XVI

    [104] Hacía seis días que el doctor no había visto a su amada: « caprichos de mujeres - pensaba - como yo falté a su casa, ahora no quiere venir ».

    Laura, le daba como motivo de no poder ir a la clínica, una disculpa banal; el doctor releía esta carta, y a pesar suyo le venía a la imaginación el recuerdo de otra, no lejana, escrita en la época en que el amor les brindaba con alegría vibrante los entusiasmos intensos.

    Habían tenido una disertación filosófica, poco doctoral, en la que las palabras psicología y filosofía eran interrumpidas, por el estrépito de ruidosos besos. Llegaron a la conclusión de que el hombre, aparte de su lado psíquico, era un animal [105] caliente, y esta definición causóles tal hilaridad, que Laura, al escribirle, terminaba alguna de sus epístolas enviándole un cariño para el animal caliente.

    Seis días de ausencia habían bastado para que la mujer amada sólo existiese en su imaginación, como algo remoto y delicioso, que se esfumaba en una visión de estofas del renacimiento y mullidas alcatifas de Oriente, perlas e incienso.

    Mientras que así discurría, el doctor andaba más que aprisa las calles que le separaban de la casa de un cliente, quien se encontraba muy grave... ¡Oh! ¡los rigores profesionales, el terrible rival, el deber que tantas veces había contrariado a Laura! una vez más se interponía entre los amantes, produciendo un alejamiento.

    Aquella noche no tuvo tiempo de tomar alimento alguno, el caso era de peligro y le retuvo largo tiempo al lado del paciente, que perecía en agonías. Luchaba con empeño el facultativo; cuanto mayor era la gravedad, tanto más tenaz era su empeño por salvarle. Parecía más vehemente que un jugador.

    [106] La pelea empeñóse tenaz y animosa entre la voluntad del médico y la muerte inflexible. A intervalos las formas del cuerpo seductor de su amada; una aparición de gasas, perfumes y de cabellos de oro flotantes, pasaba fugitiva delante del lecho del moribundo, apartándole el cuadro de agonía que le crispaba los nervios con indecible emoción.

    Día nuevo estival y de remembranzas risueñas amaneció para el doctor, quien, pudo retirarse satisfecho y convencido de que el enfermo escapaba de la muerte. Nostálgica melancolía no tardó en apoderarse de su ánimo. ¿Por qué el recuerdo de Laura, tomaba una forma intangible?

    Ya no era la mujer inquietante de fuerza tentadora, cuyos negros ojos parecían devorarse en su propia llama; sino algo como una aparición sobrehumana, una mistificación de leyenda, una heroína de Hoffmann1.

Capítulo XVII
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    1Ernesto Hoffman (1766-1822), escritor y músico alemán. Ejerció mucha influencia con sus Cuentos fantásticos.