VII
No halló don Justo de la Vega Hermosa mejor salida para el atajo en que se veía metido, que entregarse maniatado a la hidalguía y gratitud de Roque Moreno.
Sabía que aquello era como meterse en la guarida del lobo; más, atendidas las apremiantes circunstancias en que se hallaba, fuerza era hacer que el gato guardara la morcilla.
Escribióle una carta anunciándole que, necesitando garantías para su persona y para su caudal, ponía ambas cosas bajo la salvaguardia de su caballerosidad, y que en seguida se pondría en camino para el Olivar, distante unos 20 kilómetros de San Honorio.
En efecto, ayudado por el fiel Josecillo y por cuatro esclavos de los de más confianza; pero que creían conducir zurrones de tabaco y no de onzas de oro, después de dar sus órdenes a su administrador, emprendió la marcha don Justo en una de esas hermosas noches en que la luna, aventajada rival de la luz eléctrica, despide efluvios magnéticos, envolviendo en luminoso nimbo a la tierra que, agradecida, exhala perfumes de penetrante aroma y produce misteriosos, armónicos rumores, cuyo conjunto convida a la meditación, a la melancolía y la efusión de tiernos y dulces sentimientos.
A pesar de sus preocupaciones, no pudo el señor de la Vega Hermosa librarse del mágico encanto que a su pesar lo dominaba; sus ojos, vagando en el espacio, acaso buscaban reminiscencias de la patria ausente, tal vez de un amor mal olvidado. Sentía férvidos anhelos de cruzar montes y mares, de remontarse a los espacios infinitos y cantar alabanzas al Creador en un idioma ignorado por el hombre, y desligándose de la carnal envoltura, elevar su alma hasta perderse en las regiones etéreas.
Dominado por el medio ambiente que lo envolvía, sentía esos arranques de místico arrobamiento y sublime poesía que, algunos años después, habían de inspirar a uno de sus compatriotas esta bellísima estrofa: