XV

    [100] El doctor se acostumbró fácilmente a ver en Laura, a la amante y no a la enferma.

    La obligación contraída de asistirla, quedó relegada en un abandono indolente y delicioso. El arte femenino de atraer, de seducir, le acaparó durante algún tiempo, por encima de todo escrúpulo. El beso del amor ahogó la voz de la razón.

    Laura, fue feliz, enteramente feliz; le parecía que la vida, al suave amparo de la caricia voluptuosa, tenía doble encanto, y de tal modo llegó a adormecerse, en su espíritu, todo raciocinio, que hasta sus tradicionales creencias religiosas se desvanecieron en un éter de somnolencia nacarada.

    No se explicaba cómo había podido [101] pasar los primeros años de su juventud sin cobijarse bajo el manto de la dulzura que le prodigaba su amante.

    

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    Una noche de primavera la joven enamorada esperaba a su amante, vestida con un kimono color lila, bordado de crisantemos celestes y de quimeras de oro; una palidez de cirio invadía por instantes su semblante semejándola a los fumadores de opio; invencible laxitud física y moral la agobiaba, doblegaba los hombros cual los de una virgen doliente; parecíale que faltaba el aire en la habitación, y después de un momento de crisis durante el cual la respiración se le hacía dificultosa, abrió la ventana y dejando caer en el suelo del balcón algunos cojines, se acostó sobre ellos en actitud sumisa: diríase una musmé afligida.

    Contemplaba el firmamento azulado y sin nubes, mientras que esperaba a que llegase el doctor a la cita acostumbrada. [102] Un cartero interrumpió este arrobamiento, que parecía un diálogo entre las estrellas del cielo y otra de carne, que cual una fugitiva hubiese bajado a la tierra a buscar temprana sepultura.

    En un neumático, el doctor le decía que un enfermo de gravedad le impedía venir. Laura, pasó toda la noche a la intemperie, revolviéndose, de dolor, entre los cojines, cual un samurai herido. Así transcurrió la noche, noche negra de suicidio, y de tortura hasta que una clarividencia iluminó su entendimiento produciéndole indefinible espanto. El fresco del alba la decidió a retirarse a su cama. Al acostarse, una hemorragia abundante obligóla a mantenerse inmóvil, estrechando las piernas con estremecimientos paralíticos, para contener el hilo rojo que teñía su cuerpo, inundándola cual si hubiese recibido feroz puñalada.

    En ese instante, entre horripilamientos de la materia y torturas del alma, tuvo Laura el presentimiento de algo muy triste, de algo infinitamente melancólico, de lo que es el fin, el término y la noción vaga e inconmensurable de lo ignoto.

    [103] El mal, el enemigo, acababa de presentársele sangriento, era imposible continuar escondiéndole; imperioso cual un soberano, se manifestaba inclemente en su furia destructora; Laura, de reina, convirtióse en sierva. Hubo de resignarse al vasallaje físico; mas no al del espíritu; renunció al imperio del amor, al castillo de las moradas tornasoles cual los ópalos, y este renunciamiento voluntario de la amante, cuando el corazón sufre y necesita más que nunca de cariño, implicaba un acto heroico. No se resignó como el cordero eucarístico a mostrarse en actitud de mansedumbre, a ofrecer el sacrificio de consunción y sin belleza del despojo de la materia humana.

Capítulo XVI
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