XVII

    [107] El doctor, un tanto tranquilo después de haber logrado la resurrección de su enfermo, principiaba a inquietarse por la prolongada ausencia de Laura, contaba los días, las semanas; parecíale imposible que se hubiese prolongado tanto tiempo, y se preparaba a ir a verla, cuando recibió la carta siguiente fechada desde un sanatorio de Berlín.

    

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« Leopoldo:

    « Un alma que tal vez habite la vida eterna, cuando recibas estas líneas, principia [108] su despedida por pedirte perdón. Perdóname por lo mucho que te he ocultado y por mi vanidad de mujer, que prefiere morir en el extranjero, lejos de ti, antes que dejarte unido al recuerdo de nuestro amor, la imagen de mi cuerpo mutilado y estropeado. Nada te he dicho de los dolores físicos que me sobrevenían a nuestras horas de amor; mentira era la mejoría de que te hablaba siempre, mentira mi alegría y mis risas: lo único cierto era mi amor, lo único indestructible era esta pasión tan intensa que me abrasa el alma y desborda de mi pecho, de tal modo, que el mundo le parece pequeño si la pregonase a gritos.

    « Quise que mi amor alegrase tu existencia, que mi alma juvenil, como flor encarnada y aromática, recrease tus ojos hastiados de ver sufrir; mas hoy que mi destino adverso me convierte, de Venus turbadora, como solías llamarme, en triste despojo de hospital, aniquilado y exhausto, prefiero huir, alejarme de ti y anticipar así mi muerte... al menos te dejaré el recuerdo de la mujer misteriosa del Bósforo1, « con cabellera de alga y ojos de [109] noche oriental », y no el cuadro del dolor de mi agonía, entre vendas, cloroformos2 y escalpelos ensangrentados. En Berlín la muerte me causa menos tristeza, es una ciudad a propósito para morir, se aleja uno de ella sin extrañar la vida; en París, en nuestra alcoba rica como un camarín de sultana, me habría sido más triste morir. No he querido manchar esa estancia, que moraron nuestras almas, en un recogimiento de fervoroso amor, con la lobreguez funeraria. Un presentimiento, una superstición tal vez, me dice desde hace tiempo que debo morir.

    « ¿Recuerdas la primera tarde de amor que pasamos en tu clínica? Tú oías el canto del convento inmediato y me hablabas del sonido virginal de las voces que cantaban. Yo escuché la plegaria de difuntos y en lontananza me pareció ver la forma de mi madre que vaporosa y agitando los brazos me llamaba. Himeneo no coronó de rosas nuestro lecho. La música nupcial fue un miserere3 y la visión remota de la sombra venerada un presagio de fatalidad.... Nuestro amor fue grande, inmenso, capaz de borrar todo [110] presentimiento, toda superstición; ávido de vida y de placer nos hizo olvidar y desechar todo razonamiento y gozamos mucho, infinitamente; mas la muerte no se apartaba de nosotros, yo la llevaba oculta en mi ser.

    « ¡Adiós! ¿volveré a verte? nada sé y en nada espero. A través de los misterios sutiles de lo eterno, de lo desconocido, de lo inconmensurable, búscame, yo te esperaré siempre ; si siempre existo; pero pregunta antes si estoy bella. Si fatigado tu espíritu del espectáculo del desnudo enfermo, quieres recordarme, ve al estudio del pintor X.; él, que siempre pintó mujeres vestidas que se abrasan de sensualismo, con la maestría de su pincel incomparable, ha hecho mi retrato, desnuda. No te espantes, es un desnudo casto. Será la Venus más perfecta que queda del arte contemporáneo, asegura el artista.

    « Mi compatriota, el doctor Barrios, se encuentra a mi lado, él tiene el encargo de comunicarte mi muerte tan pronto como acontezca. ¡Adiós! . .. ¡te amo tanto!…»

    

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    [111] Apenas el doctor Castel, hubo terminado de leer la carta, con los ojos enrojecidos y el cuerpo exánime, se dejó caer en un sillón y balbuceante exclamó: ¡la niña, la pobre criatura! y los sollozos ahogaron sus palabras al nacer.

    El doctor se encontraba en el dormitorio de su casa. Las hojas de la ventana estaban abiertas de par en par, lo que permitía que se percibiese la vista que ofrecía el bosque de Boulogne, con su verdor sombrío al finalizar el verano. El sol declinaba dejando entrever su luz en un incendio oscilante, diríase chisporroteos de remota lámpara moribunda. Alumbraba el follaje detrás de los árboles hasta que declinó dulcemente. Una claridad enfermiza envolvía la habitación en una atmósfera de penumbra martirizada. El doctor se puso de pie y sin pronunciar palabra contempló el paisaje en el que todo moría en un finalizar de estío, la tarde, la luz, el sol y [112] también su amor, como se lo probaba la carta que con manos temblorosas llevó a sus labios. « E1 dolor debe ser eterno, no acabará jamás » se dijo, según era la fuerza de sus sufrimientos.

    

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    Un criado vino a interrumpirle en su estupor diciéndole que el señor que le había traído esa carta, era el doctor Barrios, que acababa de llegar de Berlín y deseaba verle; al mismo tiempo se presentó éste en la habitación.

    Los dos hombres se estrecharon con fuerza ambas manos sin pronunciar palabra, sus ojos se preñaron de lágrimas. El doctor Castel principió: ¿Cómo ha sido posible?... ¿sin mí? no, no puede ser verdad, doctor, Laura no ha muerto.

    El silencio que guardaba el doctor Barrios le decía lo contrario y las lágrimas que de cuando en cuando se enjugaba con el pañuelo.

    [113] Transcurridos unos segundos de silencio penoso principió a hablar:

    - Ella así lo quiso. Fue su voluntad, sólo la víspera de su operación recibí sus confidencias y la carta que he traído a usted.

    Era imposible evitar la operación. Los fibromas4 habían adquirido grandes proporciones en estos últimos tiempos y causádola una hemorragia abundantísima, la que volvió a presentarse en el momento de la operación, entonces ya nada se podía esperar. Los cirujanos perdieron la cabeza, y la pobre Laura murió. Pensaron en la ovariotomía, abriéndole el vientre, pero fue demasiado tarde. Además, ella lo había prohibido. « No quiero que lastimen mi cuerpo, no quiero tener, si vivo, huella alguna que recuerde la enfermedad ». Si hubiese querido operarse en Francia, tal vez habría sido otra su suerte, nosotros habríamos adivinado, previsto lo que podía ocurrir, nosotros conocíamos su naturaleza y ese anuncio secreto, esa convicción que tenía de que iba a morir, la habríamos tenido en cuenta para redoblar las precauciones...

    [114] El doctor Barrios suspiró tristemente, y después de sonarse con estrépito, continuó diciendo:

    - Cuando la aplicaron el cloroformo tomó en las manos un ramillete de violetas y me dijo: - « ¡Qué hermoso es el carnaval de Niza! » - luego, adormecida, lo dejó caer.

    Lo he guardado para usted aunque está marchito.

    - No olvidó las violetas - dijo doctor Castel. - Cuando vivía me obsequió con otro lozano, las gotas de rocío temblaban sobre las florecitas, cuyo perfume embriagó de felicidad mi alma - y nuevamente, en una remembranza de goce extinguido y que jamás se volvería a renovar, copioso llanto empañó sus ojos.

    Transcurridos unos instantes de expansión dolorosa, en los que el ruido de los sollozos apagaba el eco de la voz, el doctor español continuó:

    - Esas fueron sus últimas palabras...

    ¡Pobre Laura! morir joven y bella. La muerte parece que la hubiese tenido en acecho. Hace algún tiempo, en la clínica [115] me decía: - « Doctor, los perros aúllan de noche, es para anunciarme la muerte ».

    Y antes de salir de París, una lechuza5 vino a mi balcón desde la iglesia inmediata. Todo, hasta los más insignificantes presagios le anunciaban su próximo fin. La muerte le quitó la vida, pero no la hermosura. ¡Qué bella estaba! parecía una estatua de Carrara. Escultores acudieron a modelar su perfil griego, sus manos y pies, y un pintor la ha representado entre tules blancos y lirios como una virgen celeste. Conservó su sonrisa irónica y desdeñosa que parecía decir contrastando con la palidez del rostro: pertenezco a lo azul, a lo intangible, he dejado el carnaval de la vida!

    El doctor Castel le escuchaba como aletargado, dominado por la indecible tristeza de un remordimiento secreto.

    - ¡Cómo pude olvidar su mal, -exclamó angustiado - mi excesivo amor es el que la ha muerto!

Capítulo XVIII
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    1Estrecho entre los mares de Mámara y Negro. Antes se llamó Estrecho de Constantinopla.

    2CHCl3, sustancia que se usa con éter para inducir el sueño; todavía se emplea con animales en las clínicas veterinarias.

    3Canto que se basa en el salmo cincuenta. El himno comienza con esta palabra latina que significa "ten compasión".

    4tumor benigno.

    5Frecuentemente las aves en el modernismo tienen valor simbólico. Así es con el cisne en Darío y González Prada, la tórtoola en Martí, el cóndor en Chocano y el búho en González Martínez. La lechuza en Cáceres, como el búho en González Martínez, puede representar la sapiencia.