[37] La salita Luis XV del doctor Castel, se poblaba de clientes, de mujeres, sino elegantes, por lo menos correctamente vestidas, en las que difícilmente se podía adivinar la menor traza de enfermedad.
Un criado condujo a Laura al escritorio del facultativo, donde éste la recibió con la mayor deferencia, como lo haría un gentleman en un sarao1. La habitación era espaciosa y la bañaba una amplia luz del mediodía, cual si fuese un taller de pintor. La pared del fondo estaba formada por vidrieras a través de las cuales luminosa claridad se esparcía por la habitación. En una gran chimenea de mármol, un hermoso fuego de incendio le daba una temperatura de invernáculo.
[38] El doctor invitó a su nueva cliente a sentarse en un sofá de terciopelo carmesí, y él colocóse enfrente de ella, al extremo de un canapé que parecía de nieve, todo cubierto de hule blanco impecable. El doctor Castel, fijó sus grandes ojos carmelitos como hábito de monje, en los de Laura, y conmovióse ante la mirada angustiada y suplicante de ésta. Una ráfaga de simpatía cruzó inadvertida por esos dos espíritus, anhelante uno, investigador el otro.
El doctor Castel, dirigióse a la habitación inmediata, abriendo una gran puerta de vidrio. En silencio y con especial minuciosidad, después de haberse cubierto con un sobretodo de lino blanco, principió a llenar de agua un gran sito depósito de cristal transparente, a lavarse las manos, y a desinfectar un espéculo...
Esta habitación era tan espaciosa, como la anterior, pero de luz aun más poderosa; [39] las paredes todas blanqueadas, al óleo, quedaban cubiertas a intervalos por elevadas anaquelerías2 de cristal que sostenían barrotes niquelados. Un gran estante igualmente de cristal, guardaba los instrumentos quirúrgicos, perfectamente limpios y brillantes, cual la orfebrería en el escaparate de un joyero. Todo se mostraba de una pureza inmaculada, sin el menor polvo o mancha, diríase una casa de nieve. En el centro habían colocado el banco de curaciones, como un trono, elevado y bañado de luz intensa.
El timbre de la voz del doctor era dulce, el acento de sus palabras sonaba afectuoso y esparcía en el alma de Laura, una tranquilidad parecida a la que producen las aguas de remanso. En actitud galante, tomó a Laura de la mano y la invitó a subir a la camilla de ocultaciones: después de haberla dicho que podía quitarse su vestido, para no arrugarlo, lo que hizo ésta con el mayor agrado; pues así no perdería la falda los pliegues que con tanta habilidad le había dado el sastre.
El doctor Castel la ayudó a acostarse; [40] su actitud reflejaba un sentimiento de piedad maternal. Ella estaba pálida, una angustia secreta la oprimía el pecho: él pensativo; ambos guardaban silencio. Laura, se acostó cómodamente, el doctor la puso una almohadilla debajo de la cabeza, luego le colocó los pies en los estribos que estaban en alto, al terminar el lecho...
Las pisadas del doctor resonaron con eco estridente en la quietud de la habitación; el momento era solemne. Una atmósfera de melancolía, algo vago y como de siniestro augurio invadía la clínica.
La inmensidad de su tristeza, la hacía pensar en lo insondable, en lo infinito, en la fealdad de la materia enferma y a todo esto se mezclaba un sentimiento de pudor herido, tan bochornoso para Laura, que sus piernas, más blancas que de costumbre, expuestas a la luz hiriente del consultorio, temblaban; diríase débiles ramas agonizantes.
El doctor, no la miraba, sus ojos se fijaban en los instrumentos que tenía delante, y la frente apacible parecía traslucir [41] un nimbo, en el que se perdía su pensamiento alejándose de todo lo que le rodeaba, como no fuera el espéculo que calentado y engrasado, lentamente, suavemente, lo introducía en el cuerpo de Laura.
« ¿No sentiré ningún dolor? - le preguntó temerosa » - « Ninguno señora, se lo prometo, puede usted estar tranquila » - le contestó el médico, mirándola emocionado como el que acaba de despertar bruscamente de un sueño abrumador.
Cuando hubo terminado el examen ocular, el doctor procedió al del tacto, en el cual trató de ser tan fino, tan delicado, como el más abnegado amante. Se colocó al lado de Laura, y sin mirarla, con la vista baja, deslizó sus manos suavemente, una en la parte interior y otra en la exterior del vientre. Unas manos calientes y vigorosas en las que más bien existía la caricia voluptuosa, que no la aspereza del cirujano. Laura, olvidó un instante al facultativo, absorta por el hombre que tenía delante, solícito y grave. Sintió que la sangre circulaba por sus venas aceleradamente: [42] un calor febril invadió su cuerpo, perlas de agua brotaron de su frente. El doctor se acercó a la cabecera mirándola tiernamente y después de decirle: « Disculpe usted señora, un instante y termino » ; principió más bien que a auscultarle a comprimirle blandamente los pechos; tanta era la finura y el reparo que empleaba. Un ligero carmín teñía las mejillas de Laura, quien no acertó a encontrar contestación alguna; respiraba con dificultad denunciando la angustia amorosa no satisfecha.
De su carne ardorosa y palpitante de emoción, emanaba tibio ambiente embriagador, perfumado de musgo. Apenas la cubría el lino de la ropa y los encajes valencianos, cuya blanca monotonía interrumpían flores y cintas, color de rosas.
El doctor, muy a pesar suyo, estaba distraído de su labor médica, embriagado por el atractivo femenil de la mujer, del que no pudo prescindir al punto de ver a la joven tan bella, que más que enferma, parecía una ofrenda de los Dioses, en un lecho de amor. Volvió después a continuar el examen del vientre, que interrumpió [43] durante un momento. Algo más poderoso que toda ilusión, que toda quimera, habló imperiosamente a su espíritu: el poder de la pasión que le dominaba: la ciencia. El tacto fino de sus dedos acostumbrados a descubrir las afecciones de los órganos interiores, no tardó en tocar el sitio sensible. El médico contrajo la fisonomía y otra vez la sensación de ausencia de todo lo material que le rodeaba se vislumbró en sus ojos.
Un suspiro quejumbroso se escapó de los labios de Laura.
- ¿Es aquí el dolor? preguntó el médico fijando con ambas manos el lugar enfermo.
- Si, contestó Laura, ahí el dolor es agudo, punzante...
Mayor era el de su alma, había adquirido el convencimiento de que estaba enferma.
Como en la infancia se sintió frágil, hubiese querido tener allí á su madre, abrazarla, estrecharla con sus brazos y llorar abundantemente, humedecerla con sus lágrimas, hasta redimirse de su angustia. Cual una niña sentía una necesidad [44] imperiosa de recibir un mimo, una caricia, que denotase amparo y protección, una caricia que hablase mejor que las palabras diciéndola: las penalidades se alivian cuando el amor acompaña a un enfermo...
Mas no escuchaba consuelo alguno, sino el tormento oculto y pesaroso de su ser, pronto a estallar en incontenible desborde.
Imponente mutismo reinaba en la habitación cuando el doctor la dijo:
« No se alarme usted señora; perdóneme si le causo dolor, un segundo, para adquirir certidumbre, y no la molestaré más. »
¿De qué me ha servido una juventud, de castidad, de privaciones, una vida tal vez próxima a extinguirse sin haber gozado del amor? pensaba Laura, mientras que el doctor, siempre con actitud galante, la ayudaba a descender la grada del banquillo, rodeándole el talle con su [45] brazo firme. Laura, parecía devorar con sus grandes ojos, los del doctor, mas los de éste nada revelaban; la máscara convencional y enigmática de todos los médicos, hacía impenetrable su pensamiento.
Al despedirse, Laura, le prometió seguir el tratamiento que le indicase.
Convinieron en que debía venir a la clínica tres veces a la semana, y después de haber escuchado las palabras tranquilizadores que éste le dijera, asegurándole que en corto tiempo quedaría enteramente sana, ingenuamente, como en el alma de una chiquilla, se esfumó toda la pesadumbre que antes la atormentaba. Desde aquel día, su más grande preocupación fue la de reemplazar su corsé por otro elástico, sin ballenas, y el de mandar hacer un vestido imperio que creía la sentaría mejor que los otros con el nuevo corsé.
1fiesta nocturna.
2repisas.