XIX
Ésta, como tantas otras de esas tormentas sociales tan frecuentes en el Perú mientras subsistió ese crimen de lesa humanidad llamado esclavitud, verdadero sarcasmo en una nación regida por el sistema republicano, tuvo al fin su termino1. La justicia recobró sus fueros; se siguió un proceso indagatorio y Mancebo fue condenado a morir en el teatro de su último crimen. Los principales cabecillas fueron fusilados uno en cada una de las haciendas de la Provincia como un medio de ejemplarizar a los adversarios. Repitióse una vez más la anomalía de la sociedad que, no interviniendo en el mejoramiento moral de los asociados, se abroga; sin embargo, el derecho de castigar las infracciones de esa misma moral: justicia que no discierne premios a la virtud, pero sí castigos al vicio; llegando hasta disponer de la vida que no tiene el poder de dar.
Muerto Moreno, su esposa vendió la hacienda y se consagró a la educación de sus hijos y a rendir culto a la memoria de los hombres que, aun después de muertos, se disputaban el dominio de su corazón. Cuidó, sí, de sacar de la capilla la imagen de la Virgen de Mercedes tras de la cual se refugió su esposo y que tan mal correspondiera a la confianza de su devoto. Dicha imagen es venerada hoy en el templo de N. S. de las Mercedes en Lima. En cuanto al depósito de don Justo, creyó una profanación tocarlo: ˇle llevaría desgracia a sus hijos!
1Ya desde la época de San Martín se promulgaba leyes que tendían a abolir la esclavitud en el Perú.
Sin embargo, con la reticencia de Bolívar, y con la resistencia de los esclavistas, esta institución no se abolió hasta 1855, como se anuncia en el capítulo III, cuando el presidente Ramón Castilla pudo superar la resistencia de los poderosos.