VI

    [46] El doctor Castel, había nacido en Constantinopla. Entre sus antepasados figuraban turcos y armenios. En una de las horribles carnicerías que éstos habían sufrido, perecieron casi todos sus parientes, y sus padres que antes disfrutaban de gran fortuna quedaron por puertas1. Un tío acaudalado, a cuyo cuidado estuvo, durante su infancia, el doctor Castel, fue el único que logró salvar su caudal de la catástrofe, mas, como a su muerte quedasen huérfanos y viudas en la familia, el doctor Castel, que de joven contaba con esta herencia, hubo más tarde de renunciar a ella a favor de éstos.

    Él contaba con su profesión y el temple animoso de su espíritu, para no desmayar [ 47] en la lucha por la existencia. Siendo muy joven contrajo matrimonio con una distinguida señorita, a la cual sólo le ligaba una ligera simpatía, la que no se transformó como él esperaba en un sentimiento más poderoso, capaz de inducirlo al amor, sino que al contrario no tardó en desaparecer con el trato íntimo y burgués de la vida conyugal. El doctor Castel, fue al matrimonio sin forjarse grandes ilusiones, sabía que, para ejercer su profesión de ginecólogo le era necesario adquirir la respetabilidad que socialmente da la condición de casado; además, deseaba tener un hogar y los cuidados materiales que éste procura, librándose así de entenderse con las pequeñeces de la existencia diaria, lo que también le era indispensable, deseoso, como estaba, de consagrarse por entero a SU profesión, sin distraer el tiempo, que le era precioso, en futilezas. Un día le presentaron una señorita casadera, y como la joven fuese amable y el doctor no tuviese afición a la vida galante de enamorado, pensó que lo más práctico era aceptar la primera mujer que le presentaron, logrando así, por lo menos, [48] normalizar su vida conforme lo había proyectado.

    La unión marital duró corto tiempo, la frivolidad de la joven alejóla intelectualmente de su esposo, y a este distanciamiento moral, no tardó en llegar el del cuerpo.

    El doctor Castel, deseoso de conservar su tranquilidad de espíritu, tan necesaria al ejercicio de su profesión, logró establecer una amistad fraternal, con la que ambos se conformaron. Dos hijos contribuían a mantener la apariencia de una morada feliz: una niña estudiosa y reflexiva, como su padre, y un niño insustancial y superfluo como su madre.

    El doctor Castel, era tan apasionado de su profesión, como un primitivo bate de las musas; para él la ciencia representaba lo que para un artista su arte.

     Imperioso y activo, no confiaba su trabajo a ninguna enfermera, personalmente vigilaba toda la asepsia de su clínica, así como el aseo esmerado de ésta.

     Antes de lograr acreditarse y obtener una clientela numerosa, necesitó desarrollar aptitudes de contracción y de talento nada comunes.

     [49] La lucha por la existencia, y el sentimiento de noble ambición, de adquirir un nombre notable, fueron las pasiones que le dominaron. Su espíritu, su imaginación oriental, su naturaleza exuberante de ternezas, se concentró cual un gusanillo dentro de su capullo, en el ambiente calino e incitante de París. Su temperamento amoroso habíase desarrollado ocultamente, sin encontrar expansiones, cual una planta escondida al abrigo del invernáculo de las clínicas y de los hospitales; sin haber encontrado una palmera benévola que le extendiese sus ramas, ni un remanso apacible que interrumpiese la inconmensurable aridez en que se desecaba su temperamento pasional; no obstante, lo que predominaba en él, por encima de toda ambición, de todo instinto era un raciocinio sereno, logrado a fuerza de trabajo, de razonamientos, a fuerza de sentir sin poder evitarlo las tribulaciones que le causaba el sostenimiento de su familia y las mayores aún que le inspiraba la salud de sus enfermos. Había pasado su primera juventud ajeno a las turbulencias y exuberancias estudiantiles sin que su ser se [50] hubiese estremecido de amor, y aun se puede decir, sin conocerlo, con el apasionamiento de que era capaz él, que unía al poder de su inteligencia exquisita, un temperamento ardiente.

    

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    Cuando el doctor Castel recibió la visita de Laura, pasaba por una época de cansancio moral, de apatía amorosa. Contaba cuarenta años, pero su aspecto representábalo mayor aún. Su vida de labor incesante, de desvelos y de emociones había contribuido a envejecerle. En verdad, lo que más afligía y gastaba su naturaleza era la excitación nerviosa que se apoderaba de su organismo, siempre que tenia a su cuidado un enfermo de gravedad; por fortuna, el espectáculo de la muerte rara vez hirió la sensibilidad de su espíritu, y las personas que se confiaban a su cuidado, generalmente sanaban de sus dolencias, conservando el recuerdo del doctor Castel, unido a la alegría apacible que da la salud.

    

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    [51] El caso de Laura, le preocupaba, aquella tarde de invierno en que la nieve perfilaba las casas, entristeciendo la ciudad con su blancura desoladora. Desde las ventanas de su clínica, el paisaje siberiano le afligía, de tal modo que le hacía pensar con melancolía en el colorido y brillante Bósforo, a cuyas orillas se meciera su cuna. Una nostalgia de sol invadía su alma...

    No tardó en aparecer el criado y encendió la electricidad. Afuera, la ciudad anochecía tristemente cual un monte agobiado, bajo el albo sudario de exterminio. El doctor Castel salió de la clínica y se dirigió a su casa, silencioso, resbalando los pies, cautelosamente, sobre la nieve que cristalizaba las avenidas.

    La figura de Laura no se apartaba de su imaginación. ¿Quién era esta mujer joven, hermosa y casta a pesar de su aspecto tentador y visiblemente voluptuoso? Mas este pensamiento cruzó por su mente [52] rápido y fugaz cual un desplegar de alas. La enfermedad era la idea que dominaba en su cerebro. Como un luchador de lo intangible, veía que un nuevo enemigo acababa de presentársele oculto en el cuerpo de una diosa: la salud de Laura. No le cabía duda, se encontraba en malas condiciones, necesitaba un cuidado esmerado, una solicitud grande, no menos delicado era su estado de alma.

    « Es una suerte que haya venido donde mí » - se decía mientras que maquinalmente trataba de apartarse del sitio donde la nieve crujía bajo sus pisadas como insectos aplastados.

    Los ojos de la enferma, tan infinitamente tristes y soñadores, la melancolía de su acento, y su conversación fina y espiritual, habían impresionado agradablemente, dulcemente, al doctor Castel. Holgábase en recordarla cual tierna aparición, que le adormecía diríase la música de un himno secreto y vibrante en el ambiente de severa austeridad, conque le atormentaba el ejercicio profesional2.

Capítulo VII
Índice

©2002

    1Se refiere al genocidio cometido a los armenios por el gobierno turco, principios del siglo XX.

    2Este párrafo contiene varios elementos característicos del modernismo, la finura, la espiritualidad y la música solemne. Todos, por ejemplo, pueden encontrarse en Prosas profanas de Rubén Darío.