[4] Laura, con voz temblorosa preguntó al criado: -¿Puedo ver al doctor? a lo que aquél respondió: --La señora se molestará en esperar un momento. El doctor ha salido, pero no tardará en volver. A las dos principia la hora de su consulta y sólo faltan algunos minutos.- Dicho esto, desapareció, cerrando rápidamente una elevada puerta blanca con filetes y estucos dorados1.
Laura, consultó su reloj: aun le quedaba un cuarto de hora de espera. Miróse en el espejo de la chimenea, que tenía al frente, buscando su imagen entre los pequeños espacios que dejaban descubierto un colosal péndulo, y las gruesas lámparas de china que servían a manera de floreros.
[5] Sus facciones de clásica belleza, quedaban mal ocultas bajo el velo negro que ajustaba su sombrero. La brillantez de los ojos, lejos de apagarse, fulminaba, produciendo un encanto desconocido. Ocultaba su cuerpo con un amplio abrigo de nutria que la cubría hasta los pies, y en un enorme manguito de la misma piel, escondió las manos de musmé. Recostada, cómodamente, en un sillón, dándole reposo al cuerpo, ansiaba el del alma.
En vano trataba de contener su inquietud.
Veía reproducirse su pasado con la fuerza del instante presente. Recordaba su peregrinación2, de dolor, por las clínicas de Berlín. Fue aquélla la romería del sacrificio, del holocausto. Y aun se estremecía de espanto ante la visión del primer día, no lejano, en que un facultativo la dijo: -« Cuídese usted, puede ser grave lo que usted tiene ».
[6] ¿Era posible vivir en unas semanas, la tragedia de una existencia y sus angustias infinitas en la lobreguez de soledad?
« El deber es cruel, inhumano » - ansiaba decir a gritos, - mas el orgullo de su sangre se sublevaba cual mar enfurecido y la enseñaba que la tristeza debe ser silenciosa.
La primavera llegó a su término y los primeros calores se dejaron sentir en París, con gran júbilo, después de un invierno de lluvias y tormentas inclementes.
Laura, había encontrado una tarde en casa de una amiga, al doctor Barrios, compatriota suyo, el cual, si no gozaba de gran reputación como médico, en cambio la tenía, y grande, de ser buen amigo, francote, hombre de conciencia, escrupuloso en el cumplimiento de su profesión y enamorado para no desmentir a la raza.
Era un atardecer tan caluroso, que envidiaría el estío, con claridades de cristal y brisas de amor.
El último té de la estación se efectuaba en casa de la señora D... Todos estaban acordes en que ya había llegado la época [7] de cerrar los salones e ir al Bosque para reunirse bajo la sombra de los castaños floridos, coloreados de verde y blanco y escuchar, a la intemperie, la lánguida música de los zíngaros.
El doctor Barrios se aproximó a Laura, miró en torno, y después de persuadirse de que se encontraban entre personas que no comprendían el español, principió a soltar la lengua con labia exuberante, sin preocuparse de los que se encontraban a su lado.
Laura vestía aquel día un elegante traje de batista bordado a mano con incrustaciones de Venecia y rizadas valencianas, como de espuma, encima de un viso de raso tierno, color de rosas que se adhería a su cuerpo, dándole una atrevida y aparente desnudez. No ignoraba que tenía las formas intachables de una Venus, y aprovechaba la tolerancia de la moda para mostrar sus perfiles de levantina estatua.
-¡Que talle! exclamó al verla el doctor Barrios, en el momento en que un rayo de sol iluminó el rincón donde se encontraban, bajo las ramas extendidas de una palmera desfalleciente. El doctor [8] Barrios creía de buena educación dirigir un cumplido a Laura, después de haberla retenido un buen rato, contándola un percance de amor por el que había pasado en esos días.
Laura solía decir: puedo dividir a mis amigos en dos categorías: los que se enamoran de mí, y los que me cuentan sus amores. En esta ocasión no se equivocaba, el doctor Barrios era de los segundos, le hacía confidencias. Bastó para ello una frase de Laura: -« Doctor, ¿qué tiene usted hoy? está usted más alegre que de costumbre » . - « Ya lo creo que estoy alegre, buen motivo tengo para estarlo. Yo, que jamás he tenido aventuras con mis clientas, porque nunca he querido mezclar asuntos de amor con los profesionales, me ha sucedido que una amiguita mía se ha convertido en mi clienta. La conocí en un baile del Elíseo, yo no sabía quién era... Un día después de habernos dado algunas citas, no acudió a la hora convenida y me envió un neumático »3.
« La pobrecita estaba enferma y me pedía que fuese a verla, en mi carácter de [9] médico. Figúrese usted cuál no sería mi sorpresa; era casada con un respetable magistrado, el que me colmó de atenciones. Aquel día por primera vez supe su verdadero nombre. ¡Qué infortunio! ha estado gravísima, más no se puede estar; nada, que se moría y yo allí a su lado, pasando las noches enteras sin dormir, viendo que la perdía, sin que la ciencia sirviese para nada. No puede usted suponer, Laura, los momentos horribles que son para un médico aquellos en que se le va la vida a un ser amado. Por fortuna ahora no abrigo temor alguno, ya pasó todo el peligro. Me parece que con ella también yo hubiese vuelto a la vida, ya ve usted si tengo motivo para regocijarme, por esto me ve usted tan contento. » - « ¿Y el marido también? » -dijo Laura, sonriente como una colegiala, inocentemente picaresca.
« ¡Por supuesto! » respondió el doctor Barrios ingenuamente...
Después de haber dado rienda suelta a su espíritu de expansión, el doctor Barrios hizo una pausa y lanzó una mirada escudriñadora al cuerpo de Laura, sin duda [10] por lo ajustado del corsé. La cintura, más que de mujer parecía tallo de flor.
Laura respondió a esta mirada diciendo: - « No me siento bien doctor » -. « ¿Qué tiene usted? ¡cuidado! » - « El vientre, doctor, me pesa y me duele de tal manera que cualquiera en mi lugar estaría en la cama. No es la primera vez que siento este dolor. En otras ocasiones he estado así, pero no he hecho caso, ni me he cuidado y el mal se ha ido solo, como ha venido; espero que esta vez ocurra lo mismo ». El doctor Barrios la miró con fijeza en los ojos, y repitió nuevamente con expresión adusta la palabra « ¡cuidado! » agregando: « Sin pérdida de tiempo hágase usted examinar ».
Laura, palideció un instante, y un frío como de muerte le heló la sangre; luego trató de serenarse y empeñóse en alejar de su mente la idea de tener una enfermedad interna, como se rechaza lo que aterra.
[11] Ella, que como un sol esplendoroso estaba orgullosa de la belleza de su cuerpo ¿llegaría a perderla? ¿perdería su finura, su esbeltez; dejaría de ponerse corsé y de usar los tacones Luis XVI, que le daban al andar un movimiento rítmico y ondulante? Si realmente estaba enferma de gravedad, con qué placer escucharían su desgracia las mujeres que la envidiaban sus éxitos, tan celebrados en sociedad, de mujer hermosa, elegante y distinguida.
Sus amigos, por su belleza, su gracia, y la costumbre que tenía en su casa de reclinarse en un sofá, y también por su virtud, solían llamarla Madame de Récamier4.
Frívola con arte y graciosa cual una muñeca, sin sensibilidad, su existencia entera la consagraba a mantener el prestigio de estar de moda, deslumbrando por el gusto artístico y exótico de sus vestidos. Si algunas veces despertaba pasiones, [12] correspondía con sonrisas, con miradas, y desde el momento que un hombre principiaba a requebrarla con tenacidad y que creía ver en él a un amoroso apasionado, se apoderaba de su espíritu tal disgusto, que cortaba con él toda amistad, y del importuno enamorado huía, evitando hasta el encontrarle.
Enviudó siendo muy joven. Su vida de matrimonio no fue feliz, amó a su esposo con la devoción sagrada del primer amor; mas la infidelidad de su marido, después de largas noches de insomnio, en las que el llanto apaciguaba arrebatos de ira delirante, sumergióla en una apatía sentimental de sueño letárgico.
Esta desilusión, sufrida en la edad temprana, produjo en su alma juvenil un choque tan violento, que el mundo parecíale despoblado e impotente para remover la sensibilidad afectiva de su corazón.. Llevaba seis años de lucha tenaz, en la que su voluntad vencía por encima de todo instinto amoroso, logrando adormecer su espíritu. « Mi juventud ha muerto » dijo un día, triunfadora, « así lo he querido y así será.. » Y desde esa época su vida fue la [13] de un torbellino transparente y sonoro: a veces el recuerdo de los pocos años de felicidad que se evaporó de su existencia con la rapidez de los celajes tempraneros, le arrancaba suspiros que ahogó, buscando el halago de las futilezas del flirteo y las emociones de arte que la conmovían profundamente.
De las artes, su predilecta era la pintura, porque no le permitía soñar ni forjarse ilusiones futuras, ni rememorar la monótona melancolía de antes. La visión objetiva la beatificaba por completo, sumergiéndola en un olvido como de ánima santa; en cambio huía de la música cual de un amante antiguo abandonado, que la provocaba a renovar un sentimentalismo ruinoso en el que, no obstante, palpitaba aún la nostalgia de tristezas lejanas.
Los compromisos de fiestas e invitaciones embargaban su imaginación, de tal modo, que así, sin sentir el amor, transcurría su vida entre remembranzas instintivas y cándidas timideces. Sólo una pasión la dominaba hasta fascinarla maravillosamente. Amaba su cuerpo como se ama lo bello y cual una pagana le consagraba [14] culto; con gran esmero estudió la estética del movimiento, de la flexibilidad de la línea, y los ejercicios corporales, que practicaba diariamente, bajo la dirección de un hábil gimnasta. No obstante, solía experimentar cuando se presentaba ante su vista una pareja de enamorados cierto recrudecimiento sentimental parecido a un despertar epiléptico; una sensación interna de escalofrío, como de invierno que paraliza la vida; una crispación epidérmica que se prolongaba mucho tiempo, hasta que, súbitamente, dominaba su emoción. La altivez de su carácter hablaba soberbio, y con la filosofía fácil de un buen humor poco común, se decía: « tengo una salud incomparable, y este es el mejor el mejor amante, y el mejor compañero de la vida ».
1Con esta novela Cáceres se inserta en una tradición que podría denominarse "el discurso de la enfermedad". Incluye a escritores tan diversos como Sarmiento, González Prada, Ingenieros y Alcides Arguedas.
2El tema de la peregrinación era común desde el siglo XIX hasta la época de Cáceres. La primera obra de esta índole escrita por una mujer en el Perú fue las Peregrinaciones de una paria de la renegada Flora Tristán, aunque se escribió en francés. Véase Flora Tristán, Peregrinaciones de una paria, trad. Emilia Romero, Lima: Ediciones Ercilla y Librería Studium, 1986. Quizás la novela más famosa y mejor lograda de este tipo fue la de Juana Manuela Gorriti, las Peregrinaciones de una [sic] alma triste, recopilada en Panoramas de la vida, 2 vols., Buenos Aires: Imprenta y Librerías de Mayo, 1876; v. II, págs. 17-238. Dos trabajos fundamentales para entender esta literatura de viajes son los de Mary Louise Pratt, Imperial Eyes: Travel Writing and Transculturation, London: Routledge, 1992; and Francisca Denegri, "Desde la ventana: Women 'Pilgrims' in Nineteenth-Century Latin-American Travel Literature", Modern Language Review 92.2 (1997), págs. 348-62.
3Es decir, una comunicación.
4Madame de Récamier (1777-1849), dama famosa, bella, de mucho talento, quien reunía en sus tertulias lo más selecto de París.