VIII
Las doce de la noche eran por filo cuando don Justo de la Vega Hermosa llegó al Olivar, donde era esperado con una suculenta cena y confortable habitación.
Era en esta época Roque Moreno hombre de cuarenta años escasos; mediana estatura, fornido y musculoso. Su crespo y recio cabello no cedía fácilmente a las insinuaciones del peine, y sus ojos, pequeños y chispeantes de inteligencia y malicia, se ocultaban bajo unas cejas cerdosas y una gran nariz de arqueado caballete que, al decir de su dueño, abonaba la nobleza de sus ascendientes.
Hombre de inteligencia despejada y de privilegiada memoria, había leído sin orden ni concierto cuanto a la mano le cayera, y formándose una erudición sui generis que le permitía abordar todas las materias sin profundizar ninguna: especie de fuego de cañas que arde y se apaga luego sin formar brasas.
Él y su esposa dieron la bienvenida a don Justo y lo condujeron a un espacioso comedor donde sobre una mesa de sólido cocobolo, humeaba en fuente de plata, una suculenta cazuela de gallina, introducción a la opípara1 y bien sazonada cena, preparada bajo la inteligente dirección de la ama de casa, y servida en vajilla de plata como entonces se estilaba en todas las casas de gente acomodada.
--El señor don Justo apenas come, observó doña Chavelita con untuosa voz y su más agraciada sonrisa.
--En verdad, señora, que los cuidados que me preocupan, aún más que la fatiga del camino, me han quitado el apetito, contestó el aludido; pero cierto estoy de que mañana haré mejor los honores a la hospitalaria mesa que tan bien revela la amable solicitud de usted.
La conversación siguió en tono festivo y amable, tratando de evitar, de común acuerdo, el anfitrión y su huésped, el espinoso terreno de la política.
Terminada la cena, condujo Moreno a don Justo a la habitación que le estaba preparada; y entonces le manifestó éste sus cuitas la necesidad que tenía de poner a salvo su caudal.
Al oír de boca del español la suma que le confiaba, los ojillos de Moreno lanzaron una chispa de codiciosa admiración; pero, disimulándola, habló en estos términos:
--Esta hacienda, como casi todas las que pertenecieron a los jesuitas, tiene un sótano. Solo un negro bozal2, muy adicto a los P. P. de la Compañía, conocía la entrada; y al morir se la reveló a mi padre que, a su vez, me confió a mí el secreto en sus últimos instantes, con encargo de no utilizarlo sino en un caso extremo. No porque hubiera encerrado allí algún tesoro, como generalmente se cree, sino como un refugio seguro en cualquiera emergencia; como una sublevación de los esclavos o una revuelta política.
Por primera vez se me presenta la ocasión de utilizar este secreto que pongo a la disposición de usted, confiando en su hidalguía.
--Gracias, mi buen amigo, contestó don Justo alargándole la mano; nunca tendrá usted que arrepentirse de su confianza.
--La entrada del sótano, continuó Moreno, está perfectamente disimulada en el muro de la capilla, tras del altar mayor. Entre ambos haremos la traslación del oro de usted, y pondremos en su lugar piedras entre los zurrones, para que no adviertan la diferencia de peso los arrieros que los conduzcan al puerto por donde se han de despachar, para hacer perder 1a pista a los que quieran fumarse tan rica breva.
--La colocación de las piedras puede hacerla Josecillo, en quién tengo plena confianza, observó don Justo.
--Consentido, afirmó Moreno; pero antes será bien que usted descanse de la fatiga del camino; por lo que aplazaremos la faena para la media noche de mañana.
Y se despidió de su huésped deseándole buen sueño.
1opíparo, un banquete espléndido y bien proveido
2Como se explicaba en el capítulo III, un negro bozal es un esclavo que se había importado de la África.