III

    [15] El doctor Barrios la aterrorizaba, si era cierto que en varias ocasiones este malestar había desaparecido, también podía suceder que persistiese lo que forzosamente resultaba alarmante. A pesar de que se creía amparada contra todo mal genital por su vida de continencia, no obstante, recordaba lo que había oído decir al doctor Barrios: « Rara vez se conoce el origen de estas enfermedades ».

    Ya hacía un mes que Laura no se sentía bien, cuando el doctor Barrios le dio la señal de alarma.

    Al volver a su casa después de haber pasado el día haciendo visitas, frecuentemente decía a su doncella: « A qué altura tan considerable viven mis amigos; siempre [16] que voy a tomar un ascensor veo que tiene un anuncio: « Suspensión momentánea por reparación ».

    

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    Cuando Laura salió de la casa de la señora D... donde había encontrado al doctor Barrios, una sombra de tristeza obscureció el resplandor de su mirada. Al anochecer, profunda angustia la llenó de congoja; durmió mal, con sueño atormentado. La advertencia del doctor Barrios, fue como un rayo que incendia un castillo de oropel.

    Después de haber pasado largas horas de insomnio y varios días de sufrimiento: principió a sentir un malestar tan grande, que resolvió ir al consultorio de un ginecólogo cualquiera; a pesar de que rechazaba de su imaginación lo que se evidenciaba visiblemente. Avergonzada cual si hubiese cometido un delito, vistió con un traje muy sencillo y con un nombre supuesto pidió una cita a un médico del [17] barrio, temerosa de ser reconocida si se dirigía a uno de los especialistas en boga, a los que solía encontrar en los salones que frecuentaba.

    

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    El diagnóstico que escuchó no pudo ser más aterrador. « Señora le dijo el médico; si usted no se cuida seriamente, antes de dos años tendrá que ser operada. A pesar de que usted no me ha permitido que le haga el examen interno, por los síntomas que tiene, todo me hace suponer que puede usted estar seriamente enferma. Principie por suprimir los tacones, no ande a pie, y siga, momentáneamente, el tratamiento hidroterápico que la indico en esta receta.»

     A partir de aquel día el mal principió a declararse con toda franqueza. En vano Laura, pretendía forjarse ilusiones, la fuerza del dolor la despertó a la realidad y tan cruelmente que no pudo contener el llanto... y fueron aquellas horas lentas y silenciosas, y días y semanas de muda [18] agonía, durante las cuales se agotaron las lágrimas de sus pupilas, hasta que recobró nuevo aliento sacado de su propio abandono y soledad.

     Deseosa de ocultar su enfermedad a sus relaciones de París, resolvió hacer un viaje a Alemania1, para continuar su curación en esa ciudad, atraída en parte, por la celebridad de los médicos prusianos. Con este propósito despidióse de sus amigas diciendo que iba a hacer un viaje de placer.

    Tan solo el recordarlo la hacía estremecerse cuando estaba esperando al doctor Castel, en su salita Luis XVI, ¡que romería más cruel aquella! no era la del enfermo que busca la salud, sino la de la víctima que quiere librarse del cuchillo. En vano se vestía modestamente, siempre que debía consultar a una eminencia de la ciencia alemana: tomaba la precaución de no ponerse ninguna joya. Cualquiera que no hubiese conocido su intención habría supuesto que se proponía penetrar en el barrio del Weschapel londinense o en el de los apaches parisienses. Pensaba que al verla vestida simplemente la supondrían [19] una persona sin fortuna, y por consiguiente, incapaz de pagar las sumas considerables que suelen cobrar por las operaciones los que han llegado a la cima de la empinada carrera quirúrgica. Creía que, causando una impresión de pobreza, la2 dirían un diagnóstico imparcial; mas todas sus precauciones fueron vanas; su aspecto sólo bastaba para denunciar lo que era: sin duda porque la fortuna difícilmente se puede ocultar.

    

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    La primera vez que se dirigió a un célebre ginecólogo alemán hubo de sufrir su delicadeza exquisita de mujer acostumbrada al mimo y al derroche galante de los franceses. En la casa del especialista berlinés, una criada le indicó que debía despojarse de su abrigo y sombrero antes de entrar en el salón, a lo que Laura contestó negativamente.

    El espectáculo que se presentó a su vista en la sala de espera era digno de una página [20] de Abel Faivre. Si no hubiese sido capaz de hacer llorar, habría provocado a risa: una hilera de mujeres, solas algunas, y otras, acompañadas de sus esposos, descansaban en los sofás o sillas que colocado habían cerca de la pared de la habitación. Ya la doncella que les recibiera, a la entrada, les había quitado sus sombreros, guantes y abrigos con una o dos horas de anticipación. Así, descubiertas, mostraban la deformidad del cuerpo a que las condenaba la enfermedad. Por lo general casi todas eran gruesas y tenían el vientre muy abultado, algunos rostros diríase de cerámica amarillenta; se les veía los párpados estirados y obscurecidos por profundas ojeras de color enfermizo. Una mujer muy flaca, casi escuálida, atrajo la mirada de Laura, inspirándole, al mismo tiempo, una mezcla indefinible, mitad de piedad, mitad de repulsión: el abdomen en su formidable desarrollo, habíase desviado hacía el lado derecho sobresaliendo con agudeza ostensible. La enferma lucía su grotesca figura ante los otros pacientes, sin mostrar disgusto alguno. Soportaba su mal con paciencia y resignación [21] admirables. Era la heroína de la fealdad doliente. Según Laura, que principiaba a enterarse de esta clase de enfermedades debía tener un cáncer en el colmo de su desarrollo. Esta exposición caricaturesca, caprichosa labor del dolor humano, no sublevaba protesta alguna; ajenas a todo disimulo, exhibíanse cual figuras humorísticas, sin sentir la tristeza femenil de la hermosura sepulta en la fosa pestilente del mal. El espíritu de la alemana, sin coquetería, dócil y sometida a la voluntad del hombre en esa sala ostentaba su más eficaz demostración. Allí una morena de belleza extinta era tal su obesidad, que las caderas y la cintura habían adquirido mayor anchura que los hombros, de manera que, desde el cuello hasta los muslos, formaba una masa deforme y perfectamente recta de carne humana. Sus ojos negros de pupilas enormes, los que sin duda antes brillaron con un reflejo de amor, ahora parecían no tener alma; sólo dejaban adivinar un incendio extinguido por el escalpelo. Esta morena cuya belleza había consumido la clínica, como las otras enfermas, también era una resignada.

    [22] La única persona que sufría, la única angustiada, la única que cerraba los ojos para no ver este cuadro de depravación estética era Laura; en cambio todos los concurrentes la miraban, la miraban con asombro. Sólo ella se mostraba rebelde, conservando puesto su abrigo y su sombrero, era la mujer que no obedece y que se subleva contra la orden del facultativo, según la cual toda paciente debía desvestirse en el vestíbulo de la casa. De su toilette aún tenía hasta las manos enguantadas, lo que le valió una mirada de profundo disgusto del doctor Blumen al hacerla pasar a su consultorio; pensaba, sin duda, en el tiempo que le haría perder al quitarse los accesorios que completaban su tocado, mientras que Laura, mentalmente, respondíale: « Si pago es para ser servida ».

    

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    El doctor Blumen es una eminencia en Berlín; cuentan que por sus manos [23] pasan, al nacer, duques y princesas. Su aspecto grave, frío, circunspecto, le da la apariencia más austera que la de un magistrado en el tribunal. El que tiene la suerte de ser recibido por el doctor Blumen, no debe dirigirle preguntas, sino conformarse con responderle... ¿no es él el rey de la ciencia ginecológica?

    El doctor Blumen se sentó delante de su escritorio, volvió la espalda a Laura sin pedirle que le disculpase y se puso a escribir, después de decirla que se desvistiese indicándola al mismo tiempo, con la mano, un diván que tenía al frente.

    Esta vez la palabra a desvestirse indicaba su verdadero sentido, así lo comprendió, Laura, y procedió a despojarse de su sombrero, abrigo, etc., no sin sentirse sumamente avergonzada. La maldita moda que reemplazaba los calzones amplios de batista por los pantalones estrechos de seda, la obligaba a quitárselos del todo, y este gesto impúdico la ruborizaba, de tal modo, que encendióse de rubores. Se acriminaba por no haber pensado en ponerse, para esta ocasión, otros, abundantes de vuelo como las enaguas, [24] los que hubiera podido conservar aun en el momento mismo del examen, ocultando las piernas entre los encajes3.

    Por fortuna para ella, el doctor Blumen, parecía haber olvidado la presencia de Laura, la cual pudo despojarse de sus pantalones color azul de Sajonia, que correspondía al mismo tono del forro del vestido, que era de azul más oscuro, de igual modo que las medias y escarpines de las botas.

    Delante de ella, pendía en la pared un lienzo de tamaño natural, que representaba una mesa de operaciones, encima de la cual aparecía extendido un hombre, mostrando las entrañas que le desbordaban rojas y sanguíneas como una granada reventada; al lado de éste el doctor Blumen, de pie, blandía en el espacio un cuchillo, como un barbero luce su navaja.

    Laura, sintió una sensación espeluznante al ver esta pintura, y lo primero que le sugirió fue que también ella, como la figura del cuadro, estaría condenada a verse en iguales condiciones.

    Desde aquel momento, poseída de terror [25] y repulsión indecibles, imaginóse al doctor Blumen, no como un hombre de bien y útil a la humanidad, sino como un malhechor, un Jack el destripador o cosa por el estilo.

    Laura, después de una breve pausa, tratando de serenar el timbre de su voz se atrevió a interrumpir al médico, que parecía haberla olvidado por completo, mientras que escribía y hojeaba diversos cuadernos. Díjole tímidamente: « estoy lista ». Este hizo girar la silla donde estaba sentado y sin levantarse la dirigió el siguiente interrogatorio: ¿Cómo se llama usted? ¿dónde vive? ¿la calle? ¿el número? Laura, sorprendiose al escucharle, mas no queriendo dar a conocer su nombre, aparentando serenidad, respondió en falso a todas las preguntas que la dirigió el doctor.

    Las encontró tan poca relación con su enfermedad, que por un momento antojósela estar delante de un agente de policía. El doctor, después de haber escrito y guardado preciosamente las direcciones que acababa de escuchar, se puso de pie y aproximóse a ella. Su figura era arrogante, [26] su aspecto marcial, grande de estatura, grueso y coloradote: parecía un coracero.

    Con un ademán indicó a Laura, que se acostara sobre el canapé inmediato, lo cual hizo, no sin gran dificultad, porque la falda sastre, que llevaba sumamente ajustada, sólo la permitía movimientos acompasados, inapropiados a las circunstancias.

    La fisonomía áspera del doctor Blumen, no era enigmática para Laura, quien adivinó el disgusto que le causaba el que hubiese demorado más tiempo que las otras clientes, en prepararse al examen, y esta idea distrájola en su emoción profunda, ante la actitud humillante e indecorosa a que la sometía la enfermedad.

    Aparte de su esposo, ningún otro hombre se la había acercado de esta manera íntima, y su pudor de mujer ofendióse; tanto cuanto su vanidad de Venus. Su cuerpo, a pesar de que jamás lo mostró desnudo, le valía la admiración artistas más en boga y el elogio de sus admiradores. En ese momento le trataban, a pesar de su hermosa desnudez, [27] como a carne descompuesta que causa repugnancia.

    Mientras que todas estas ideas se esbozaban y confundían en su mente, el doctor Blumen, la apretaba y estrujaba las entrañas, con sus manos, que tenían la rudeza del martillo y la fuerza de una prensa.

    De pronto un grito agudo se escapó del pecho de la enferma; no era el que emana de la angustia amorosa de una virgen; la mano del doctor había encontrado el mal, el sitio enfermo; no cabía duda. Su semblante se contrajo un instante, luego se rehizo y adquirió su fría expresión convencional.

    Apartóse del lado de Laura y procedió a lavarse las manos esmeradamente.

    ¡Cuánta repugnancia debía causar! pensó Laura, agobiada de dolor, de temor y de vergüenza.

    El vía crucis pudoroso, de Laura, aun no había terminado, el doctor se sentó a su lado y la pidió que se quitase la blusa; entonces, entre valencianas encrespadas como tiernas escarolas y cintas de color iris, aparecieron sus senos como dos rosas [28] abiertas, espléndidos, firmes y perfumados.

    El médico tomó uno de ellos, el cual, al contacto de la mano, encogióse tembloroso; después tiróle del pezón, mas lo hizo de manera tan hosca que, Laura, lanzó un alarido tan agudo, que ruborizó al médico, obligándole a pedirle que le perdonase.

    

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    -¿Qué enfermedad tengo? se atrevió a preguntarle antes de despedirse, escuchando una respuesta fría, áspera, desconsoladora, que la dejó en el mismo estado de duda que se encontraba: « necesita usted operarse ».

    El día había obscurecido; una claridad crepuscular atenuada por los transparentes de encajes que cubrían las grandes ventanas, en toda su extensión penetraba hasta la vivienda, empalideciendo a las personas y a las cosas. Era el momento de retirarse.

    

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     [29] Las palabras que acababa de pronunciar el doctor Blumen, produjeron en el espíritu de Laura un levantamiento formidable; una revolución en todo su ser; una protesta de su voluntad contra todo buen juicio o razonamiento. Cual mujer acostumbrada al disimulo, peculiar a las altas clases sociales, respondió sonriendo irónicamente, después de haber ideado con la rapidez de su imaginación ardiente lo que mayor disgusto podía causar al doctor Blumen: « Si es indispensable que me opere tendré que hacerlo en París. »

    El golpe no pudo ser más eficaz.

     -« Venga usted el lunes a mi clínica y oirá usted mi diagnóstico definitivo, necesito examinarla dos veces ». Y diciendo esto el doctor se puso de pie indicándola, como lo haría un rey, que debía despedirse. Laura, no pudo contener un gesto de despecho, y, precipitadamente, después de dejar sobre el escritorio una pieza de [30] veinte marcos y de saludar al doctor, cortésmente, salió del consultorio con la misma sino mayor duda con que entró.

    

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    La impresión que le causó el doctor Blumen no podía ser más lamentable, él, el más afamado, el más aristocrático de los ginecólogos berlineses, prefería dejar a una enferma con toda la angustia que sus palabras la habían causado; prefería hacerla pasar dos días sin reposo, ni sosiego, creyéndose presa de un mal terrible, antes que decirle al instante lo que ya sabía y que reservaba para después. Estas y otras tristes reflexiones preocupaban a Laura, mientras que con paso lento andaba por las calles amplias y limpias de la ciudad, en las que los raros transeúntes, al anochecer, le parecían sombras de fugitivos que huían precipitadamente; hasta que el cansancio la obligó a tomar un automóvil para volver al hotel, donde estaba sola con sus tristezas.

Capítulo IV
Índice

©2002

    1Debe decir "Berlín" por "Alemania", o "ciudad" por "país". Que la acción torne a Berlín no debe sorprender. La joven Aurora, en sus propias palabras nos cuenta en su autrobiografía que pasó una temporada en "un convento de Berlín para estudiar el alemán". [Zoila] Aurora Cáceres (Evangelina), Mi vida con Enrique Gómez Carrillo. Madrid: Renacimiento, 1929, pág. 15.

    2Debe decir "le dirían". El uso de "la" por el complemento indirecto cuando se refiere a una mujer aparece frecuentemente en esta novela y es común en ciertas regiones de España. La peruana Cáceres debe haber apropiado esta construcción durante sus visitas a la Península. Curiosamente Darío también la usa cuando escribe para Cáceres el prólogo de su libro Oasis de arte. El bardo dice de la escritora que "el aeroplano la entusiasma". Este ensayo de Darío, "Aurora Cáceres", se reproduce en Willy Pinto Gamboa, Epistolario de Rubén Darío con escritores peruanos. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1967, págs. 58-59. El "laísmo" no se acepta por la Real Academia. Véase la Real Academia Española, Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, Madrid, Espasa-Calpe, 1981, págs. 424-425. Este fenómeno también se da en "El ángel caído", de Juana Manuela Gorriti.

    3Como hemos señalado en otro lugar, durante la época modernista el encaje representa el lujo en la estética femenina. Consúltese Thomas Ward, "Rumbos hacia una teoría peruana de la literatura: sociedad y letras en Matto, Cabello y González Prada", Bulletin of Hispanic Studies 78.1 (January 2001), págs. 89-101, esp. pág. 92.