XIII
Tranquilo y descuidado volvía a su rústica vivienda después de haber pasado la mañana herborizando el señor de la Vega Hermosa con el morral bien provisto de plantas y muy satisfecho de haber enriquecido con nuevos ejemplares su ya rica colección de orquídeas y helechos, cuando, al ascender el repecho de un barranco, se le presentó Josecillo con el semblante trastornado y le dijo:
--Mi amo es preciso internarse más en el monte y pronto, pronto, porque el enemigo está cerca.
--¿De qué enemigo hablas José? preguntó sorprendido don Justo.
--Los montoneros, mi amo, que vienen a prender a sus merced; contestó el negro con voz alterada.
--¿Donde están y cuántos son? dijo alarmado don Justo.
--Están a pocas cuadras de aquí, almorzando y bebiendo aguardiente con pólvora para criar valor; fui a atisbar si divisaba a Mazamorra que debe traer hoy los víveres, cuando oí rumor de voces y, casi arrastrándome por entre las yerbas, me acerqué lo bastante para ver que, en un claro del bosque, habían, como quince montoneros, armadas; tenían los caballos atados a los árboles y, a la vez que bebían, disputaban acaloradamente sobre el modo de atacar a su merced; pero no perdamos tiempo mi amo; pongámonos en salvo antes que sea tarde; agregó con instancia Josecillo: por el lado del Puquio podemos escapar.
Don Justo colgó el morral en una horqueta y tomando su carabina principió a examinar el sebo y a alistar las cargas.
--Ya es tarde mi amo, dijo con desmayo Josecillo, viniendo de fuera; ya se ve la polvareda y se oye el galope de los caballos: antes de diez minutos estarán aquí.
--Huye tú; dijo con pausado acento el caballero; que con la ayuda de Dios y de mi santo patrono Santiago de Compostela, he de venderles cara mi vida.
--Huir sin su merced, mi amo, eso nunca; dijo con resolución el abnegado esclavo, a su merced le debo la vida y por su merced la perderé si es preciso.
Conmovido don Justo lo estrechó entre sus brazos diciéndole.
--Desde hoy no eres ya mi esclavo sino mi hermano1.
Y arrodillado ante el Cristo hizo una corta y hermosa oración acompañándolo el negro. Luego trancaron lo mejor posible la puerta de entrada y practicaron de trecho en trecho pequeños agujeros que sirvieran de punto de mira para observar los movimientos del enemigo, correspondiendo con otros en que se apoyara el cañón del arma.
Apenas terminada la operación oyeron el vocerío del enemigo que se acercaba en tropel. Al ver cerrada la puerta de la choza exclamó uno con rudo acento.
--¡Voto al chápiro! Nos ha sentido y nos aguarda prevenido. Alerta muchachos y a atacar con brío a este infame godo.
En ese instante se oyó la detonación de un tiro que saliendo por entre los intersticios de la quincha, derribó en tierra a uno de los asaltantes.
--¡Mala, peste! clamó la voz de Cerote; hay que hacerlo cecina compañeros. ¡Apunten!......¡fuego!
Y una docena de balas silbando en el aire, fue a perderse entre las totoras que formaban las paredes del rancho.
Una segunda bala saliendo del interior hizo una nueva víctima. Aterrados los asaltantes, se retiraron a deliberar acerca del modo de dar un segundo ataque. Los sitiados tuvieron algunos instantes respiro que aprovecharon para restaurar las fuerzas tomando un bocado y un vaso de vino.
--Escucha lo que voy a decirte y jura que lo cumplirás, díjole don Justo con solemne voz a su criado.
El negro después de besar devotamente los pies del Cristo, contestó:
--Por este señor crucificado que nos oye, juro mi amo obedecer cuanto su merced me mande.
--Pues bien, dijo Vega Hermosa; pronto nos atacarán nuevamente y yo haré ver a esa chusma cuanto puede el esfuerzo de un caballero español; mi deber me ordena defender mi vida hasta el último instante, y lo cumpliré; pero como son muchos no podré dar cuenta de toda la jauría y al fin me matarán. Mientras pueda servirme de mi arma, me alcanzarás las cargas como hasta aquí lo has hecho; pero si me matan o me hieren, trata de salvarte que a ti no te perseguirán, pues lo que quieren es mi vida y el oro que suponen que tengo aquí guardado. Tú conoces los vericuetos del bosque y fácil te será ocultarte hasta que pase el peligro.
Le entregó luego su carta de libertad que de antemano tenía lista y una orden a Moreno para que le entregara mil pesos, reservando el resto del depósito para cuando sus parientes de España lo reclamaran.
Repuestos de su sorpresa, los asaltantes volvieron con más cautela al ataque. Divididos en dos alas desplegados, para presentar menor blanco, atacaron unos por el frente y otros por detrás de la cabaña. El caballero ayudado por Josecillo continuó defendiéndose bizarramente y logró hacer morder el polvo a otros dos de los guerrilleros que por el frente lo atacaban, más los que estaban detrás logrando abrir una brecha con sus machetes le dirigieron un tiro a quemarropa que lo hizo caer exánime. Este triunfo fue celebrado con gritos que atrajeron a los compañeros, y, lanzándose en tropel al interior del rancho, registraron prolijamente cuanto en él había en pos del tesoro que se prometían encontrar y bramaron de coraje al ver burladas sus esperanzas.
Dos se abalanzaron al exánime cuerpo de don Justo y registrándole encontraron que una gruesa faja le ceñía la cintura.
--Albricias Capitán, dijo Lucero que era el Teniente de la cuadrilla; ya dimos con el tapado del godo; y le arrancó violentamente la faja; pero, ¡oh decepción! lo que creyó cincho de onzas de oro, resultó ser un áspero cilicio de agudas púas con que mortificaba su cuerpo el penitente caballero.
Soltaron una andanada de soeces juramentos y después de remover hasta las piedras del fogón y de cuanto encontraron a mano, se alejaron, furiosos del chasco que habían sufrido, llevándose como únicos trofeos de su hazaña, la carabina que se apropió Cerote, el Cristo cuyas potencias y cantoneras de plata tentaron la codicia de Lucero, y la poca ropa del caballero, que se repartió el resto de la tropa.
1
La manumisión fue uno de los ideales incumplidos de las guerras de Independencia. Aquí don Justo lo hace cumplir.