[31] Una mañana iluminada por un sol pálido1 de invierno se dirigió Laura hacia la clínica del doctor Blumen, atravesando la avenida de Teargorten, en la cual la dinastía de los Hoenzollern semeja un cortejo de tumbas.
Con el corazón oprimido de dolor, atravesó este paseo, de aspecto sepulcral, en su profusión lapidaria, que apenas coloreaba el otoñal verdor de los arbustos. Una vez en la clínica del doctor Blumen, lo que más le llamó la atención fue la promiscuidad de las enfermas, a las que sólo unía la afinidad del sexo y del mal. En una habitación pobremente amueblada, esperaban a que las llegase su turno. En una de las esquinas había un [32] biombo detrás del cual debían despojarse del corsé, sin que hubiese comodidad alguna ni siquiera una silla ni espejo ni cosa que lo valga; este lugar era como un rincón semioculto, más a propósito para que un hombre se quite o mude un chaleco y allí condujo una enfermera a Laura, sosteniendo su ropa desatada en las manos para que no se le cayese, después de haber pasado por el segundo examen del doctor Blumen, el cual fue semejante al primero, con la diferencia de que la clínica2 era de aspecto repugnante; si completa en antisepsia no lo era menos de sucia a la vista.
Las sábanas tenían el color amarillento de la tela burda y estaban manchadas. Sin vaciar las vasijas donde se encontraban los restos de las inmundicias de una curación, hacían pasar a una segunda enferma, a la que no se evitaba este espectáculo repulsivo ; de igual modo, esas aguas que habían lavado tal vez la podredumbre de un cuerpo enfermo, se confundían con las anteriores, produciendo nauseabundo aspecto. Los lienzos que cubrían la silla de operaciones, no se renovaban sino en casos especiales y aun conservaban [33] el calor y las arrugas de las posaderas que los habían oprimido, cuando la nueva paciente debía volver a sentarse sobre ellos.
El diagnóstico del doctor Blumen, fue enteramente contrario al primero. « Señora, tiene usted varios fibromas3 pequeños que todos juntos forman uno grande; no necesita usted operarse.» La sorpresa de Laura, iba en aumento, hacía dos días que el mismo médico le había dicho que necesitaba una operación y ahora escuchaba lo contrario. « Al menos, doctor, żno es de carácter maligno lo que tengo? » - « No señora. » - « żY los dolores que sufro? » - « No es nada » - dijo el doctor Blumen, al mismo tiempo que se dirigió a la puerta, la abrió y puso fuera a Laura, la que como la vez anterior acababa de dejar una pieza de veinte marcos sobre una mesita, en la que había dos depósitos para irrigar, de lata esmaltada, y un frasco [34] de fenol4 que transcendía a pesar de estar cerrado.
Dos días después resolvió Laura, consultar a otro facultativo, el cual, sin ser tan afamado como el doctor Blumen, gozaba la reputación de ser muy hábil, de lo que dio prueba evidente. De aspecto menos áspero que su colega, trató con fineza a Laura, y luego que la hubo preguntado si no la acompañaba ninguna persona de su familia con quien hablar, su enfermedad, la pidió mil perdones por el pesar que iba a causarla y con este preámbulo declaróle que tenía el vientre lleno de bultos « fibromiomos », por lo que una operación le era indispensable; la expresión de su fisonomía, adecuada al caso, solemne, afligida, parecía propia para acompañar un entierro. No dejó de quedar desconcertado al ver la tranquilidad con que Laura, le escuchaba. Ésta le repitió lo mismo que al doctor Blumen: [35] su próxima vuelta a París, y, él, lo de un segundo examen en la clínica para poder darle un diagnóstico definitivo. Una vez allí no tuvo el menor reparo en contradecirse y declararle que no necesitaba operación alguna, de la misma manera que lo había hecho anteriormente su compañero. Haciéndole justicia, debemos confesar que sostuvo larga plática con Laura, y que trató de convencerla por cuantos medios estuvieron a su alcance, de que debía continuar en Berlín. Laura, salió de allí con el firme propósito de irse a París, lo que realizó con tal precipitación que parecía un fugitivo de una celda ansioso de encontrarse a salvo.
Al poco tiempo de haber llegado a París le hablaron favorablemente del doctor Castel, de origen oriental, pero de educación parisiense. La recomendación no pudo ser más eficaz « es un médico de mucho talento », la dijeron, lo que bastó [36] para decidirla a someterse, anticipadamente, a lo que el doctor Castel la dijese. No obstante, la duda se había amparado de su alma y la falta de fe que los médicos alemanes infundieron en su espíritu la entristecían profundamente. - Este será el último médico que consulte, - se decía mientras esperaba que llegase el doctor Castel. El desengaño doloroso ya experimentado había llegado a desilusionarla, de tal modo, que no deseaba ni se sentía con fuerza de continuar haciendo investigaciones, que sólo daban por resultado el aumentar aun más sus temores.
1No sólo Laura es pálida sino también el sol.
2La primera visita tuvo lugar en el consultorio de la casa del doctor Blumen.
3El fibroma, según el Diccionario de la Real Academia es un "tumor formado exclusivamente por tejido fibroso" (1970, 616a). En este caso es un tumor benigno en la membrana uterina.
4antiséptico médico.