II
Como ya dijimos, corrían los tiempos en que el Perú, imitando a sus hermanas de América, pugnaba por conquistar su independencia.
El virrey La Serna, tratando de concentrar las fuerzas realistas en Jauja, ocupada por Carratalá, después de vencer a los patriotas en Ataúra, dejó Lima a merced de San Martín que se apresuro a ocuparla y a proclamar la Independencia, retemplando los espíritus y haciendo que brotaran héroes aun en el sexo débil y en las más humildes esferas sociales, como lo probaron doña María Bellido1 y el chorrillano Olaya2, cuyos nombres siempre recordará con orgullo la patria historia.
Mas si el Protector tuvo poderosos auxiliares que lo ayudaran a llevar a buen término la magna empresa o por lo menos a dejar la fruta en sazón para que la cosechara el Libertador, no fueron menores los obstáculos con que tuvo que luchar poniendo a prueba el superior temple de su grande alma3.
La nobleza española había echado en el Perú, y especialmente en Lima, hondas raíces. La proverbial riqueza de estas regiones, su clima blando, émulo del de Andalucía y mil otras circunstancias favorables habían contribuido a que los esforzados descendientes de Pelayo4 se encariñaran con esta tierra del Sol, que Pizarro5 ofrendó a la Corona de Castilla.
Cierto es que muchos nobles hicieron causa común con los patriotas; pero el mayor número, aferrado a sus viejos pergaminos, se sublevaba ante la idea de perder las preeminencias heredadas de sus mayores y de ponerse al mismo nivel y tratarse al tú por tú con aquellos a quienes estaban habituados a mirar como sus inferiores. Para ello, San Martín y sus parciales sólo eran una turba de advenedizos aventureros, que cual plaga de langostas había caído sobre el Perú para chupar sus jugos.
Justificaban en cierto modo esta desventajosa opinión de las familias realistas, la necesidad de arbitrar fondos para sustentar al Ejército Libertador y el gran número de parásitos patrioteros que medraban a la sombra del gran árbol de la Libertad, cosechando sin escrúpulo sus más ricos frutos.
En este número y en primera fila, descollaba don Roque Moreno, sujeto de sangre híbrida, del cual podía decirse con justicia que, por su alcurnia, tenía los siete pelos del diablo; y, que unía al inteligente desparpajo del mulato la solapada reserva del indio y la sanguinaria ferocidad del africano, descollando especialmente entre sus rasgos característicos una desenfrenada avidez de dinero6.
No es esto decir que don Roque, a la par que tan gruesos defectos, no poseyera algunas relevantes cualidades: eso sería desconocer la esencia del ser humano, en el que frecuentemente se mezclan los más rastreros vicios con las más elevadas virtudes; así como el oro puro suele confundirse con el hediondo cieno; y las plantas salutíferas con las de más corrosivo veneno.
Moreno tomó por compañera a doña Isabel Maldonado, a quien sus comprovincianos, siguiendo la populachera costumbre de desfigurar los nombres, llamaban doña Chavelita; así como a sus hijos Manuel y Telésforo nadie los conocía sino por Manonguito y Tilico.
Doña Chavelita por la rama paterna, estaba entroncada con un noble brigadier del ejército español; pero como su madre fuera una mulata de muy crespas obligaciones y zambas correspondencias, ella venía a resultar una donosa cuarterona7, de ojos incendiarios, labios rojos, húmedos y carnosos y de lujuriosas formas, en las que dominaba la línea convexa. Su tez, de un moreno transparente, no estaba afeada por la más pequeña mancha; sin embargo, los que la conocieron en pañales aseguraban que ostentaba el cayanazo, marca inerrable de su origen africano.
Por lo demás, si su agraciada figura le compraba voluntades, mayores aún ganaba, por su carácter ingenuo, tierno y bondadoso, no habiendo tradición de que ella hubiera negado un servicio que pudiera hacer ni hubiera dejado una aflicción sin consolar.
Contaría quince años escasos cuando, por efecto de un borrascoso carnaval, cayó en las amorosas redes de Moreno, el más arrogante mozo del pueblo, ducho en el arte de engatusar doncellas, comprometer casadas y ser siempre el número uno en toda parranda, fiesta o bodorrio.
Juzgándolo por sus antecedentes, todos los que a este cobrizo Adonis conocían8, dábanle seis meses como plazo máximo a esta asociación marital; pero con general asombro se vio que ajustaba un año y que, al terminar el segundo, el indómito berrendo humillaba la cerviz al yugo matrimonial, legitimando así el nacimiento de Manonguito, un mamón regordete que se le montaba a caballo en los hombros, le decía tata, le baboseaba los bigotes y con sus besos y carantoñas lo obligaba a permanecer en la casa olvidando las lidias de gallos, las cabalgatas y comilonas.
Doña Chavelita, sin plan preconcebido y sin más guía que su amorosa pasión, su instinto femenil y su atrayente y discreta gracia, había logrado domeñar al toro bravo; como llamaban a Moreno los mozos cruos de su séquito. Ella comenzó la obra, y las monerías de Manonguito la completaron; de suerte que Roque Moreno se habría dejado hacer trizas, antes que permitir que tocaran un solo caballo de su mujer o de su hijo. Ella era su ángel bueno; ella la que refrenaba su carácter indómito, modificando sus tendencias sanguinarias y su sórdida codicia.
Sin saberlo, acaso, doña Chavelita había llegado a ser la Onfala de este rústico Hércules9; pero no por el solo placer de domeñar su ingénita altivez, sino porque toda su ambición se cifraba en conservar su amor y en hacerlo feliz; empeñándolo en que fuera bueno y compasivo; y sobre todo, fiel a su amorosa pasión, pues, celosa como una tigre africana, ¡guay! de la hembra que hubiera pretendido arrebatarle a su moro, como cariñosamente lo nombraba en sus íntimos coloquios. Entonces sí que, convertido el ángel en demonio, capaz habría sido de arrancar el corazón con las uñas a la pérfida que quisiera robarle el sol de su vida.
1Mujer patriota que conspiró en la independencia.
2Fue pescador y perdió su lengua por no revelar a los realistas lo que sabía sobre las conspiraciones de la independencia.
3El Perú fue liberado primero por el argentino José Francisco de San Martín (1778-1850), llamado el Protector, y luego, por el venezolano Simón de Bolívar (1783-1830), llamado el Libertador.
4Pelayo fundó el reino de Asturias en España (718-737) y derrotó a los moros en Covadonga en 722. Es decir, la reconquista de la península ibérica se inicia con él.
5Francisco Pizarro (1475/8-1541) inició la conquista de Tahuantinsuyo en 1531, ejecutó a Atahallpa en 1533 y fundó la ciudad de Lima en 1535.
6La tendencia de atribuir características precisas y supuestamente innatas a las distintas razas fue común durante el siglo XIX tardío. Martí, por ejemplo lo hace en su ensayo cumbre, “Nuestra América”, cuando distingue los rasgos principales entre indígenas, africanoamericanos y campesinos. Véase José Martí, “Nuestra América”, Obras completas. 27 vols. La Habana: Editorial Nacional de Cuba, 1963-1973, v. VI, p. 20. Cuando el puertorriqueño Hostos visitó al Perú durante la séptima década del siglo preconizó “curar de su apatía al indígena, de su fanatismo idólatra al cholo, de su servilismo al africano, de su espíritu levantisco a los mestizos, de su indolencia sensual a los criollos…”. Véase Eugenio María de Hostos, (1939) Obras completas. 20 vols. La Habana: Cultural, S.A., 1939: v. VII, p. 45. Teresa González de Fanning se inserta en esta tradición seudosociológica.
7Aun en la época de la independencia se solía acudir al sistema colonial de clasificación racial. En el caso de doña Chavelita, su padre fue español (4/4) blanco, su madre fue mulata (1/2 blanca) por lo tanto, según la jerarquía racista, ella no es ¾ blanca sino “cuarterona”, ¼ negra. Por esta razón, con una gota negra y la persona es negra.
8Adonis, dios masculino famoso por su gran hermosura, favorito de Afrodite
9Hércules, divinidad romana, hijo de Zeus y Alcmera