[93] La más franca y cordial alegría reinó entre Laura y el doctor; éste decíase haber vuelto a su primera juventud. Las prendas de Laura le servían de disfraz. Unas veces jugaba con el sombrero, o simulaba aspirar el perfume de las rosas que le adornaban; otras se envolvía la cabeza en el velo, y los instrumentos de la clínica perdían su aspecto solemne contribuyendo a completar estas bromas de disfraz improvisado y travieso. Una vez sucedió; que, estando Laura acostada, ya pronta a que la hiciera la curación, se acercó el doctor, y, por sorpresa, la levantó en peso, haciéndola, dar una vuelta por la habitación como quien pasea o arrulla a una criatura de meses.
[94] Laura, protestó fingiendo enojo, a lo que su amante respondió: - Un médico tiene la obligación de saber cuánto pesa una enferma; cumplo mi deber profesional.
El doctor, metódico por sistema, organizó su vida de manera que veía a Laura dos veces por semana.
Una noche solía ir él a casa de Laura y de día iba ella a la clínica, al atardecer, cuando ya se habían retirado todos los clientes. Las horas que pasaba en casa de Laura, eran las más deseadas por ambos; en medio de las sedas, de los encajes, las flores y perfumes, las caricias de los enamorados sentían propicio el ambiente.
Laura, acostumbraba pasar a desvestirse, a su tocador, antes de acostarse; después [95] solía aparecer envuelta en un kimono1 de crespón de seda color de rosa o celeste muy pálido, que armonizaba formando una gama de lirios, con las luces del aposento, amortecidas por pantallas de tonos indecisos.
Una noche no queriendo interrumpir la conversación en que estaban empeñados, Laura, distraídamente, principió a desvestirse delante de su amante, lo que produjo a éste tan visible malestar que no pudo dominar el decirla: « Por favor, no se desvista usted delante de mí, piense que en la clínica todas las enfermas hacen lo mismo. No se imagina usted cuánto me persigue esa visión desagradable y el esfuerzo que necesita hacer todo mi ser para rechazarla ».
Laura, sin responder, huyó veloz un breve instante, volviendo después cubierta con una gruesa bata de levantarse, de felpa, que la envolvía de tal modo que no le dejaba siquiera la garganta descubierta.
- No, así no, - la dijo el doctor alargando los brazos desde la cama en que estaba acostado; usted, Laura, se puede [96] mostrar desnuda, su cuerpo es una maravillosa obra artística.
En ese instante dio vuelta al botón de la electricidad y aclaró la habitación que estaba en la penumbra, lo que le permitió observar la palidez de Laura y ver la impresión triste que sus palabras la habían causado.
Aquella noche, el doctor, intencionalmente, creyendo haber lastimado la exquisita sensibilidad de su amada, estuvo más afectuoso que de costumbre, renovó sus caricias con la vehemencia de la primera noche y parecía insaciable en el goce del amor.
Laura, le correspondía con la mayor terneza2, mas sin ardor, estaba lánguida y se daba con molicie.
En su cerebro, una idea que hacía tiempo la torturaba el alma, adquiría las proporciones de una gran resolución. Pensaba en lo vano que era su empeño, en lo desigual de la lucha que sostenía y se sentía perdida, perdida sin piedad, perdida de amores.
Su belleza disminuía visiblemente, en cambio el mal aumentaba y devorábala [97] cual carnicero e infecto reptil hasta agotarle la sangre; en vano había puesto en juego toda la efusión de su alma; sus encantos más seductores, los refinamientos más exquisitos de una coquetería sutil, que brotaba de esta mujer bella y enferma y de su juventud agonizante, como la última flor de la otoñada que huye. Presentía en el desmoronamiento insondable de sus ilusiones, que el momento de la derrota se aproximaba, que el horrible mal triunfaría con su brutal fealdad, sobre toda hermosura, sobre toda concepción de arte, sepultando su amor, no con la lobreguez destructora de lo trágico, sino con esa frialdad de la agonía persistente del abandono, que vislumbra la muerte sin llegar a alcanzarla.
No le cabía duda, la bondad del doctor, dispuesto siempre a sacrificarse, habíale impedido manifestarle antes, con cuánta fuerza el espectáculo de la materia enferma le perseguía sin poder apartarle de su mente. La pasión originó un olvido que sólo duró algunas horas, tal vez algunos meses con cortos intervalos, y ahora reaparecía la realidad tenaz e imborrable.
[98] ¡Cuánto hubiera dado, en ese instante, la triste doliente, peregrina de ternezas, forjadora de quimeras, por borrar el espectáculo de su pasado de la imaginación de su amante! Esas horas de curaciones, durante las cuales había derrochado gracia y talento para distraerle y disimular fealdad del mal, ahora le causaban mayor arrepentimiento que a una Magdalena sus pecados. ¡Olvidar! ¡Olvidar! ¡Quién pudiese arrancarse la memoria, hacer desaparecer el pasado, borrar las impresiones visuales, lavándolas con lágrimas, adormeciéndolas con latidos de tórtola!
La salvación de su amor consistía en el olvido: en un imposible. ¿Cómo podría olvidar el que tenía los ojos abiertos, el que diariamente, cual en un espejo, veía reproducirse las mismas desnudeces del lecho de amor, en la clínica blanca cual cristalizaciones de nieve?
Laura, había tenido siempre el presentimiento de que en su unión amorosa, el [99] doctor vencía cierta repugnancia instintiva; que hacía un esfuerzo para dominarse e impedir que ella se percatase de su inquietud. En vano, durante largos meses forjóse la ilusión de que podría quedar enteramente curada; insistente, desesperante, con empeño invencible el mal la alarmaba; no obstante, su principal empeño fue tratar de ocultar en lo profundo de su vientre la punzada dolorosa que allí existía, destrozándole las entrañas y el alma y capaz de desencantar a su amante, de desilusionarle.
Temerosa, avarienta de su cariño, meditaba sus palabras, evitando un quejido, un lamento, que pudiese advertir al médico e inducirle a una separación. Estaba convencida de que sacrificaría su amor a su deber, le sabía abnegado, poderoso y fuerte de voluntad.
1Prenda de vestir del Japón; parece una bata.
2ternura