XVI
¿Encontró Moreno la felicidad que se prometía con la posesión del oro del huésped y benefactor a quien tan vilmente traicionara? No; pues cada vez que a la media noche, para librarse de indiscretas miradas, intentó ir a sacar el codiciado metal, su conciencia asustadiza, fingiéndole fantasmas vengadores, lo hacía huir despavorido. Después de varias tentativas infructuosas, se resolvió a hacerse acompañar por un su primo a quien condujo con los ojos vendados después de hacerlo jurar que no intentaría descubrir la secreta entrada del sótano; y tuvo que partir con él la suma que entre ambos sacaron, no atreviéndose a repetir la visita de miedo de ser traicionado por su acompañante.
No era más feliz en su hogar: su esposa, antes tan amante y afectuosa, le mostraba repulsión y desdén. En vano procuró excitarla hincándola el aguijón de los celos, pues, no logró sacarla de su glacial indiferencia; su corazón estaba muerto para él. Ese fue un nuevo estímulo que exaltó su pasión; esa mujer le pertenecía, era suya según las leyes divinas y humanas y, sin embargo, no la poseía; un muerto le disputaba su amor que él hubiera adquirido aun a costa de todo el oro de que era poseedor, si con oro pudiera comprarse el amor cuando se ha perdido junto con la estimación del ser amado. La espina de los celos torturaba su alma y ni aun tenía la triste satisfacción de vengarse, porque su rival era una sombra, un fantasma, un muerto; un muerto que en sus largas noches de insomnio, lo acechaba con risa satánica burlándose de sus tormentos y trastornando su cerebro con acres y libidinosas visiones.
Si Moreno sufría extrañas alucinaciones, fruto natural de su turbada conciencia, no sufría angustias menores su esposa. De escasa instrucción, pero de rectos principios, doña Chavelita había ratificado en su conciencia el juramento que ante el altar hiciera de ser fiel al que le daba su nombre y que era el padre de sus pequeños. Y su vida transcurrió uniforme y serena como la límpida superficie de un cristal, hasta que vino a turbarla la presencia y la trágica muerte del caballero español. Desde entonces su corazón en vez de reflejar la imagen de Moreno, le presentaba con mortificante pertinacia la gallarda figura de Vega Hermosa, por más que invocara en su favor el auxilio del cielo.