XII
Verdadera celda de anacoreta fue la ruin cabaña que le tocó habitar al acaudalado señor de la Vega Hermosa.
Cuatro horcones nudosos servían de base al edificio, que tenía ramas secas por techumbre y por pavimento la tierra endurecida y con restos de vegetación; un gran sauce le daba sombra y apoyo, y una acequia, cuyos bordes estaban tapizados de retamas, chamicos y enredaderas silvestres, proporcionaba el agua, ese indispensable elemento de vida.
El mensaje correspondía a la rudeza del edificio. Una barbacoa de cañas era el potro de tormento, más que lecho de reposo; un tronco de árbol hacía el doble oficio de mesa y escritorio, y servía a la vez de arca y asiento uno de esos baúles forrados en baqueta, de los que se ven todavía algunos ejemplares.
En medio de este rústico atavío, resaltaban, como perlas en mano de carbonero, un rico cristo de marfil en cruz de ébano y una carabina inglesa, acaso la primera de su clase que vino a Sudamérica.
Con mil precauciones había transportado estos objetos Josecillo, ayudado por el ladino y avispado Mazamorra.
Cuando estuvo aperada la rústica vivienda, don Justo y su criado salieron a presencia de los esclavos, con las alforjas llenas de fiambre y provisiones, camino de la sierra; avanzaron hacia un lugar escogido de antemano, donde aguardaron la noche para internarse en el monte, hasta llegar a la escondida cabaña que debían habitar.
Era Vega Hermosa un hombre de mundo, y más que un sabio, un filósofo a quien ya no asombraban las peripecias de la vida; de manera que llevaba en sí mismo el poder de ser feliz y energía bastante para dominar los acontecimientos.
Fácilmente se avino a esta vida primitiva y aún le halló no sospechados encantos.
El estudio de la naturaleza es para el sabio un rico venero, cuya explotación le proporciona goces y sorpresas inagotables.
No más que el estudio de los insectos con su indefinida variedad, basta para dar empleo a una vida entera1.
No es, pues, de extrañar que don Justo pasara largas horas ocupado en observar las costumbres y modo de ser de los grillos y chicharras; esos discordantes músicos de la campaña, o de las luciérnagas, que, esparcidas en la enramada, con su fosforescente brillo remedan lentejuelas de oro sobre negro manto de terciopelo.
Y tras de los insectos, las orquídeas y las gramíneas y los árboles seculares y el estrellado cielo, avivando la afición del caballero por las ciencias naturales, le daban grata y provechosa ocupación que alejaban de él el hastío: ese cruel suplicio de los ignorantes y desocupados.
En períodos desiguales y muy sigilosamente, llevaba Mazamorra las provisiones necesarias, y alguna delicada golosina, confeccionada casi siempre por las expertas manos de doña Chavelita. Josecillo era el maître d'hotel que sazonaba las sencillas viandas en groseras ollas de barro, sustentadas por piedras del arroyo, improvisada cocina de los pobres habitantes de nuestros campos.
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Los europeos que venían al Nuevo Mundo para estudiar la naturaleza fueron productos de la Ilustración.
Humbolt es acaso el más famoso. Vega Hermoso hace eco de este potente fenómeno.