XVIII

      Han pasado algunos años después de los sucesos que hemos narrado. Al estacionario y caduco Virreinato español, ha sucedido el gobierno republicano, con sus agitaciones y turbulencias, amargo fruto de la ambición de los caudillos militares siempre en pos del medro personal disfrazado con las palabras de Patria y Libertad.

      El negro Mancebo natural de Lima y criado con indiscreto mimo por una de aquellas señoras de rancio abolengo y escaso meollo, era una de esas naturalezas depravadas que los discípulos de Lombroso excusan con el pretexto de un desequilibrio mental o presentan como víctimas inconscientes de un fatal atavismo que los impele al crimen con fuerza irresistible.

      Autor de diecisiete asesinatos, estuvo a punto de ser fusilado por sus crímenes, cuando Roque Moreno, después de comprarlo a vil precio, merced a sus influencias políticas, logró salvarlo del patíbulo y lo llevó al Olivar en donde continuó la negra carrera de sus crímenes.

      Cada vez que la justicia pretendía apoderarse del culpable para imponerle el merecido castigo, Moreno interponía su influencia y lograba salvarlo, contentándose con hacerle remachar una barra de grillos y propinarle un novenario de cincuenta azotes.

      Mancebo juró vengarse; y con tal fin tramó sigilosamente una conjuración entre los esclavos del Olivar y los de las haciendas próximas; el plan de los conjurados era asesinar a sus respectivos amos y dirigirse a Lima, sublevando a los esclavos de las haciendas de la Costa; y una vez en Lima, suplantar al presidente General Gamarra; o por lo menos imponerle condiciones como lo hicieron los plebeyos romanos en su retirada al Monte Sagrado.

      En momentos de estallar la conspiración, el mayordomo de la hacienda le participó a Moreno lo que ocurría, y presentándole un buen caballo ensillado, le aconsejó que se pusiera en salvo.

      --Donde mueran mi mujer y mis hijos, moriré yo; contestó resueltamente Moreno.

      --Mi amo, díjole el fiel criado: mi señorita y los niños no corren peligro alguno: respondo de su vida.

      Cediendo Moreno a los ruegos de su esposa y a las instancias del mayordomo, emprendió la fuga; pero después de recorrer dos leguas y cuando ya podía considerarse salvado, cual si una fuerza fatal le impulsara, hizo volver grupas a su caballo y regresó a la hacienda. Cabía aplicarle la expresión popular: «Lo arrastró la soga».

      Los esclavos amotinados cercaron la casa. Cediendo Moreno a las súplicas de su esposa y tal vez con la mira de ocultarse en el sótano, se refugió en la capilla tras de una imagen de la Virgen de Mercedes; pero visto por una esclava, lo delató a los sublevados. Un grupo de éstos se dirigía a la gran sala de la casa donde agrupada la familia, aguardaba aterrada la muerte.

      En tan críticos momentos se presentó el cabecilla Mancebo y haciendo con su puñal una raya en el suelo como separando a las víctimas de los victimarios, volviéndose a sus subordinados, les dijo con voz de autoridad:

      --ˇMuchachos! El que toque siquiera a la ropa de mi señorita, lo coso a puñaladas! ......

      El bandido guardaba gratitud a su ama, que alguna vez después de la flagelación había curado piadosamente las desgarraduras de su piel e intercedido para que se suspendiera el cruento castigo.

      Sumisos los amotinados a la voz de su jefe, abandonaron la sala y se dirigieron a la capilla; descubierto el escondite de Moreno, fue bajado a empellones hasta las gradas del altar mayor donde le acribillaron a puñaladas y sólo se retiraron cuando lo creyeron muerto.

      Viendo alejarse a sus asesinos, Moreno, casi agonizante, se incorporó devotamente y principió a implorar perdón de sus crímenes y especialmente de la alevosa muerte de don Justo.

      En ese instante entró Cucho, negro joven por quien Moreno había tenido especial predilección; pero que siendo aún niño, al darle un bocado de su plato en la mesa, ensartóle casualmente un ojo con el tenedor. Cucho, que había olvidado los favores, mas no el daño inconsciente que le infiriera su amo, al ver que aún daba señales de vida, clavóle con fiereza su puñal en el corazón, diciendo:

      --Toma blanco: tú me pusiste tuerto por amor y yo te mato por rencor. ˇˇMueran los blancos!!

      Tal fue el trágico fin de Roque Moreno; naturaleza indómita y bravía, hombre de pasiones fuertes, pero que no carecía de nobles y generosos sentimientos que, bien dirigidos y desarrollándose en un medio ambiente más favorable que aquel que la suerte le deparara, habría podido ser un útil y activo ciudadano.


Próximo capítulo | Índice



©2005