XI

    [78] Transcurrieron quince días de separación, durante los cuales el deseo de Laura, de volver a ver al doctor era irresistible; y por lo mismo no se atrevía a realizarlo, hasta que una tarde el malestar que la producía el vientre obligóla a acudir al médico, quien al verla no pudo ocultar la impresión de alegría que se pintó en su semblante.

    Laura, se le presentaba bajo un nuevo aspecto, había vuelto a usar el corsé como antes; el cuerpo se le había afinado y aparecía elegante, coqueta y juvenil, cual la primavera que coloreaba la ciudad con claridad de vida.

    En apariencia, el mal de Laura, no tenía importancia; unas cuantas curaciones de [79] itiolo1 bastarían para que desapareciera la inflamación que la apenaba.

    

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    El doctor Castel, era de esos hombres que no son insinuantes en amor; preocupado y absorto por su ciencia, esperaba que viniesen a él. Laura le inspiraba una afección tan grande que no acertaba a definirla; se sentía atraído hacia ella con fuerza irresistible, no obstante, contenía el impulso instintivo que le impelía a ella, porque el mal de Laura le acobardaba. Su enfermedad como un fantasma de hielo paralizaba sus sentimientos. ¿A qué estado podían conducirla las relaciones amorosas? ¿Cual sería su condición patológica al despertar sus sentidos en la edad crítica en que se iniciaba?

    Laura, con su gracia insinuante y la fe que le inspiraba su hermosura, creía en el triunfo de ésta, cual una pagana, por encima de toda reflexión, de todo temor y de todo el disgusto que pudiese inspirar [80] el mal genésico de que adolecía; esperaba en el triunfo formidable del poder sensual, sobre la humanidad y le creía capaz de vencer aun sobre la materia enferma. Alentada con esta idea se transformó en la Eva de la serpiente. Como a la madre paradisíaca, no le fue difícil seducir al hombre.

    El doctor amaba a Laura, mas como su vida había estado siempre dirigida por la fuerza de acontecimientos inevitables, estaba acostumbrado a disciplinar su voluntad, de tal modo, que sin hacer gran esfuerzo optó por seguir el papel de un resignado que le había trazado su destino.

    Laura, nacida en la ciudad de los claveles perfumantes, del sol abrasador que entristece con su plenitud abrumadora, donde los niños juegan tocando las castañetas que suenan con eco lejano y monótono, semejantes a un lamento de esclavos y a un crujir de cadenas, se sentía morir con la fuerza apasionada de su abolengo ancestral; aunque descendía de una familia noble, hacía largo tiempo que había perdido el derecho a esta herencia nobiliaria. Su madre la contó, en una de las [81] infinitas horas de inmovilidad a que la condenaba la parálisis, que una de sus abuelas, locamente enamorada, habíase casado contra la voluntad de su padre, con un joven árabe, de noble linaje. No obstante, la familia la consideró deshonrada por tal unión, que mezclaba la sangre castellana con la del moro. Semejante oprobio inferido a su alcurnia le valió el alejamiento de los suyos. La española prefirió seguir a su amante ciega de amor, internándose con él en la tierra africana, abandonando a su patria y a sus padres. A los pocos años de haberse separado de los suyos volvió a Cádiz, donde nació su primera y única hija, que era un portento de belleza. A poco de haber nacido la niña murió el padre, y la viuda permaneció en España, donde su hija a huérfana casó con un rico comerciante del lugar.

    Años después, como fruto tardío de esta unión, en las postrimerías de la juventud, nació Laura2. Cuando sólo contaba ocho años, sus padres decidieron instalarse en París, donde murieron dejándola aun muy joven. Parientes del lado paterno vigilaron a la niña, hasta que contrajo matrimonio, [82] muy a disgusto de la familia, con un joven artista, poco respetuoso de la tradiciones religiosas de los hogares españoles.

    Laura, se educó en un convento de monjas las que, por encargo de sus parientes, se esmeraron en desarrollar en su corazón los sentimientos de piedad y de fervor; este afán de sus profesoras, dado el temperamento exuberante de la niña y la fuerza imaginativa de su naturaleza, la transformó cuando llegó a ser mujer, en una mística del arte. Sus conocimientos en pintura eran sorprendentes, había recorrido los principales museos mundiales y sus opiniones eran escuchadas con la misma atención que se escuchan las del mejor crítico. Su biblioteca de pintura se consideraba como una de la más completas que existía, entre los aficionados, y si ella misma no había aprendido a pintar, era debido a su pereza invencible para todo lo que significaba un esfuerzo. Tenía una facilidad de asimilación extraordinaria, era capaz de hacer análisis profundos como un psicólogo; pero, no de producir.

Capítulo XII
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    1Una química usualmente relacionada con el azúcar. El término químico en inglés es "polyhydroxy alcohol".

    2Fue común durante estos años que ciertos artistas no españoles se inspiraran en Andalucía. Por lo tanto George Bizet (1838-1875), compositor francés, escribió la ópera Carmen, y en literatura, Alfred de Musset (1810-1857) compuso el poema "L'Andalouse" (de Premières poésies, 1835). Ya que los modernistas se inspiraron en Francia, es lógico que imitaran este interés por Andalucía. Pacheco, por ejemplo, ha visto "L'Andalouse" como una fuente de "La duquesa Job" de Manuel Gutiérrez Nájera. Consúltese José Emilio Pacheco, ed., Antología del Modernismo, 1884-1921, 2 tomos, México, UNAM, 1970, t. I, p. 27. La verdad es que, en una serie de comparaciones sobre la belleza de varias partes del físico de la duquesa, Gutiérrez Nájera afirma que "La duquesita" tiene "Pie de andaluza" (Pacheco, I, 9). Todo este fenómeno se agudiza en Latinoamérica a partir del auge de las teorías de Riva-Agüero cuando éste, en su Carácter de la literatura del Perú independiente (Lima, 1905), propuso que la literatura peruana es una rama de la castellana. Como Aurora Cáceres viene después, es normal que escriba una novela "española".