XX

     El comprador de la hacienda del Olivar fue don Diego Lagunas, el mismo que acompañó a Moreno en la primera visita que hizo al tesoro de don Justo1. Como se recordará, Moreno tomó la precaución de llevarlo con los ojos vendados y no omitió medio para desorientarlo acerca del camino que iban a seguir; pero don Diego que, cuando de vil metal se trataba, era sabueso de fino olfato y ducho en artimañas, cuidó de llenarse los bolsillos con granos de arroz que con disimulo fue regando y que le sirvieron de guía al día siguiente para marcar el lugar del apetitoso escondite; dejando al tiempo y a su propia habilidad, el cuidado de llegar a él sin tropezar con los hercúleos puños de su primo que por experiencia sabía que era de malas pulgas.

     Cuando compró el Olivar, contaba con que encontraría el tesoro casi intacto y allí fue el echarse a edificar castillos en la luna; pero no contó con una pulmonía doble que en cuatro días lo llevó al trance fatal.

     Recibida la cruel sentencia de que se dispusiera para emigrar del planeta, don Diego hizo llamar con premura al confesor y al escribano. Aquello del tesoro de la capilla, le escarabajeaba la conciencia, pues no ignoraba quienes fueran sus legítimos dueños: en la duda de lo que debía hacer, acaso alentado por la esperanza de que mediante algunas mandas piadosas podría disponer del resto en favor de sus hijos, llamó a su cabecera a un fraile dominicano de muchas campanillas que se encontraba de tránsito en el pueblo vecino.

     Algo de esto barruntaba don Martín, hermano menor de don Diego, mozo parrandista y calvatrueno que se jactaba de que a él nadie le pisaba el poncho; y que, lleno de trampas y enredijosa causa de sus juveniles devaneos, por pescar cien duros habría sido capaz de arrancarle el turbante al Gran Señor. Ciertas palabras que en medio de sus congojas se le escaparan a don Diego, le dieron un cabo de la maraña y desde entonces se puso en acecho, uniéndose al enfermo como piel a los huesos.

     Cuando de confesión se trató, ofreciose a acompañar al reverendo del pueblo a la hacienda; dándose trazas luego para ocultarse bajo del catre que era de los llamados de viento o de tijera; y cuando entre amargas congojas don Diego habló del tesoro oculto en el altar mayor de la capilla del Olivar, sin esperar a oír más, salió de estampida y enredándosele las espuelas en los flecos del colchón, prodújose un incidente trágico burlesco; pues, botó el catre y cayó el enfermo sobre el fraile que fue rodando buen trecho por el suelo; y acudieron familia y criados y hubo gritos y zambra y alharaca y en medio de ese pandemónium hizo el enfermo lo que nuestro tradicionalista llama «la morisqueta del carnero;» es decir, dio la última boqueada2.

     Vanamente buscó el atolondrado don Martín el codiciado tesoro; pues no pudo atinar con el secreto de la entrada, aunque demolió una buena parte del altar mayor.

     Años más tarde, casose la viuda de don Diego con un cierto italiano de dorada barba y maquiavélica astucia que, con paciente trabajo, llegó a descubrir el secreto del escondite y fue el afortunado poseedor de las rubias peluconas del señor de la Vega Hermosa, que le sirvieron para comprar títulos de nobleza en su país y para formar parte en el Perú del privilegiado grupo de los consignatarios de Huano;3 cumpliéndose una vez más el dicho o sentencia: «Nadie sabe para quien trabaja4

FIN

©2002

Índice

     1El tema del tesoro fue común durante el siglo XIX. Una de las primeras narraciones sobre este tema fue "La quena" de Juana Manuela Gorriti, cuento que se publicó en El Comercio durante la década de los cuarenta. Otra narración de Gorriti es El tesoro de los incas: leyenda histórica. Se publicó en Sueños y realidades, dos tomos (Buenos Aires, 1907), tomo II, págs. 87-143.

     2Se refiere a Ricardo Palma, autor de las famosas Tradiciones peruanas

     3El huano o "guano" es un fertilizante que origina con el excremento de ciertos pájaros del sur del Perú. Durante las administraciones de Balta y Pardo fue fuente de gran riqueza para la Hacienda nacional, mas asimismo hizo del país un blanco de Chile y la Gran Bretaña que codiciaban este recurso natural. Al fin surgió una guerra, la cual perdió el Perú y con ello las provincias de Tacna y Arica, el segundo de los cuales para siempre.

     4 Las permutaciones de clase social son típicas del siglo XIX. Aquí simbólicamente la riqueza aristocrática pasa a la nueva burguesía al mismo tiempo que la burguesía se aristocratiza.

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