IV

     Era San Honorio un valioso fundo rústico ubicado en un fértil valle del Norte de la República y próximo a un buen puerto que le facilitaba el expendio de sus productos; que, además, eran solicitados por los indígenas del interior que traían al valle papas, quinua, trigo y demás productos de las serranías, llevando de retorno sal, de las salinas próximas, chancaca, azúcar y cañazo o sea aguardiente de caña elaborado en la hacienda.

     La casa era grande y pesada; con gruesas paredes; tan gruesas como acostumbraban hacerlas nuestros abuelos; de suerte que el alfeizar de las ventanas servía, en caso necesario, de improvisada cama.

     Un ancho peristilo, sustentado por macizas columnas y al cual daba acceso una triple escalinata, ocupaba todo el frente del inmenso caserón, amueblado con más solidez que buen gusto, pero mostrando la abundancia tanto en lo esencial como en lo accesorio del menaje.

     Dando frente a la casa y encuadrando el patio-plaza de la hacienda estaban el trapiche, la casa de paila, la casa de purga, las oficinas de destilación y otras dependencias.

     Don Justo de la Vega Hermosa, rodeado de sus dependientes y criados, más era un patriarca que un amo. Sus esclavos sólo lo eran en el nombre, pues siempre encontraban en él la solicitud de un padre indulgente y previsor. Cada jefe de familia tenía su pequeña chácara que cultivaba por su cuenta y de cuyos productos disponía; y esto, lejos de perjudicar las labores generales de la hacienda, les daba mayor impulso; pues cada uno miraba los intereses del amo como propios y trabajaba con empeño, sin que el chasquido del látigo enervara su fuerza moral.

     Entre los esclavos se distinguía por su adhesión al amo, el negro Josecillo; a quien don Justo compró para librarlo del grillete y de un novenario de cincuenta azotes a que un amo cruel lo tenía sentenciado por la falsa acusación del hurto de un caballo. Por sí mismo curaba don Justo las llagadas espaldas del negro; a quien compró, más que con el dinero, con esta humanitaria acción. Destinado a paje de confianza, Josecillo se habría dejado matar antes de consentir que alguien tocara un solo cabello de su amo.

     Teniendo en cuenta estas circunstancias, no parecerá inverosímil el hecho de que Vega Hermosa tuviera en su propia casa un depósito consistente en 10,000 onzas de oro, con el propósito de darles benéfica inversión. Sin embargo, solo Josecillo y el caporal Pablo Cañizares tenían noticia cierta de la existencia de aquel dinero.

     Josecillo, vigilante como un perro fiel y astuto como los de su raza, dióse a sospechar de los intentos de Cañizares; y después de muchos días de infructuoso espionaje, encaramado en las ramas de un copudo palto, sorprendió cierta noche el siguiente diálogo entre el caporal y un sargento de milicias patriotas del pueblo vecino.

     --Confiesa, zambo, que el godo, tu amo, tiene plata; y no me estés amolando la paciencia. Bien sabes que te trae cuenta......saldrás de esclavo y......quién sabe. Con que, acabemos.

     --Mi sargento, por Dios; es que mi amo es más bueno que el pan; y que, la verdad, me da pena hacerle perjuicio.

     --Anda, bobo. Primeramente has de saber que no hay español que sea bueno; éste será más hipócrita; y se hace el bueno porque sabe que, al menor desliz le ponen el corbatín de cáñamo. Y abarcó su cuello con ambas manos para significar la horca.

     Luego, con él, por más caporal que seas, no pasarás de la esfera de un esclavo chicharrón; mientras que si le proporcionas fondos a la Patria, el General San Martín te entrega tu carta de libertad, te hace sargento y......¿quién sabe1?

     El mulato se rascó el occipucio, meneó la cabeza con aire indeciso; después de un momento de vacilación, dijo:

     --Yo lo hiciera; pero si el adulete de Josecillo huele algo de esto, ya tengo firmau el pasaporte pa la tierra de los calvos.

     --¿Y quién se lo va a contar, pedazo de algarrobo? De seguro no seré yo, antes le haría comer plomo a ese mojino que ya me carga con su aire pacato y su adulación a los blancos. Pero dejemos eso y vamos al grano. ¿Dónde tiene enterrada la plata el godo?... ¿Cuántos zurrones tiene? ......

     --Si no está enterrada, hombre; si está ......

     En ese momento se oyó, como si saliera del tronco del árbol, un suspiro lastimero, y una voz cavernosa ahulló, más que gritó:

     --¡Má......cara......má......a!

     Ambos interlocutores sintieron que su sangre se helaba y se les erizaban los cabellos de miedo. Cañizares cayó redondo al suelo víctima de un accidente; y el sargento, repicándose con los talones en los muslos, echó a correr, como alma de condenado, dejando interrumpida la sesión.

     Era tradición muy autorizada entre los esclavos y en los lugares vecinos, que en los campos y en la casa misma de San Honorio se aparecía por las noches un terrorífico fantasma que, entre ayes lastimeros y haciendo crujir un látigo, cual si despedazara carnes vivas, lanzaba el fatídico grito de: mácaramáa......

     De aquí que, a las doce de la noche, no había empleado ni peón de la hacienda San Honorio que no procurara estar a esa hora en el más profundo sueño y con la cabeza bajo siete colchas.

     Acerca de esto corrían las más caprichosas versiones. Quien decía que era una procesión de penitentes la que recorría los terrenos de la hacienda; quien, que era un clérigo vestido con hábito talar que pugnaba por entrar a la capilla y que, al llegar a la puerta, retrocedía espantado porque se le aparecía el alma de un esclavo a quien él había asesinado, para que no descubriera el lugar en donde lo había ayudado a enterrar su dinero. Y aun cuando ninguno de los existentes podía decir que hubiera visto u oído nada que autorizara la especie, tal era el terror que su relato inspiraba, que bastó la feliz evocación de Josecillo para poner en derrota a los que un momento antes alardeaban de atreverse a tirarle los cuernos al diablo.

     Josecillo, al ver que el sargento huía; y cierto de que el mulato estaba privado de sentido, bajó tranquilamente de su escondite y se dirigió a la casa, a la que penetró por una puerta excusada.


Próximo capítulo | Índice

     1El general José de San Martín hizo estudios militares en España y después de volver a Sudamérica, liberó la Argentina, Chile y el Perú del poder ibérico. Proclama la independencia del Perú el 28 de julio de 1821. Declaró a favor de la libertad de los esclavos.

©2005