VIII

    [60] Apenas hubo entrado, Laura, en el escritorio del doctor cuando éste acudió a ella precipitadamente y le dijo:

    - No se quite usted su abrigo, venga conmigo y vea sus violetas, las he puesto en mi ventana, para que el calor de la chimenea no las marchite. He pensado que usted las había traído para mí y no he querido separarme de ellas. Durante los instantes que me dejan libres los enfermos, me asomo aquí y aspiro este perfume pensando en usted.

    Mientras que así hablaba, retenía entre las suyas las manos de Laura, que ésta le dejaba con fraternal abandono.

    - Gracias doctor, sí, la verdad es que las traje para usted, no puedo negarlo -[61] respondió Laura, encendido el rostro y henchido el corazón de placer.

    - Estoy triste, doctor, me fastidio -continuó diciendo, tratando de variar la conversación.

    - ¿Por que?

    - No puedo pasearme, no puedo vestirme, mi cuerpo se ha deformado, he engrosado con la falta de corsé, ninguno de mis vestidos me sienta bien, voy a perder la forma de mi talle; temo que ni aun cuando sane vuelva a estar como antes.

    - ¡Quejarse usted de su cuerpo! -interrumpió el doctor, y agregó:

    - Pocas mujeres lo tendrán más bello. ¿Acaso se imagina usted que la flacura tiene atractivo alguno? Un cuerpo sin la redondez de los senos ni los contornos tiernos de las caderas no parece de mujer.

    Laura, le escuchaba con deleite, mas como el doctor no era hombre de mundo, ni estaba acostumbrado, al floreteo de los salones, temeroso de haber dicho demasiado cortó todo el encanto de este diálogo, agregando:

    - Todas las mujeres españolas que han [62] venido a mi clínica son como usted; tienen lindas formas. Ayer hubiese deseado ser pintor, he visto a una señora, que vestida modestamente, aparecía insignificante, pero que una vez desnuda es la Venus más hermosa que existe sobre toda la tierra; su piel tiene reflejos de nácar; sus senos son firmes y los pezones rosados; parecen nacientes capullos. Hubiese querido arrodillarme ante ese cuerpo y besarlo devotamente, como besaría un creyente el manto de la Virgen.

    - Laura sintió un rencor secreto que germinaba en su pecho y con desdén contestó: - Un médico no debería ver a la mujer, sino a la enferma.

    En ese momento, debido a los movimientos bruscos y precipitados de sus dedos, había armado tal enredo entre las cintas de su ropa y los broches de su vestido, que estaba a punto de destrozarlo todo. El doctor se precipitó a su lado y principió a desvestirla, lentamente, con gran unción, como lo haría un esposo en la noche de sus nupcias, para no herir el rubor virginal de la desposada. Primero fue la falda, luego la blusa y después el [63] corsé y las cintas que sujetaban los tirantes a las medias.

    - Bien se ve que tiene usted práctica, doctor - dijo Laura, aun malhumorada, sin agradecer la actitud sumisa del médico.

    El doctor se había sentado en una silla, y sin darle respuesta alguna continuó su labor. Tenía delante a Laura, de pie, que lo dejaba en su tarea, porque cada vez que intervenía era para romper algún encaje o tirar en sentido inverso algún lazo de su ropa.

    - No se moleste usted - le decía éste, - tranquilícese usted.

    - Hoy he olvidado ponerme enaguas; como no están de moda sólo las uso para venir acá.

    - No importa, se quedará usted en camisa y no será ésta la primera vez; ¿recuerda usted el primer día que la vi? yo no cuento, no soy hombre, sólo deseo que esté usted cómoda.

    Laura, apenas velada por el lino transparente aparecía soberbia de hermosura ...

    ...Había tal solicitud afectuosa en la actitud del doctor, que Laura, terminó por tranquilizarse y claramente darse cuenta [64] de que lejos, el doctor, de no ser hombre, como acababa de decirle, tenía una figura muy distinguida, un gran encanto en su voz y un especial atractivo, poco común entre los hombres: la abnegación.

    Una amistad profunda, sincera, íntima, habíase establecido entre ellos, debido a la frecuencia con que se veían, a la armonía de sus ideas, a las deliciosas charlas con que se deleitaban y también al trato ajeno, al pudor a que la sometía el mal.

    La honestidad de Laura, y su excesiva timidez, al principio, habíanse transformado en una familiaridad despreocupada que ya no le incomodaba, a pesar de encenderla de rubores.

    El doctor advirtió el disgusto que sus palabras la habían causado; no le fue difícil comprender que su vanidad de mujer hermosa no toleraba que en su presencia se hablara de ninguna otra belleza, y arrepentido como el mejor penitente, se sentía dispuesto a pedirla que le perdonase...

    

*

    

* *

    [65] Una vez acostada, Laura, en el pequeño lecho en que le hacían las curaciones, acercósele el doctor y antes de principiar su labor, con expresión risueña le dijo:

    - Vale bien poco la impresión que causa una mujer cuando se basa únicamente en el atractivo físico, si bien es cierto que encanta a los hombres en general; en mí produce un efecto secundario. Las mujeres más hermosas son las que tienen menos talento y menos alma; por lo general la banalidad de sus pensamientos las hace insoportables. Piense usted, Laura, en lo que es mi profesión, en las innumerables mujeres que durante mis largos años de práctica han pasado por esta clínica, hermosas y feas; unas sensuales, otras voluptuosas, y también frías, insensibles. Piense usted un instante en las confidencias que diariamente escucho, o mejor dicho, en las confesiones; no sólo veo cuerpos femeninos, sino también almas, esta es mi vida toda; así pasa sin haber jamás encontrado un ser capaz por su talento y su gracia de romper esta banalidad ; sin haber visto unos ojos que [66] hablen, no futilezas, sino el lenguaje de la inteligencia; esa mistificación intelectual que dice más que toda sensación voluptuosa.

    El doctor se había aproximado tanto a Laura que ésta sentía su hálito tibio acariciarle el pecho, una turbación epidérmica la paralizaba, e interiormente sus entrañas se encrespaban en suplicio anhelante. El doctor la miraba, y tenía en sus ojos un ardor como de llama que consume, como de desierto cálido, sediento. Laura, aparentando serenidad, pero aun agresiva, respondíale:

    - Me llama la atención lo que usted me dice, conozco yo tantas mujeres bonitas y de talento...

    - No, no, - respondióle precipitadamente el doctor, - no las habrá observado usted bien. Las que tienen un talento que sobrepasa al vulgo, son ajenas al encanto y dulzura femenina, en seguida aparece en ellas un temperamento viril; así, en usted, estoy seguro que de preferencia, todo hombre, lo que más le alaba es su belleza; no obstante, por lo que yo más la admiro, aparte de la simpatía que me [67] inspira su dulzura y delicadeza, es por la claridad de su inteligencia, su fácil comprensión, su hermoso raciocinio, esto unido a una gracia tan femenina.

    Laura, reía francamente, con la libertad del pájaro que cruza el aire, y alargando un brazo blanco y fino del cual pendían varios brazaletes de piedras de colores, con voz de mando le dijo:

    - Basta de charla, al trabajo.

    Uno de sus senos se escapó del escote de la camisa, el doctor lo tomó en sus manos y lo presionó entre sus dedos muellemente. - Las glándulas no están irritadas - dijo. - Indudablemente que está usted muy aliviada.

    Unos segundos después, al introducirle el espéculo, un instante pareció turbado, más no tardó en sobreponerse a la emoción y con apariencia serena continuó:

    - Está usted sumamente congestionada; por su salud, con las tentaciones que de diario se le ofrecen no vaya usted a cometer una locura que le sería fatal. Escúchame: como médico yo sé dónde pueden conducir las imperiosas exigencias de la naturaleza a cualquiera mujer, [68] a pesar de todo sentimiento de honradez y por casta que ella sea. Le suplico que no se ofenda usted Laura, no crea que dudo de usted, cumplo un deber al hablarle así ; es el facultativo el que habla. En este momento no soy el amigo.

    De los labios de Laura, se escapó un suspiro ahogado, abrió los ojos que tenía entornados y haciendo un esfuerzo pareció despertar como de un letargo y volver a la razón rechazando un ensueño de placer. Al fin habló en ella toda la dignidad de su espíritu abatido por la materia.

    - No, doctor, puede usted estar tranquilo, una mujer tiene siempre, por encima de todo deseo, reservas que los hombres ignoran ; hasta que mi corazón no se conmueva estoy segura de vencer siempre.

    Mientras que así hablaba; su cuerpo palpitaba como el de un pez que busca el agua, y ocultamente una voz secreta decíala desde lo íntimo de sus entrañas: « Tómame en tus brazos, estréchame, que nuestros cuerpos lleguen a estar tan unidos que yo sienta tu alma incorporarse en la unión amorosa...

    - Estoy cansada, doctor, me siento [69] desesperada, no quiero continuar más tiempo atormentada de este modo. ¿Cuándo sanaré? Y sus labios precipitadamente continuaban moviéndose, pronunciando las palabras como un medio para huir de sus deseos; tal vez de lo inevitable. - ¡Qué enfermedad tan desesperante haberme puesto en esta condición! yo que detesto el sensualismo. Déme usted un remedio, doctor, no quiero permanecer así más tiempo.

    - No existe nada, absolutamente nada, Laura, dos curaciones más y tendrá usted su libertad. Sé anticipadamente su respuesta: - Siempre la he tenido y jamás he hecho uso de ella. - Pero lo que usted ignora es que las exigencias genésicas, hablan con mayor fuerza en la mujer que en el hombre. Temo mucho, Laura, que cuando usted abandone esta clínica, acepte un amante y Dios sabe en qué condiciones la ponga. Le digo esto únicamente por el gran interés que me inspira usted como lo haría con mi mujer.

    Estas últimas palabras produjeron en Laura el efecto de la medicina que deseaba, destruyendo el encanto voluptuoso.

Capítulo IX
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