INDÓMITA1

POR

Teresa González de Fanning

Edición de

Thomas Ward


I

EL HORÓSCOPO

     --¡Alza Mercedes! ¡levántate perezosa!

     --¿Ya estás aquí Rosa? Voy al punto. Creía que era todavía muy temprano.

     --Son las ocho; y quisiera no demorarme porque en casa nadie sabe que he salido.

     --¡Pues qué! ¿no le pediste permiso a tu mamá?

     --No; pues, hubiera tenido que entrar en explicaciones y aquello habría sido muy largo. Me vestí a prisa, salí con mama Juana, que en todo me da gusto y que es la que conoce al brujo; y aquí me tienes. Cuando regrese a casa, diré que fui contigo a misa a Santa Clara: me regañarán un poco, pero eso pasará y yo habré hecho mi gusto.

     -- Esa es tu manía, Rosa; hacer tu gusto y no reconocer autoridad alguna. Como si la de los padres no fuera suave y fácil de sobrellevar.

     --Pues bien; aunque los míos me miman hasta el exceso, según dicen algunas señoras antiguas partidarias de la tiranía paternal, toda mi ambición se cifra en ser libre y dueña absoluta de mi voluntad: por eso anhelo casarme. Pero no perdamos tiempo: vamos a consultar a ese rústico oráculo, en el cual no tengo ni pizca de fe, a pesar de las asombrosas historias que nos cuenta mama Juana, y que a ti tanto te impresionan.

     Terminada su toillete, Mercedes saludó a sus padres y, con su venia, emprendió la matinal excursión con su amiga y con mama Juana, negra bozal, criada de ésta.

     En tanto que ellas avanzan, justo es dar al lector alguna noticia acerca de ambas interlocutoras.

     Rosa, la menor de ellas, acababa de ajustar el tercer lustro de su existencia. Pertenecía a una rica familia de Piura establecida después de algún tiempo en Trujillo.

     Única hija mujer, era la chochera de sus padres, cuyo excesivo mismo había viciado algo su carácter; pero poseía nobles y generosos sentimientos.

     Era Rosa de pequeña estatura; de cutis moreno y aterciopelado que parecía formado con pétalos de la flor cuyo nombre llevaba.

     Sus negros ojos de mirada traviesa y juguetona, cuando se hallaban animados por algún sentimiento profundo, lanzaban chispas y revelaban una varonil osadía.

     Una franca sonrisa entreabría sus rojos labios, descubriendo los dientes menudos y blancos como la carne del coco y formando un primoroso hoyuelo lleno de encanto y seducción.

     Su pequeña nariz, ligeramente arremangada, le imprimía un sello de travesura y audacia a su aniñado rostro.

     Mercedes, era de un tipo completamente opuesto al de su amiga. Era una de esas pálidas azucenas limeñas, llenas de misterioso encanto.

     Sus pardos ojos, velados por luengas pestañas, parecían, al bajarse, ocultar algún dolor: algún misterio pasional.

     Su esbelto talle solía doblegarse, quizás por perezosa indolencia; tal vez bajo el peso de inconsciente melancolía. Su andar era airoso y lleno de majestad pesar de que sus diminutos pies parecían insuficientes para sostenerla.

     Su frente ancha y despejada, bajo cuya tez se dibujaban finísimas y azuladas venas, revelaba inteligencia y nobles sentimientos .....…

     Mas sigamos a las jóvenes que, cogidas del brazo, marchan con ligero paso hacia la calle del Arco, guiadas por la anciana esclava.

     Al llegar a una casucha de pobre aspecto, se detuvieron a la voz de mama Juana que dijo: "Aquí es;" y penetró resueltamente en ella; mientras que Rosa y Mercedes, desde la puerta, dirigían curiosas miradas al interior de la morada del brujo.

     Componíase ésta de una salita de bajas y torcidas paredes; pavimento de tierra apisonada en el que, lo mismo que en las paredes, se hacía sentir la ausencia del nivel del arquitecto; techo de cañas, cómoda madriguera de alacranes, saltojos y otras sabandijas; y sin más luz que la que penetrar podía por dos puertas bajas y estrechas.

     El menaje de esta vivienda estaba en perfecta relación con la sencillez primitiva de su construcción.

     Un poyo de adobes, en parte cubierto por un viejo y desteñida pellón y por una piel de carnero; una tosca mesa de pino sobre la cual se veía un huaco conteniendo agua y, dos mates con caprichosos dibujos hechos con fuego.

     De las paredes pendían hacecillos de diversas hierbas y dos o tres calabazas con chicha.

     Seguía una segunda habitación que era el dormitorio del dueño de la casa, y que tenía puerta a la cocina, que a la vez era corral, cuyero y palomar.

     Después de hablar breve rato en voz baja, salió mama Juana seguida del brujo, á quien dijo:

     --Taita Mateo, estas son, pues, mis niñas; han venido a que usted. les adivine una cosa.

     Era taita Mateo, un indio de setenta ó más años de edad; de estatura elevada y de poderosa musculatura.

     La natural nobleza de su porte, en cierto modo justificaba la popular creencia de que era descendiente de los antiguos caciques del Gran Chimú, cuyas antiguas ruinas vense todavía cerca de Trujillo.

     Su lacia y nevada cabellera, estaba sujeta en una trenza que le caía sobre la espalda, dejando descubierta su ancha frente surcada por dos profundas arrugas paralelas.

     Cejas anchas y muy pobladas, medio ocultaban la expresión demasiado enérgica, suspicaz y maliciosa de unos ojillos hundidos en las órbitas.

     Sus labios delgados y con un pliegue en las comisuras, indicaban la astucia o el desaliento del que ha arrostrado las luchas de la existencia.

     El rostro lampiño y los pómulos salientes, denotaban que era indio de pura sangre.

     La gente del pueblo lo miraba con cierta respetuosa simpatía suponiéndolo poseedor de maravillosos secretos para curar las dolencias humanas, leer en el porvenir, descubrir el paradero de los objetos perdidos, etc., etc.; por eso lo llamaban el brujo,

     También estaba muy valido que tenía,--heredado de sus mayores,--el derrotero auténtico para encontrar el célebre peje grande, que de tan atrás causa los desvelos de los infatigables buscadores de tesoros ocultos.

     Con la esperanza de sorprender su secreto, algunos lo habían espiado en sus periódicas excursiones por los campos; pero su indiscreta curiosidad quedó siempre burlada, al verlo regresar cargado tan solo de hierbas de que se servia para sus conjuros y curaciones. Porque tal vez por cálculo, o acaso porque él mismo estaba sujeto a ciertas preocupaciones de raza, ello es que empleaba prácticas misteriosas en que los astros y los animales desempeñaban un importante papel; con lo cual daba pábulo a las supersticiosas creencias del vulgo y a las absurdas o maravillosas anécdotas que acerca de su persona y de su ciencia circulaban.

     Al salir al encuentro de las jóvenes, parecía que sus diminutos ojuelos se ocultaban cautelosamente bajo sus pobladas cejas, a la vez que lanzaban una mirada profunda y escudriñadora, cual si quisiera penetrar los más íntimos pensamientos de sus nuevas clientes; mientras que con acento grave les decía:

     --Felices días, niñas; tomen Uds. asiento en esta pobre choza y díganme en que puede servirlas este pobre viejo.

     No se hicieron rogar las jóvenes para ocupar dos derrengadas sillas que les ofrecía el anciano; y, con tono ligeramente burlón, entabló Rosa la conversación, diciendo:

     --Buenos días, taita Mateo. La fama que tiene usted de conocer los secretos más ocultos y adivinar lo que está por suceder, nos ha inducido a mi amiga y a mi, a venir a preguntarle lo que el porvenir nos reserva.

     --Niña, el porvenir es de Dios: no pretendas descorrer el velo que lo oculta; contestó sentenciosamente taita Mateo.

     --Pero usted sin ser Dios, dicen que lo conoce a fondo; fuerza será, pues, que cuando menos sea su representante; replicó irónicamente Rosa.

     Las mejillas del viejo se colorearon ligeramente; una amarga sonrisa plegó sus labios y después de un instante de silencio contestó:

     --No soy sino un oscuro curandero. El indio es ignorante: nada puede enseñarle al blanco.

     Quedóse Rosa cortada ante la fría dignidad del anciano y, advirtiendo Mercedes que la conversación tomaba mal giro, intervino diciendo.

     --Estudiando la naturaleza, el indio sorprende a veces secretos que el blanco no alcanza a penetrar. Una larga vida empleada en practicar el bien, levanta al más humilde y le atrae el respeto y la estimación de todos.

     --Niña, eres prudente y tu corazón es bueno. Dios te preserve de las espinas de la vida te de fuerzas para soportar la adversidad el día que se interponga en tu camino, contestó el anciano con voz conmovida.

     --Sin duda me está reservada alguna gran desgracia, dijo Mercedes con alterada voz. El corazón me dice que he de ser muy desgraciada. Más de una vez he tenido sueños espantosos que me han hecho sufrir horriblemente. Decidme, por favor, ¿serán fundados mis presentimientos?....

     El anciano se quedó por largo espacio contemplando el firmamento; su semblante se revistió de una plácida serenidad y con voz reposada y ademán tranquilo, cual si escuchara los acentos de una voz interior, exclamó:

     --La débil caña será sacudida por el huracán; su tallo se doblegará hasta besar el polvo; mas, una vez pasada la tormenta, se levantará más erguida que antes.

     Calló taita Mateo, y Mercedes, sonrojándose le dirigió la siguiente pregunta:

     --¿Y en el amor hallaré la felicidad?

     --Niña, en la rosa que crece en los campos, puedes ver la imagen de tu vida futura; dijo el indio con profética entonación: rodeada de espinas punzadoras, ostenta ufana su púdica belleza y, perfuma el ambiente con su esencia: un ramillete de preciosos botones la circunda, semejando a una reina rodearla de su corte. Su dueño la cultiva con amor y se goza contemplando su belleza y galanura.

     Rosa escuchaba con aire de incredulidad este diálogo: al fin sin dejar su tono burlón dijo:

     --¿Y a mí, qué bienes me reserva el amor? Sin duda goces, riquezas, poderío.....

     Miróla el indio con ademán compasivo y luego con tono inspirado le contestó:

     --¡Ay! del que en su loco orgullo pretende dominar y no reconoce más ley que su capricho! Como la débil navecilla que ufana se lanza a desafiar al temporal, encontrará su tumba en el seno del océano y sus restos destrozados serán juguetes de las ondas.

     Luego, dulcificando el tono de su voz, continuó dirigiendo a Rosa una mirada compasiva:

     -Niña, como el pajarillo que aún carece de vigor para levantar el vuelo, acójete - bajo el ala maternal ...... ¡Huye del mar y, sus tormentas! ......

     Dichas estas palabras, cayó el anciano en una profunda abstracción: se le habría tomado por un fakir de la India sometido a la acción de la nirvana, sus ojos, fijos en el espacio, parecían penetrar en otras regiones y ver algo oculto para los demás. Un ligero temblor recorría de vez en cuando sus músculos, tornando luego a quedar en la más completa inmovilidad.

     La despedida de las jóvenes interrumpió su abstracción.

     --Id con Dios niñas, les dijo; esta pobre choza y su dueño están a vuestro servicio.

     Ambas jóvenes, seguidas por mama Juana, se retiraron impresionadas por las palabras del anciano indio. Pero Rosa, recobrando su natural y burlona alegría, díjole a su amiga:

     --¿Crees tú en los pronósticos de este titulado brujo?

     -A decir verdad, contesto Mercedes, su aspecto me inspiró respeto desde el primer instante que lo vi; y sus palabras, impregnadas de rústica poesía, tienen para mi algo de misterioso y profético.

     --¡Cuán crédula eres Mercedes! Fíjate en que solo ha dicho generalidades aplicables a cualquiera. Para ti han sido favorables sus pronósticos, porque manifestaste respeto por su pretendida ciencia; en tanto que a mí me ha tratado con rigor, procurando amedrentarme, porque me burlé de su saber.

     --Juzga como mejor te parezca Rosa; pero sus palabras han quedado grabadas en mi memoria de un modo indeleble y espero que el porvenir las confirmará: Esto, bien me guardare de decirlo a otras personas porque tal vez me juzgarán visionaria, pero es la verdad.

     Con justicia te tacharían de visionaria, porque ya pasó el tiempo de los profetas. En cuanto a mí, me río del brujo y de sus pronóstico.

     --Mama Juana, que había escuchando en silencio este diálogo, al oír las últimas expresiones de Rosa, intervino diciéndole:

     --Niñita, por Dios, no hable su mercé así, que Dios la va a castigar; mire su mercé que taita Mateo es un hombre que sabe mucho: a Lucas el arriero se le perdió una mula, fue donde él, y lueguito pareció.

     --El mismo se la habría robada; dijo la implacable Rosa.

     --Ave María purísima, amita, no diga su mercesita eso. Vea sumercé: a Chepita, la hija de la lavandera, le salió un chupo grandazo en la rodilla; él le puso una yerbecita peludita que se llama lechuguilla, y luego le abrió boca. Conoce otra yerba llamada centella, que puesta por un lado levanta ampollas como un cáustico, y por el otro la cura. Ahora le voy a contar a su mercé otra cosa que no me dirá su mercé que es mentira, porque lo he visto yo con estos ojos que se han de comer la tierra.

     --Vamos a ver cual es ese prodigio, mama Juana, interrumpió Rosa.

     --Es que un mal muchacho le clavó un cuchillo en la cabeza al corderito de Basilia y lo dejó como muerto; ella llamó a taita Mateo quien le hecho en la herida una agüita verde, y el animalito se levantó ya sano y se puso a comer maíz.

     Y, ¿cuál fue ese líquido milagroso? dijo Rosa; porque esa si que es una verdadera brujería.

     --Es el jugo de una planta que le traen de Huaraz y que se llama tunacongona.

     --La llegada a la casa interrumpió la charla de mama Juana que amenazaba hacerse interminable.


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Juana Manuela Gorriti
Mujeres Ilustradas


     1Teresa González de Fanning, Indómita (Lima: Tip. de "El Lucero", Unión, 767 [Antes Baquíano, 324], 1904). El escaneo se hizo en Loyola College, Baltimore, Maryland. Lo hicieron Kathryn Simmons & Matt McNamee quien más tarde leyó las pruebas iniciales y efectuó la conversión del documento a HTML. Thomas Ward y Chavaleh Wetzel leyeron otra vez las pruebas.