XIII

    [90] El despertar de la razón, después de haber gozado del amor, suele tener momentos de zozobra. En silencio y precipitadamente, como dos delincuentes que quisieran borrar las huellas de un crimen, procedieron a preparar los aparatos de curación y luego a ponerlo todo en orden.

    Una vez que Laura concluyó de vestirse abrió de par en par la ventana que daba al jardín del convento inmediato: una claridad de naranja coloreaba las acacias en flor cuyo reflejo de amaranto, tibio y luminoso llegó a su pecho atrayéndole la mirada hacia lo alto, levantó la cabeza, que tenía inclinada y vio grande y majestuoso en su postrer destello, el sol poniente.

    

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    [91] - Laura, ¿cómo se siente usted, la he causado mal? - le preguntó el doctor con ternura.

    - No, - respondió sin mirarle, - al contrario, me siento mejor que nunca.

    Y mientras así hablaba, no apartaba los ojos del cielo. Su imaginación se perdía en el espacio de lo inconmensurable.

    A sus oídos llegaban las voces de las huerfanitas, que unidas a las de las religiosas, cantaban a vísperas. El órgano murmuraba sonidos que parecían articulados por voces gangosas que entonasen el miserere.

    - Este canto me recuerda mi niñez en el convento de Sevilla. A esta hora era cuando rezaba con mayor devoción... Al salir de la capilla, el olor de los azahares del huerto deleitaba mis sentidos y la última claridad del sol, que se sumergía en el Guadalquivir1, me apenaba de tal [92] modo que me parecía tener muy próxima la muerte.

    El doctor no escuchaba a Laura, y como ella, absorto en una contemplación imaginativa, decía:

    - Escuche usted ese canto, ¡cuánta dulzura, cuánta pureza existe en esas voces cándidas! La ingenuidad de vírgenes que entonan esa plegaria se revela en esos sonidos...

    - Escuche... escuche usted, Laura, - insistió el doctor.

    Y vagamente al canto sucedió un eco de rezos, un murmurio doliente; era una plegaria de difuntos. - El camino de la Cruz.

    El sol había desaparecido, no obstante la luz del día se mantenía melancólica como un claro de luna.

Capítulo XIV
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    1El río que origina en Jaén, pasa por Sevilla, y desemboca en Sanlúcar de Barrameda.