permiso para hacerlo y, bajo de fútiles pretextos, me ha sido negado por los padres de usted

     --Y a mi nada se me ha dicho; murmuró Rosa. Y continuó a media voz, como hablando consigo misma, oh, ¡los padres! ¡los padres! con su egoísta amor se convierten en verdaderos tiranos, so pretexto de velar por la felicidad de sus hijos.

     Las palabras de Edgardo le explicaban la causa de las inquietas miradas de su madre y se propuso burlar su vigilancia. Luego presumió que el principal defecto que a su joven adorador le encontraban sus padres, era su carrera que lo obligaría a llevar lejos de ellos a su hija predilecta.

     La inexperta joven calificaba este sentimiento de refinado egoísmo; y, como siempre sucede, el obstáculo fue un incentivo que avivó la llama en vez de apagarla. Desde ese instante quedó ganada la causa del Capitán

     Cuando su madre, alarmada por la asiduidad del mancebo, se retiró pretextando una indisposición, ya él y ella estaban de acuerdo acerca del modo de comunicarse. Además, la casa de los nuevos desposados era un excelente punto de reunión que difícilmente podría serles vedado.

     Los padres de Rosa no tenían objeción que hacer en cuanto al linaje, educación y posición social de Edgardo; pero su extremada juventud, la azarosa carrera que seguía, y su carácter vehemente é impetuoso que, lejos de ser un moderador para el de Rosa, contribuiría a exaltarlo, los alarmaba, siendo esa la causa de que se mostraran adversos al naciente amor de los jóvenes.


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Juana Manuela GorritiMujeres Ilustradas


     1El Marqués de Torre Tagle (1779-1825), político y segundo presidente de la República en 1823, sacado de la presidencia por Bolívar en 1824.