V
--Mi amo: es preciso sacar esos zurrones de plata y guardarlos en lugar seguro ......
--Hay algún motivo de alarma, Josecillo? dijo a su esclavo el señor de Vega Hermosa.
--Sí, mi amo; los perros han olido el venado y quieren cazarlo; contestó Josecillo.
--Y ¿qué lugar te parece a ti seguro?
--Ninguno, mi amo; dijo el negro; y, se quedó meditabundo mirándose la punta de los pies.
Después de algunos instantes de vacilación, agregó:
--Seguro no; pero al menos, menos malo me parece enterrar los zurrones en la bagacera, detrás del trapiche.
--¿Pero de qué lado viene el peligro? ¿Los insurgentes, acaso? preguntó el señor de la Vega Hermosa.
--Justamente, mi amo, dijo el negro; y refirió la escena que presenciaría la noche anterior, y terminó diciendo:
--Esta mañana, al salir la gente al trabajo, se notó la ausencia de Cañizares; y yo, como de casualidad, me dirigí con los otros caporales a buscarlo por el lado del olivar; y lo encontramos privado como un tronco, al pie del árbol donde tuvo la conferencia con el sargento Ponce. Lo trajimos en unas angarillas hasta su rancho, donde ha vuelto en su acuerdo; pero está con fiebre, y tan amedrentado que ha pedido confesión.
--Entonces, de parte de él no hay nada que temer, dijo don Justo; pero el sargento no abandonará tan fácilmente la empresa.
--Por eso le decía a Su Merced, contestó Josecillo, que los galgos han olido el venado; y no pararán hasta cogerlo si antes no se les hace perder la pista.
--Me ocurre un medio, agregó don Justo; pero tengo que meditarlo antes de ponerlo en ejecución.