IX
Durante la ausencia de su esposo, doña Chavelita, columpiándose suavemente en una hamaca de Guayaquil, dejaba vagar sus miradas por el éter que cual tenue velo envolvió la celeste atmósfera, como si allí hubiera de encontrar la solución del enigma que, sin duda, la preocupaba1.
De pronto, inmotivada sonrisa, distendiendo sus rojos labios, formó un juguetón hoyuelo que rápido se ocultó, como se oculta la luna tras la nube, y poco después temblorosa lágrima abrillantó su pupila para caer a su seno, como cae la gota de rocío en el cáliz de la rosa2.
¿Qué extraña preocupación asaltaba de improviso a la hermosa castellana del Olivar?
Difícil habría sido adivinarlo; tal vez si ella misma lo ignoraba. Momentos hay en que parece que el alma se aleja del cuerpo que la cobija, o que, adquiriendo de súbito el don de ubicuidad, recorriera la eterna morada de los espíritus, de la que conserva vagas nociones y adonde se siente atraída por irresistible impulso.
Momentos de lucha y enervamiento, de alegría y de dolor, de acción, y de reacción, en que no nos pertenecemos; en que el sufrimiento y el goce, el bien y el mal se disputan tiránicamente nuestra espiritualidad y nos elevan hasta el empíreo o nos hunden hasta el abismo; en que nos sentimos capaces de llegar hasta el heroísmo o de descender, quien sabe, hasta la criminalidad.
En medio de este ensueño, se le presentaban a la señora de Moreno, confusamente, como entre brumas, y en líneas vagas e inciertas la fisonomía dulce, correcta y aristocrática del señor de la Vega Hermosa, tras de la enérgicamente plebeya de su marido; y repercutía en su oído la voz tranquila y de armonioso timbre del uno contrastando con las fuertes y broncas inflexiones de la del otro; eran el manso arroyuelo y el torrente bramador; el esbelto pino y el nudoso guayacán.
Tan abstraída estaba doña Chavelita que no sintió los pasos de su marido, y asustada, se estremeció cuando éste, tocándola en el hombro, la dijo:
¿Por qué no te has acostado, Chavela? ¿No ves, mujer que con el relente de la noche puedes coger un resfriado?...... Vamos, vamos a dormir.
--Vamos, contestó doña Chavelita dejándose conducir de la mano, con aire indiferente, por Moreno.
Llegados a su aposento, Moreno que a pesar de su rudeza no ignoraba que los secretos del marido nadie los guarda mejor que su esposa si es discreta, le refirió la conferencia que había tenido con su huésped, y terminó diciéndola, con los ojos inflamados por la codicia:
--¡Qué te parece, mujer! ¡Diez mil onzas de oro! ¡¡Diecisiete mil duros!! Cuánto podría hacerse con esa suma bien empleada.
--Lo que es por empleo, estate cierto de que su dueño se lo dará bueno, le contestó su esposa. Don Justo es inteligente, generoso y benéfico como pocos. A nadie se le había ocurrido antes que a él fundar escuela y hospital para sus esclavos, a más de darles terrenos y semillas para que los siembren por su cuenta ......
--Basta, basta hija; no te entusiasmes tanto; eso es porque el chapetón este lleva vida de hongo; si como yo tuviera hijitos y mujer para quienes buscar el patache, no sería tan liberal.
--¿Sabes, Moro, que no me gusta que te expreses así de don Justo? insistió doña Chavelita; es ingratitud que te olvides cuanto le debemos, y yo detesto la ingratitud.
--Bueno, mujer, se acabó; vamos a dormir, dijo Moreno bostezando, y dando un soplido a la vela, puso la cabeza en la almohada tratando de cumplir lo que decía.
Su mujer también se arrebujó entre los cobertores, pero cuando después de un largo espacio de tiempo lograron ambos dormirse, ninguno de los dos tuvo sueño tranquilo.
Moreno soñó que estaba contando y haciendo pilas de las diez mil onzas que habían pasado a ser suyas, cuando vio que por la ventana penetraba una cuadrilla de ladrones dispuesto a arrebatárselas; que él quería ocultarlas a toda prisa; pero no podría moverse, porque sus piernas y sus brazos estaban agarrotados. Cuando después de un violento esfuerzo logró despertarse, apenas comenzaba a clarear el día. Vistióse a prisa y salió al corredor en busca de aire y luz. Al pie de la escalera estaba ya su caballo overo ensillado y listo para que saliera al campo a distribuir tareas a los esclavos.
Por su parte doña Chavelita tuvo también sueños raros y extrañas alucinaciones que más de una vez le hicieron saltar como un peje sobre sus colchones. Unas veces se veía sentada a la mesa haciendo los honores de ella, y a la cabecera, no su esposo, sino don Justo con su aire distinguido y sus modales de señor que tanto la encantaban; otras, cambiando la escena como en un estereoscopio veía al mismo exánime, que la contemplaba con sus grandes ojos impregnados de melancolía y brotándole sangre de una ancha herida, en tanto que Moreno recogía las onzas de oro que estaban esparcidas a su rededor. Al despertar se sentía molida y quebrantada.
Pero, ¡cosa extraña! Ninguno de los refirió al otro las horribles pesadillas que lo habían atormentado durante la noche. Más de una vez, por efecto de la costumbre, empezaron sus labios a articular palabras, que luego, por un sentimiento impulsivo de reserva desusado entre ellos, se cambiaron en una frase trivial o indiferente; pero cambio que no podía pasar desapercibido para ninguno de ellos que tan acostumbrados estaban a leer el uno en los ojos del otro. Era acaso el primer secreto que se reservaban después de tantos años de vida conyugal.
Cuando a la hora del almuerzo se presentó en el comedor doña Chavelita, con una bata blanca de sueltas mangas que dejaban ver tras de una mano de niña, un brazo torneado y regordete, presentaba tina fisonomía lánguida3 que le daba nuevo atractivo. Sólo cuando su noble huésped le hizo un cordial saludo, un fugitivo rubor coloreó sus mejillas que luego tornaron a palidecer; no sin que el suspicaz marido lo observara con recelosa mirada.
1Hay dos elementos netamente modernistas aquí. El primero es "la hamaca de Guayaquil" que orienta la cultura hacia la autoctonía, así como cuando Martí abraza el poncho o vincha; como Darío elogia "el gran Moctezuma de la silla de oro" en Prosas profanas o cuando en Cantos de vida y esperanza propone volver a "la América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl". José Martí, op. cit., v. VI, p. 20; v. VII, p. 15. Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza, Buenos Aires: Huemul, 1969, p. 41. El segundo es el "éter" y "la celeste atmósfera" que destaca la espiritualidad pitagórica tan común en el modernismo como en "la celeste esperanza" o "la espléndida luz que vendrá del oriente", Darío, op. cit., pp. 27, 29.
2El rocío y el cáliz son imágenes modernistas así como el ensueño, las brumas y la figura aristocrática que vienen a continuación.
3Su "fisonomía lánguida" recuerda a las mujeres pálidas de las Sonatas de Ramón del Valle Inclán así como la protagonista de La rosa muerta,
novela de la peruana Aurora Cáceres.