VII

    [53] La segunda visita de Laura le turbó. Despertóse su apatía causándole visible emoción; en vano se esforzaba por parecer indiferente, sirviéndose como de una máscara, de la actitud estudiada bajo la cual oculta sus impresiones todo facultativo: su fisonomía expresiva y móvil revelaba la perturbación de su alma; en sus miradas, en sus ademanes, en su solicitud exagerada, Laura, pudo observar que de igual modo que al médico, tenía delante a un hombre anhelante de agradarla y deseoso de evitarle sufrimientos; además, su exquisita sensibilidad la dejaba comprender, instintivamente, que el doctor era un hombre de buen gusto, capaz de apreciar la belleza de sus formas, la esplendidez [54] de líneas, la morbidez de contornos, con que Dios favoreció su cuerpo, lo que halagaba su vanidad a tal extremo que olvidó sus dolencias durante las penosas curaciones a que estaba sometida.

    Su carne, expuesta a la mirada del doctor Castel, se crispaba al contacto de sus manos. Entristecíase de pudores, hasta delirar por una caverna de negror infinito que sepultase su desnudez eternamente...

    Luego, haciendo un gran esfuerzo, tratando de parecer serena, para que el doctor no observase el carmín que enrojecía sus mejillas, con un calor como de llama que le subía del pecho, se decía:

    « Espero que llegaré a acostumbrarme a la desnudez a que me obliga la clínica », no obstante, apenas se encontraba fuera imaginábase que los ojos del doctor la seguían con esa fijeza extraña que parecía brindarle en el amor un enigma remoto de generaciones extinguidas, revelándole voluptuosidades ignoradas; un amor desconocido, capaz de revivir las tradiciones de los enamorados ancestrales; de pasión que consume, de alegría que enloquece, de [55] olvido que idiotiza y de abandono que mata.

    Dominada por esta idea olvidaba a veces, al salir de la clínica, que se encontraba vestida, y la sensación de desnudez por la que había pasado, persistía físicamente, causándole tal impresión de frío, que necesitaba palpar su traje temerosa de haberlo dejado entreabierto y de que una ráfaga de brisa hubiese penetrado hasta su piel. Al volver a la realidad avergonzábase hasta encenderse en púrpura, temerosa de que la observase algún transeśnte. Otras veces, cuando estaba en la puerta de la calle, espiaba que nadie la viese salir, como lo haría una señora al alejarse de casa de su amante, y precipitadamente subía en el primer coche que encontraba.

    

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* *

    No tardó mucho tiempo antes que naciera una amistad íntima, fraternal al principio, amorosa después, entre el médico y la enferma.

    [56] Estando poco acostumbrado a pasar momentos de solaz, las visitas de Laura procurábanle la alegría de un oasis en medio de la caravana doliente que acudía a él sediento de salud. Ordenaba las otras consultas de sus enfermos de tal modo, que podía consagrarle una extensa hora, durante la cual dedicaban largo rato a la charla, anhelada y jocosamente instructiva, de la que sólo pueden disfrutar los que tienen el ánimo de beatitud y luz en la mente.

    

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* *

    Laura, principió a sentirse aliviada después de haber recibido algunas curaciones, con lo que se normalizaron sus nervios y volvió a su buen humor de costumbre.

    Sin que se diese cuenta del tiempo transcurrido, se deslizaron suavemente algunas semanas, debido al atractivo seductor que poesía el doctor, a sus maneras finas y delicadas y a la abnegación [57] y exquisitez profesional que derrochaba con ella.

    Atraída por el encanto que tenía la sociabilidad del médico, insensiblemente y sin extrañarlas abandonó las relaciones sociales a que la forzaba su enfermedad, cuya curación requería reposo absoluto.

    Un día al dirigirse al consultorio pasó delante de la tienda de un florista y compró un ramillete de hermosas y fragantes violetas: era la época del carnaval; el recuerdo de las fiestas a que había asistido el año anterior y la idea de que no podría disfrutar de las diversiones a que estaba acostumbrada, entristeció su semblante.

    París, vibraba unísono en una sola carcajada de festejo. Reían despreocupadas las jovencitas en un jolgorio de verbena picaresca; reían los transeśntes envueltos en la oleada de la mascarada; las grandes damas desde el fondo de sus carrozas huyendo de la popular cabalgata clounesca y deslumbrante de colorido; reían los viejos olvidando años y la tumba abierta que a cada paso que avanzan les brinda la muerte; reían las calles, las avenidas y los bulevares regados de [58] confetis y engalanados de serpentinas.

    Las turbas sudorosas y jadeantes se retiraban en un final de fiesta agitada, movible y aturdidora.

    Las carcajadas resonaban confundiéndose entre el murmurio de los diálogos amorosos, las conquistas fáciles, las citas apremiantes. Las parejas se estrechaban en enamorado abrazo y el rumor de los besos carecía de ensueño en el bullicio público y licencioso de la vía pública. La risa del día de carnaval lo toleraba todo, lo festejaba todo, la risa pecaminosa, la risa de amor, de una alegría espontánea y despreocupada.

    El cielo parecía teñido en tenue tinte de grana que relucía sobre el fondo azul sombrío. Una claridad inusitada impedía que asomase el crepúsculo, amparando el festejo popular.

    Laura, huía del bullicio, silenciosa, pensativa, avizorando sus aledañas remembranzas de felicidad.

    Representábase con intensa vida las fiestas a que había asistido el año anterior, y entristecíala el no poder disfrutar en la ocasión presente de las diversiones a que [59] estaba acostumbrada. Una sombra tenue de melancolía se dibujaba en sus facciones.

    Al saludar al doctor le dijo: - He encontrado en mi camino estas violetas y he pensado en usted. - El doctor palideció de emoción y no hallando palabra con qué agradecer la atención de Laura, sumamente efusivo, se inclinó con galantería y la besó ambas manos; pero estaba tan turbado, al hablarle, que cual un niño, sólo acertó a decir lo que menos deseaba:

    - Señora, mil gracias, no sé cómo agradecerle su obsequio, esta tarde se las llevaré a mi mujer.

    Laura, sonrió y la sombra de tristeza que tenían sus ojos, se acentuó aun más.

Capítulo VIII
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