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     La lucha por la independencia seguía entretanto su marcha ascendente aunque erizada de dificultades; provocadas muchas veces por las mezquinas rivalidades de los mismos que más interesados debieran estar en allanarlas.

      San Martín, acusado de aspirar a la reyerta había hecho dimisión del mando ante el Congreso, y retirándose a la vida privada para morir, años después, en el ostracismo y la pobreza.

      La Junta Gubernativa, después de una corta administración desacreditada por la derrota de Alvarado en Moquegua, después de haber casi obtenido la victoria, dos días antes, sobre Valdez, en Tarata, había sido reemplazada por el gobierno de Riva-Agüero, impuesto al Congreso por Santa Cruz, que estaba apoyado por el ejército.

      Después de sucesos varios, la mala inteligencia entre Riva-Agüero1 y Torre-Tagle2 hizo necesaria la presencia de Bolívar3 en el Perú; y una nueva era de venturanza lució para las armas patriotas, anunciando que pronto llegaría a su cenit el sol de la libertad.

      La persecución a los realistas y a los que con ellos simpatizaban se hizo más y más activa.

      En estas circunstancias, claro es que si en alguna parte pudiera creerse seguro un español, era en casa de Moreno, por ser el personaje más culminante de la provincia y por los relevantes servicios que había prestado a la causa de la patria, mereciendo ser condecorado por el Protector con la Orden del Sol, y su esposa con la banda de honor; recompensas concedidas sólo a los que se distinguían por su buenos servicios en pro de la independencia.

     Podría, pues, haberse dado por seguro en su asilo el señor de la Vega Hermosa, si las circunstancias antedichas no hubieran avivado las dos pasiones asoladoras que se disputaban el corazón del insurgente Moreno: la codicia y los celos; y sus efectos desastrosos eran nubes que se amontonaban presagiando ruda tormenta para el caballero español.

     El oro había sido depositado en el sótano con las más minuciosas precauciones de seguridad. Nadie, ni aun el fiel Josecillo, había tomado otra participación que la de rellenar con piedras, cubiertas con guañas de tabaco, los zurrones, que aparatosamente fueron conducidos al puerto y embarcados a bordo de la goleta "Relámpago" que luego se dio a la vela para el Callao.

     Las pilas de onzas con las efigies de Carlos III y Carlos IV, despertando aviesos instintos mal adormidos en el corazón del criollo, ejercían sobre él irresistible atracción. Soñaba con ellas, y aún despierto, sufría extrañas alucinaciones. Creía que animadas por invisibles espíritus, las monedas danzaban diabólicamente a su al rededor, y con caprichosa cadencia, ya se alejaban hasta perderse en el horizonte, ya se acercaban hasta poder casi cogerlas sin más que extender la mano.

     Y pensar que con deshacerse de don Justo, o con solo delatarlo como enemigo de la Patria, ¡quedaría el dueño de ese caudal que nadie podría reclamarle!...

     Pero don Justo había sido su salvador; por él, como decía muy bien su esposa, no eran huérfanos sus pequeñuelos.

     Violenta lucha libraban en el corazón de Moreno el ángel de la gratitud y el demonio de la codicia.

     Perdido el sueño y el apetito, nuestro hombre se desmejoraba día a día.

     No pasaba desapercibido este cambio para su esposa a quien también habían abandonado su plácida alegría, su tranquila dicha de otros días. El brillo de sus negros ojos perdía en intensidad, aunque por momentos tuviera rápidas fosforescencias; sus mejillas no eran ya émulas del melocotón al despedirse del árbol, y sus rojos labios no se dilataban con juguetona sonrisa para formar seductores hoyuelos, sino que las comisuras caían, como caen las alas del ave herida.

     ¿Por qué la perseguía en sus sueños la figura del caballero español?

     ¿Por qué su corazón latía precipitado cuando él se acercaba y languidecía cuando estaba lejos?

     ¿Qué extraño dominio, qué poderosa sugestión ejercía sobre ella el extranjero?

     Al penetrar al fondo de su pensamiento la casta esposa se horrorizaba de sí misma; y ya se refugiaba como en un sagrario al lado de la cuna de sus hijos, ya iba a pedir devoto amparo a la virgen de Mercedes que se veneraba en la capilla de la hacienda; pero el demonio de la tentación no abandonaba la brecha.

     Para colmo de desventura, los esposos Moreno habían perdido esa mutua confianza que identifica y funde dos almas en una con la mutua expansión, aminora las penas y acrecienta4 las dichas. Observábanse recelosos, enturbiando la desconfianza la clara Jinfa que antes les permitiera ver hasta las doradas arenillas del fondo de su alma.


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     1José de la Riva-Agüero (1779-1853), político y primer presidente de la República en 1823, aunque por poco tiempo. Más tarde se aliará con Santa Cruz durante la Confederación Perubolivana. Este Riva-Agüero no debe confundirse con su descendente del mismo nombre quien escribió el Carácter de la literatura del Perú independiente (1905).

     2El Marqués de Torre Tagle (1779-1825), político y segundo presidente de la República en 1823, sacado de la presidencia por Bolívar en 1824.

     3Simón Bolívar (1783-1830), general venezolano que liberó Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú. Klarén resume la relación entre estas tres figuras de la siguiente manera. Riva-Agüero sufrió mucha disonancia con el congreso a causa de los ataques realistas y a causa de la enorme deuda externa con Inglaterra. El congreso lo destituyó, nombró a Torre Tagle como presidente, e invitó a Bolívar a entrar en el país. Riva-Agüero no aceptó ni la presidencia de Torre Tagle ni la presencia de Bolívar en el territorio patrio. Fue a Trujillo donde declaró otra vez la independencia. Cuando el Libertador llegó al Perú halló que el país tenía dos presidentes, uno en Lima y otro en Trujillo. Véase Peter Findell Klarén, Peru. Society and Nationhood in the Andes. New York: Oxford University Press, 2000, p. 132. Todas estas figuras proveen un trasfondo verdaderamente histórico para la trama de Roque y Justo, el modelo de la novela histórica establecido por Sir Walter Scott.

     4El original no lleva el cambio "ie" en el radical de este verbo el cual cambiamos de acuerdo con el uso moderno.

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