XII

    [83] Los primeros calores del verano se dejaban sentir invadiendo las habitaciones de una atmósfera sofocante. El doctor había levantado las enormes celosías de vidrio y entreabierto las del cuarto de curaciones. Desde allí se distinguía el verdor tierno y jugoso de los arbustos del jardín inmediato, que pertenecía a un orfelinato regido por religiosas.

    Antes de que Laura se aligerase de ropas, como estaba obligada a hacerlo siempre que iba a la clínica, el doctor cerró cuidadosamente las celosías, con lo que se acentuó el perfume de encina y de follajes que hasta allí había penetrado, impregnándose en las habitaciones donde no circulaba el menor átomo de aire. [84] Tanto Laura, como el doctor sentían la alegría exuberante e insconsciente que inspira en los temperamentos tropicales la naturaleza lujuriante del estío. Se sentían alegres con la ingenuidad infantil, hablaban puerilidades y reían como chiquillos sin tener razón ni motivo alguno.

    Laura, estaba de pie, su cuerpo quedaba oculto detrás del lecho de curaciones en el cual apoyaba sus brazos como si fuese la baranda de un palco. Esperaba a que el doctor terminase de preparar sus instrumentos, para lo cual empleaba una lentitud poco acostumbrada. Se acercó a Laura pausadamente, cruzó uno de sus brazos por la espalda de ésta y rozándole la cara le dijo:

     « Déme usted un beso Laura. »

    Ella se sintió paralizada y no tuvo tiempo de responder, como no fuese instintivamente, devolviendo el beso, amante, lento e inmenso con que el doctor le apretaba los labios. No obstante, reaccionó su espíritu un segundo, durante el cual pretendió desprenderse del doctor, mas en vano, porque la caricia la cauterizaba con la fuerza de una quemadura. El doctor [85] pareció no darse cuenta de esta efímera reacción, e insaciable en ternezas devorábala a besos...

    Luego se miraron y ninguno pareció sorprendido, ni siquiera hicieron la menor alusión a la manifestación de amor que acababan de prodigarse, tan natural les parecía que se desbordase lo que hacía tiempo tenían escondido en el corazón.

    ¿Se siente usted aliviada? - la dijo el doctor besándola las manos, antes de separarse de su lado.

    - Sí, - respondió Laura, lanzando un profundo suspiro.

    - Yo también me siento bien, ¡qué bien me siento! exclamó efusivamente ayudándola a subir al lecho de curaciones.

    Una vez acostada invadióla una morbidez irresistible y cubriéndose el rostro con ambas manos dijo: « No puedo más ».

    El doctor, precipitadamente acudió a su cabecera y la pidió que se levantase.

    Casi en sus brazos la condujo a otra sala de operaciones, más íntima, que la en que se encontraban. Laura, recostóse en un canapé de laca blanca que parecía un lecho de niña, por su elegancia y diminutas [86] proporciones. Estaba tan blanca como el mueble, su rostro tenía la brillantez del marfil y sus ojos negros parecían lúcidos, inflamados de amor. El doctor la dejó un instante sola, trayéndola después un vaso de agua helada, dándosela a beber a pequeños sorbos.

    - Se encuentra usted en tal estado, Laura, - le dijo sentándose a su lado, - que va a ser imposible hacerle curación alguna. Dios sabe que las necesita usted... No cometamos ninguna locura, mi deber de médico está antes que todo, usted ha confiado su salud, y yo le soy responsable de ella.

    Jamás esperó Laura, escuchar semejantes palabras en ese instante de ausencia de la razón y en el que su ser vibraba tembloroso en un anonadamiento de alma y de cuerpo capaz de consumirse en un abismo de fuego.

    Cual una resurrección de vanidades muertas habló su orgullo: sintióse herida la mujer hermosa y la hembra desdeñada. Tal vez el doctor sentía repulsión por el cuerpo enfermo, el mal era más poderoso que todo deseo, que toda voluptuosidad [87] y lo apartaba de ella, de la Venus enamorada. En ese instante no dudó, adquirió el convencimiento de que sólo le había inspirado un cariño espiritual, y recordó con tristura que durante el momento de amor supremo en que brotó un beso de sus labios a pesar de que los brazos la estrechaban, el menor roce no había frotado sus cuerpos ¿era éste un rechazo instintivo del vigor, de la salud exuberante, al aproximarse a la carne pálida, pobre en coloración sanguínea?

    Laura, que en otras ocasiones cuando tenía salud, sedienta de romanticismo ansiaba sentir una pasión que la recordase la beatitud del primer amor; en ese momento, lejos de abatirse, el instinto ofendido de la mujer que se cree soberana, revolvió todas sus creencias, todos sus prejuicios, todos sus temores, en una protesta muda de suplicio anhelante. Como impelida por una fuerza extraña, se puso a hablar con verbosidad ajena a sus costumbres recatadas.

    - ¿Por qué no me dice usted doctor que me ama? por favor, ¿quiero saber si me ama usted?

    [88] El doctor, sentado al borde del canapé, la atrajo hacia él cruzándola el talle con su brazo recio. Le sonreía afectuosamente. En sus ojos, la resignación del caminante árabe que tiene delante la inmensidad del desierto, aparecía en su mirada con un reflejo del alma.

    Laura le cogió ambas manos, y besándolas con pasión exclamó: - Estas manos que me hacen tanto bien.

    - Este es el amor de usted Laura, no se equivoque, sólo le inspiro gratitud.

    Laura, con un movimiento rápido se sentó sobre las rodillas del doctor, y efusivamente, queriendo borrar la impresión penosa que sus palabras produjeran, loca de alegría le devoraba a besos... El doctor olvidó que era médico, que estaba con una mujer nerviosa, excitada por el mal y olvidó también que se encontraba en su consultorio, donde un número considerable de pacientes hacía más de una hora que esperaban sus cuidados, y convirtió el canapé blanco en un lecho de caricias...

    Su goce fue inmenso, inusitado, como jamás le había sentido hasta entonces: gozaba su inteligencia, su alma y sus [89] sentidos. La actitud de Laura, durante la realidad del amor, fue de abnegación. Una hilera de vasos de cristales blancos que contenían el líquido, color del topacio, que debía ser analizado posteriormente por el doctor, justamente se encontraban colocados al frente de ella, y sus ojos sin poder evitarlo, miraban el líquido segregado por los enfermos. Esta visión impidióle concretar sus sentidos y sentir el espasmo supremo.

Capítulo XIII
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