VI
En el pueblo de Buenavista, dos millas distante de la hacienda de San Honorio, en el corredor de un gran rancho de paredes curvilíneas pero con honores de cuartel, hallábanse reunidos fumando y apurando copas de aguardiente y hondos mates de chicha, una veintena de guerrilleros patriotas, de los que uno cantaba acompañándose con la vihuela una canción criolla, muy en boga a la sazón y a la que otros respondían en coro:
cuando se presentó el sargento Ponce y les dijo:
--Compañeros, venga una copa que tengo la sangre helada de un sustazo que he tenido.
--¿Susto el sargento Ponce? observó el cabo Chinchilla con burlona sonrisa.
--Susto y de los buenos; contestó el aludido; el mayor que he tenido en mi vida. Y eso que, como ustedes saben, me precio de tener coraje; pero eso será cuando se trate de hombres de carne y hueso como nosotros; pero fantasmas y almas del otro mundo......eso no reza conmigo......
--¡Qué fantasmas ni qué penas! El sargento Ponce está jalau, dijo con sorna un viejo de bigote cano.
--Cuente, compañero, cuente como fue eso, que yo me pirro por oír historias de aparecidos y quisiera encontrarme en alguna para saber como es eso, agregó otro.
--¡Pues han de saber ustedes que anoche se me apareció el Mácaramáa! dijo Ponce con solemne acento.
--¡Quiá! ¡A otro perro con hueso, observó Chinchilla con gesto de incredulidad!
--Por esta, compañero, dijo Ponce, haciendo una cruz con los dedos v besándola. He visto al Mácaramáa con estos ojos que se han de comer la tierra. Lo he visto más grande que el cerro de Bombón, oliendo a azufre como un condenau; y con una voz del otro mundo que me puso los pelos de punta, y que, a no ser quien soy, me hace caer privau de espanto.
Como se ve, el sargento floreaba e ilustraba su aventura de la noche anterior.
--¿Y qué lo llevó a V. a San Honorio, mi sargento? preguntó el cabo Morón.
--Fui, contestó el aludido, a preparar un golpe de mano, que si se realizara me redondeo; y pronto me hubieran ustedes visto con las amables sobre los hombros; pero ese maldito Mácaramáa todo lo echó a perder. ¡Es negocio de algunos milloncejos de duros el que se me ha escapau, compañeros!
--Es que mi sargento no cuidaría de ponerle una vela a San Guilindón antes de acometer la empresa, observó con sorna Chinchilla.
--Qué San Guilindón, ¡ni qué niño muerto! dijo con mal humor Ponce. Ese será santo de tu invención, Chinchilla.
--No, mi sargento; lo juro por Noé que plantó las viñas. Un reverendo muy seriote y sabihondo me contó que allá, en la corte celestial, está San Guilindón haciendo piruetas delante de su Divina Majestad y cantando al son de unas castañuelas: "La cuenta del pobre, que no se le logre"......
--Cierto, replicó Ponce; creo que ese santo es vecino de San Sinforoso, patrón de los mentirosos.
--Cabal, agregó Chinchilla que no iba por respuesta a Roma, y de San Cucufato, patrón de los mentecatos.
--Pues, y de San Indalecio, abogado de los necios......
Y habría continuado este agridulce diálogo, sin la oportuna llegada del capitán Zambrano que era conductor de órdenes superiores, con lo que cada cual se fue a desempeñar su cometido.