XIV
Perdióse a lo lejos el rumor de voces y el tropel de los caballos de los insurgentes que acababan de ejecutar obra, no de patriotas sino de desalmados bandoleros a quienes cabía aplicar las palabras de Mme. Roland al subir al cadalso: "¡Oh Libertad! ¡cuantos crímenes se cometen en tu nombre"!......
De entre un fragoso matorral salió, momentos después, Josecillo cenizo de espanto y con las manos y las ropas desgarradas por las espinas. Acercóse con cautela y, cierto ya de que los enemigos habían abandonado el campo de la lucha, penetró en la cabaña y se arrojó dando alaridos de dolor sobre el inerte cuerpo de su amo y lo examinó. Del omóplato derecho manaba por una herida la sangre que el esclavo trató de restañar. Púsole la mano sobre el corazón y creyó percibir débiles latidos; aplicó el oído y seguro de que aún le quedaba un resto de vida, corrió en busca de una copa de agua con que lavar la herida y refrescar la frente del moribundo; mas no encontrando taza ni cacharro, porque todo había sido destruido por la insana furia de los montoneros, desciñó su faja y empapándola en el arroyo, humedeció las sienes y los labios de su amo que, entreabriendo lo ojos, lanzó un ahogado gemido y dirigió una vaga mirada a su rededor. Recostóle el negro la cabeza sobre su pecho y exprimiendo algunas gotas del refrigerante líquido en los cárdenos labios, le dirigió dulces palabras de respetuosa adhesión.
Abriendo nuevamente los lánguidos ojos, el caballero, murmuró con voz entrecortada:
--Entre mis...... papeles hay.......
Mas un nuevo síncope le cortó la palabra por algunos momentos; poco después agregó penosamente:
--Dios mío......cuanto sufro......En tus manos......Señor......encomiendo......mi alma......y la recomien......do......a tu...misericordi....dia......
Dichas estas palabras, echó la cabeza hacia atrás y exhaló el último aliento.
Así acabó su vida, lejos de la patria, en mísera y desmantelada cabaña, el rico hidalgo poseedor de inmensa fortuna. El benefactor de sus semejantes, muere víctima de la codiciosa perversidad de algunos de ellos. En este, como en otros muchos casos a que la razón humana no encuentra satisfactoria explicación, para no extraviarse en las nebulosidades de una filosofía desconsoladora, cabe repetir la pregunta que los discípulos dirigieron a Cristo a presentarse el ciego de nacimiento: "¿Quién ha pecado, él, o sus padres?"