
[1] Laura, subió lentamente las escaleras que conducían al primer piso de una hermosa casa de París2. Su blanco rostro, de tonalidad marmórea, tenía una azulada palidez lapidaria que realzaba grandes círculos violáceos, obscureciendo sus ojos rasgados y pardos. La mirada brillante y dominadora parecía amortiguada por la expresión de una tristeza inmensa. Los labios carnosos y enrojecidos por el carmín, sonreían tímidamente, la sonrisa del disimulo, que aparenta el amedrentado; diríase que estaban prontos a transformarse en mueca dolorosa...
La escalera no era empinada; ni los escalones altos; amplios peldaños cubiertos [2] por mullida alfombra ofrecían cómoda ascensión al visitante. Laura, subía lentamente esforzándose en vano por ocultar fatiga que la oprimía el pecho; parecíale que le arrancaban el corazón. Le palpitaba con tal violencia, que por un instante detuvo el paso, para poder respirar libremente; luego continuó despacito, escuchando el roce de la seda amorosa de su vestido que crujía sin estrépito adherida a su cuerpo.
De pronto, inquieta cual si le causara sorpresa, detúvose en el primer piso, fijó la mirada en la puerta por la cual debía pasar, y la expectativa de que dentro de pocos instantes se definiría allí su suerte, paralizóla de terror.
Esta era su última excursión dolorosa; no quería sufrir nuevas vergüenzas ni desengaños; allí, en ese aposento atormentado, recinto de alegrías y de dolores, de ciencia y de arte, de vida y de muerte debería resolverse su destino cuando esa puerta le hablase, rompiendo el silencio que ocultaba como un misterio humano, algo del amor, del dolor y del vicio ; cuando la hubiese permitido entrar en la morada que [3] había designado como postrer refugio a su congoja.
Necesitó recurrir al resto de energía que aun la sostenía, después de haber pasado muchas horas de tristeza indecible, para decidirse a oprimir el timbre que brillaba, impertinentemente, sobre la obscura madera. Diríase un botón de oro.
Un correcto criado, joven, de cabello rizado y fisonomía simpática, la condujo, atentamente, a una salita de espera, que sin apariencia lujosa, denotaba, no obstante, el bienestar del que allí habitaba. Se veían aterciopeladas alfombras de Oriente, grandes poltronas de estilo Luis XVI3, canapés y sillas con tapices de Aubusson4, cortinas de estofas, cuyos colores aparecían amortiguados por el tiempo y algunas porcelanas japonesas4 guarneciendo un bargueño moderno. Ningún detalle revelaba un gusto personal, ni el más insignificante objeto podía denunciar la labor de una mujer.
1Aurora Cáceres, La Rosa Muerta, París, Casa Editorial Garnier Hermanos, s/f, pero de ser de 1914. El escaneo fue logrado por Marla Rolleri quien fue lector de pruebas y quien efectuó la conversión del documento a HTML. Pat Cunningham cotejó el texto digital con el original. Thomas Ward hizo la lectura final de pruebas.
2París pudo considerarse la capital modernista, visitada y elogiada por figuras de la estirpe de González Prada, Darío, Nervo y Cáceres.
3Luis XVI (1754-1793): Rey de Francia, subió al trono en 1774, fue ejecutado durante la Revolución francesa (1793). Su esposa fue María Antonieta. Una de las razones por las cuales perdió su popularidad fue sus múltiples relaciones con el extranjero.
4Aubusson: Una ciudad en Francia famosa por las excelentes tapices que produce.
5A partir del momento en que Julián del Casal introdujo el tema japonés en la poesía modernista, fue un aspecto característico. Véase Pedro Henríquez Ureña, Las corrientes literarias en la América Hispánica, México, Fondo de Cultura Económica, 1949, p. 170.