La Rosa Muerta

PRÓLOGO

Por Amado Nervo

[V]1 Yo creo que las mujeres a quienes Dios llama por el mal camino de las letras, deberían dedicarse a escribir novelas y con especialidad novelas de amor. La naturaleza ha hecho al hombre polígamo y a la mujer monógama. Ahora bien, la poligamia y el amor - cuando menos el amor cristiano -nada tienen que ver; ¿no se ha dicho por ventura que el amor es el egoísmo de dos? En cambio, a nadie se le ocurriría decir que es el egoísmo de cuatro... ¡o de cinco!

El hombre continúa entendiendo el amor - sobre todo el hombre moderno - un poco a la antigua, es decir, como una simple función natural, más o menos idealizada por el arte y por la poesía. Para la mujer en cambio, si no es una anormal, el amor constituye el fin por excelencia de la vida. Debe conducir al matrimonio o, en todo caso, a la [VI] posesión tranquila y completa. Como por otra parte la mujer es tan instintiva, conoce como nadie todos los recodos y todas las sutilezas amorosas ; la astucia, que es así mismo en ella muy superior a la astucia masculina, hace que se complazca en las veredas sentimentales, en vez de ir por el camino real. Por todas estas razones y otras que se me quedan entre el varillaje de acero de la máquina de escribir, la mujer es la novelista o noveladora de amores más idónea. Las inglesas lo han comprendido muy bien y en la old England ya casi no se publican novelas de amor escritas por hombres; éstos se dedican si se quiere a ser los héroes de ellas, lo cual es diferente... y los que se sienten con vocación para escribir, eligen las ciencias, la historia, la crítica, etc.

En España e Hispano-América, hay pocas mujeres novelistas, porque hay pocas mujeres intelectuales. La preocupación religiosa y la burla que cierta gente hace de las escritoras, deben contribuir a ello una miaja; sin embargo, doña Emilia Pardo Bazán2 ha producido ya una verdadera biblioteca novelesca y doña Blanca de los Ríos3 tiene varios libros de imaginación, de un estilo [VII] acuñado ; de una gran fertilidad de léxico y de una observación muy experta.

¡Cómo, no aplaudir por tanto a la señora doña Aurora Cáceres por su buen propósito de novelar! Conoce ella de sobra este París « Meca » de nuestras ingenuas almas hispanoamericanas; se deja penetrar por este ambiente tan propicio al trabajo del espíritu y sabe buscar en el cosmopolitismo un si es no es abigarrado de la gran civitas, tipos llenos de interés, con los cuales al cabo de algunas páginas tenemos que simpatizar: tal es su Laura española, deliciosamente aparisianada y ese doctor oriental, que se enamoran en el « decor » de una clínica blanca, que huele a asepsia; se poseen sobre un lecho niquelado de operaciones, y allí donde tantas veces se ha oído el grito del implacable dolor humano, dejan ellos escuchar el del amor voluptuoso, que acaso no es sino otro dolor, el más grande de los dolores de la tierra... Pero Laura está enferma, de una enfermedad que Aurora Cáceres describe sin miedo (revelando cierto estudio y cierto ojo clínico que -helas!- los médicos suelen no tener), y con un pudor admirable de su carne triste, sofoca los alaridos [VIII] cuando la posesión que la maltrata, y así que presiente que el doctor (que antes de convertirse en su amante la trató como médico) va a darse cuenta de la marcha del mal y acaso a sentir repugnancia por ella, la pobre heroína huye a esconder muy lejos su miseria, se va a morir a una clínica berlinesa, dejando al adorado una carta de romántico feminismo, llena de delicadeza:

« Perdóname por lo mucho que tu he ocultado y por mi vanidad de mujer que prefiere morir en el extranjero, lejos de ti, antes que dejarte unido al recuerdo de nuestro amor, la imagen de mi cuerpo mutilado estropeado. Nada te he dicho de los dolores físicos que me sobrevenían en nuestras horas de amor; mentira era la mejoría de que te hablaba siempre, mentira mi alegría y mis risas: lo único cierto era mi amor, lo único indestructible era esta pasión tan intensa que me abrasa el alma y desborda de mi pecho, de tal modo, que el mundo le parece pequeño si la pregonase a gritos. »

« Quise que mi amor alegrarse tu existencia, que mi alma juvenil, como flor encarnada y aromática, recrease tus ojos hastiados de ver sufrir; mas hoy que mi destino [IX] adverso me convierte, de Venus turbadora como solías llamarme, en triste despojo de hospital, aniquilado y exhausto, prefiero huir, alejarme de ti y anticipar así mi muerte... Al menos te dejaré el recuerdo de la mujer misteriosa del Bósforo, « con cabellera de alga y ojos de noche oriental », y no el cuadro del dolor de mi agonía, entre vendas, cloroformos y escalpelos ensangrentados. »

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Son bellas estas novelas de médicos y enfermas, que se dirían ahora en privanza. Yo leí en días pasados en el folletín del « Temps » una, traducida del alemán, cuyo autor se llama Hans Land y cuyo personaje principal es un gran cirujano de Berlín : Arturo Imhoff. Recomiendo esta novela, bella por todos conceptos, a los hombres de cincuenta años que piensan casarse con jovencitas de dieciocho... ¡Aprenderán !...

Al librito de la Señora Cáceres, tal vez pudiera yo hacerle algunos reparos con respecto a cierta sintaxis, a un vocabulario algo cosmopolita... como los protagonistas, [ X] a la intromisión repentina de tal o cual crudo toque de naturalismo que ya no está quizás con razón, de moda; pero entiendo que mi distinguida y simpática amiga, al que hacerme el honor de solicitar para su libro unas líneas a guisa de prólogo, no es precisamente crítica lo que desea. Esta llegará por otros caminos que el mío y ojalá que venga, para que el libro dure y la novelista se sienta estimulada a nuevos trabajos, tan estimables como el presente.

Dicho lo cual y después de ofrecer a la autora tous mes hommages, a mis soledades voy, como dijo el otro.



Capítulo I
Índice



1Los números entre corchetes [así] se refieren a la paginación de la edición original de la Casa Editorial Garnier Hermanos en París.

2Emila Pardo Bazán (1851-1921), novelista española, gran cultivadora de la ficción naturalista durante su primera época, y de la modernista durante los primeros lustros del siglo XX.

3Blanca de los Ríos (1862-1956), erudita española, famosa por sus libros críticos. Es paradigmático de aquella época que Nervo menciona a dos ibéricas pasando por alto las docenas de hispanoamericanas que cultivaron las letras, desde Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), hasta Juana Manuela Gorriti (1819-1892) y Clorinda Matto de Turner (1854-1909)