IX

    [70] Mañana es día feriado, la dijo el doctor Castel, cual un colegial que se promete un día de holgorio. Si usted desea, Laura, iremos a comer a orillas del Sena.

    Tomaron el vaporcito que se deslizaba repleto de pasajeros, sobre el río turbio y encajonado, cual inmundo desagüe.

    Como dos modestos burgueses se confundieron entre las obreritas y sus amantes, quienes alegremente disfrutaban de las horas que les dejaba libre la labor de la semana.

    Había en ellas tal gracia, expresaban tanta felicidad sus rostros empolvados y animados por el colorete, que Laura, no pudo menos de admirar esos seres fortalecidos por el trabajo y por el amor.

    [71] En un pequeño restaurante, Laura y el doctor se acomodaron en una mesita colocada en un rincón de la sala. Éste le decía: - Lo que más me entretiene cuando estoy en público es observar. Esta sociedad a usted le es desconocida; fíjese usted en esa niña, la de la toca, está demás allí, con razón dicen que el número tres es fatal. ¿La ve usted levantarse y recorrer con la vista las otras mesas? busca sin duda quien la invite a comer, tal vez no tiene ni con qué pagar el vaporcito para volver a París.

    - Esto es triste, tristísimo, - decía Laura, - la vida de las vendedoras de caricias es tolerable cuando se cubre de lujo; el amor necesita carros de oro y guirnaldas de rosas: cuando va unido a la pobreza presenta un cuadro de hospital, me causa un dolor infinito.

    La niña de la toca, no tardó en volver a su sitio, con apariencia satisfecha y feliz del brazo de un oficial que minutos antes le era desconocido. - ¡Oh!, la psicología de estas almas, la quisiera conocer - exclamó Laura.

    -No es difícil, amiga mía, el alma no [72] existe en estos seres: miseria o vicio, eso es todo.

    

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    El último vaporcito de la noche se deslizó a los ojos de los paseantes sin que lo notasen, distraídos como estaban en la charla que originaba la frivolidad del amor ambulante dominguero.

    Laura, mostróse alarmada creyendo que no había medio de locomoción alguna para volver a su casa; pero el doctor la tranquilizó diciéndole: - Yo conozco todos estos suburbios, no tema usted, estamos a un kilómetro de la estación, donde podemos tomar el tren. La luna nos servirá de alumbrado. Además, el camino a orillas del río no es muy pesado. Apóyese usted en mi brazo.

    La melancolía de la luna parecía haber influenciado en sus espíritus: hablaron de cosas tristes, él la contó su vida de estudiante, sus luchas y cómo viajaba, diariamente por los caminos que ahora recorría para ir a la academia de medicina, [73] y ella le habló de su infancia, de la ciudad de sus padres, de civilizaciones que pasaron, de pueblos oprimidos, de los árabes decadentes cuyo temperamento artístico milenario tanto admiraba, y también de su madre, paralítica, que la contaba leyendas de abencerrajes y de sultanas.

    

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    La luna oscurecíase a intervalos. Negras nubes opacábanla con su velo luctuoso. El agua del Sena, a cuya orilla caminaban, reverberaba tenuemente las lejanas luces de los restaurantes, como una reminiscencia de la festividad distante y luminosa de los bulevares.

    El doctor, se preocupaba a cada momento de Laura, insistía preguntándole si estaba cansada, y cuando daba alguna pisada insegura la sostenía sujetándola por el talle. Un instante en que sopló fuerte brisa, la envolvió en el chal que llevaba, de la misma manera que lo haría [74] una madre con su hija. Laura, le quedaba profundamente agradecida por tanta solicitud y respondíale estrechándole las manos sin pronunciar palabra.

    

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    El doctor, fue el primero en hablar después de haber caminado algunos metros silenciosamente, cual si continuase una conversación que hacía un momento hubiese sostenido.

    - En conciencia, mi labor quirúrgica ha terminado; si algún día siente usted la menor incomodidad no tiene usted sino que volver.

    Laura, no había pensado en que fatalmente debía llegar el término de su curación y el momento de la despedida. Le pareció que el doctor lo anticipaba porque no le interesaba verla y por un instante se sintió como ofendida; sin embargo, dominó su sorpresa, comprendiendo fácilmente que el doctor tenía razón, puesto que inevitablemente este día debía llegar: el de la separación.

Capítulo X
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