XVIII

    [116] Se presentó nuevamente el criado:

    - Un cliente busca al doctor, dice que tiene a su hija grave y solicita una visita esta noche. -

    A lo que él contestó con gran indiferencia, por primera vez, desde que ejercía su profesión:

    - Diga usted que he salido, que me buscará usted - y continuó como hablando consigo mismo: - Hoy, no, mañana, mañana... ¿quién sabe cuando? ¡Qué loco empeño de la humanidad por aferrarse a la vida cuando es tan cruel!

    Y luego no pronunció palabra alguna; se engolfó en el sillón y sus labios se encendieron enrojecidos como un clavel sevillano y sus ojos carmelitas como hábito [117] de monje despedían llamas de perdición, como de suplicio de infierno.

    

*

    

* *

    El doctor español había mandado a la farmacia a buscar una medicina y se empeñaba en que su amigo bebiese la droga, sin lograr convencerle.

    

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* *

    Hacía largo rato que la oscuridad de la noche penetraba hasta la habitación en que se encontraban los dos amigos, el uno sin valor para despedirse y el otro temeroso de quedarse solo.

    En la semioscuridad de la estancia no se veían, estaban inmóviles cual dos sombras dolorosas, en medio de las cuales vagaba la imagen de la muerte.

    Una voz sonora, aguda como un trino, lanzó una carcajada, que por lo inusitada les hizo estremecer.

    [118] -¿Será posible, -dijo, apretando el botón eléctrico, -que estén ustedes sin luz?

    Quien así hablaba era la hija del doctor Castel, preciosa muchacha de diez y ocho años. Su belleza se había desarrollado con la exuberancia oriental, estaba floreciente de juventud, de alegría y de hermosura.

    Al saludar al doctor Barrios, se avivó el rojo de sus mejillas. Extendióle la mano con cortedad. Éste le indicó con la mirada que se fijase en su padre al mismo tempo que la dijo:

    « No está muy bien de salud, necesita los cuidados de una hija cariñosa como usted. »

    La niña fijóse en el estado de postración de su padre y le conmovió de tal modo la expresión dolorosa de su rostro, que sin decirle palabra alguna se abrazó a su cuello, le cubrió de besos y prorrumpió en estridente llanto.

    -La vida es triste, hija mía, -dijo aquél acariciándole la cabellera.

[118]

    

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* *

    El doctor Barrios se alejó despacito, pensando en lo bella y sensible que era la hija de su colega y en la semejanza que la vida tiene con los rosales; apenas una rosa acaba de perfumar la existencia de algún hombre cuando se deshoja, y luego otro nuevo capullo se abre en un nuevo florecimiento, tan intenso como el de la rosa muerta.


    

FIN DE LA ROSA MUERTA


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¡Nuevo! La rosa muerta (Buenos Aires: Stockcero, 2007) ahora está a disposición de los lectores en una nueva edición, editada por Thomas Ward, y publicado por Editorial Stockcero. Incluye una nueva introducción que Thomas Ward brinda, un nuevo cuerpo de notas al pie de página, documentos adicionales pertinentes de Amado Nervo, Rubén Darío y Miguel de Unamuno, y con una modernización completa de la ortografía y puntuación.