Selecciones de
María Jesús Alvarado Rivera1
INDICE
[111]3 Escucho en los discursos políticos himnos líricos a la libertad; al pueblo se le dice que es libre, que tiene derechos intangibles, que es soberano, que las autoridades no son sino simples ejecutoras de la ley.
Pero si dirigimos una mirada analítica a los hechos de la vida diaria, en cualquiera de sus manifestaciones, se descubre fácilmente que la libertad no existe sino en la oratoria política, para sugestionar a las masas intonsas y poderlas oprimir mejor; se descubre que en lugar de la cantada libertad, existe, en todas las modalidades de la actividad social, la más completa y deprimente esclavitud: el pueblo es esclavo de las autoridades, toda una jerarquía de amos despóticos, que según convenga a sus intereses personales, encarcelan, flagelan, asablean y asesinan al pueblo libre y soberano.
Y ni aun los amos, cuando, por casualidad, tienen conciencia de la libertad y de los derechos de los ciudadanos, y quieren gobernar conforme a las leyes, pueden hacerlo; no, tienen que renunciar a su personalidad independiente y someterse a la secular esclavitud: el gobernador debe esclavizarse al subprefecto, y éste al prefecto que a su vez se postra ante su omnipotente señor el presidente, que tampoco es libre sino esclavo de las exigencias de los prohombres que lo llevaron y lo sostienen en el poder, y hasta de los grandes sindicatos industriales que exterminan la raza aborigen, y explotan nuestras riquezas sin ningún beneficio para el país.
¡Degradante, horriblemente desconsolador es confesarlo; pero es la verdad!
En la Sierra, el indio inculto es esclavo del cura, esclavo del gobernador y del empresario; y en la costa, el hombre civilizado, el pseudo-ciudadano, sufre, no la misma, sino peor esclavitud aún: la esclavitud voluntaria é ilustrada, la que conoce los bienes benditos de la libertad, los tiene a la mano, y en una depresión indigna del ánimo, en un arraigamiento absurdo a la tradición, los renuncia con monstruosa estolidez; tiene miedo hasta de enunciarlos para no disidir de la sumisión imperante, y cual esos cobardes insectos, de que nos habla Wallace, que sin aptitudes para afrontar cuerpo a cuerpo la lucha, se adaptan al medio, hasta el extremo de confundirse con los objetos y pasar inadvertidos, el hombre civilizado, renuncia a la noble campaña de reivindicación; renuncia a la libertad, y se aviene al medio, vasallo humildísimo de la tradición, los prejuicios y la rutina.
La mujer sufre, la horrible desgracia de ser esclava del esclavo [112], y arrastrar cadenas más pesadas que éste, pues los prejuicios que pesan sobre ella son mayores: huérfana y soltera no puede vivir sola sino buscar la tutela de una familia, aunque sea extraña, y sufrir allí resignada el conocido martirio de vivir en casa ajena; no puede prescindir de la dirección espiritual; no puede desatender las prácticas religiosas; no puede abrir su espíritu a las revelaciones liberadoras de la ciencia, porque es anatematizada, excluida de la consideración de la buena sociedad, aunque profese la moral más pura.
Ahora bien; ¿adónde iremos a parar bajo el yugo de tal esclavitud? ¿Los esclavos han salvado alguna vez los pueblos?
No: jamás. Las grandes conquistas de la inteligencia, y el engrandecimiento de las naciones, han sido siempre obra de hombres libres!
Grecia y Roma, conquistaron la hegemonía con ciudadanos libres, y sucumbieron, con el incremento de la esclavitud; sucumbieron cuando la educación, las artes y la defensa nacional, se confiaron al esclavo!
¡Reaccionemos, pues, si no queremos ir a la decadencia, a la destrucción total de la nacionalidad, con nuestra esclavitud funesta! ¡Abramos nuestro espíritu a la más amplia libertad; eduquemos en la libertad y para la libertad; libertemos a la mujer que forma al ciudadano; libertemos al indio que forma la riqueza y constituye nuestro ejército; libertemos el pensamiento, profesemos la más grande tolerancia; unámonos fraternalmente bajo la cerúlea bóveda, en el grandioso templo de la Naturaleza, a cantar himnos al Trabajo, a la Verdad, y a la Moral; ahoguemos las debilidades todas con la fortaleza del carácter, y reconstruyamos la Patria; y que esta viril dignificante reacción, sea el homenaje sublime que le ofrezcamos en el glorioso día del centenario de la independencia!
Lima, 6 de enero de 1912.
María Jesús Alvarado Rivera.
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[112] Avelino Sumi, uno de los indígenas mensajeros de Samán que vino a Lima en 1913 a presentar al Jefe Supremo las quejas de los graves abusos cometidos en su parcialidad por gamonales y autoridades, no regresó con sus compañeros en dicho año, temeroso de la sangrienta venganza jurada por el señor feudal de su distrito.
[113] Lejos de su pueblo y de la familia querida, trabajando en diversas labores para ganar la subsistencia, ha permanecido Sumi año y meses en Lima, hasta que no pudiendo resistir ya la nostalgia del ayllu y la ausencia de la mujer y los hijos, nos manifestó su resolución de regresar, y entre protestas de gratitud, promesas de seguir nuestros consejos y de escribirnos se despidió suscitando en nuestra mente tristes reflexiones y en nuestro corazón el dolor y la zozobra.: representante de una raza robusta, viril, inteligente, apta, poseedora de hermosas cualidades, tal vez iba a morir al dar el abrazo a la querida compañera, víctima del plomo asesino en castigo del delito de venir a Lima a denunciar los crímenes, de que él, sus compañeros y su raza toda, son víctimas inermes.
Hoy hemos recibido carta de Sumi fechada en 31 de Diciembre, y en ella nos manifiesta que la persecución a su ayllu no ha cesado en todo el tiempo de su ausencia, y continúa a su llegada con mayor encarnizamiento tolerada y hasta encabezada por, el gobernador y el subprefecto. En el pasado mes de octubre han sido destruidas las chozas de tres indígenas a quienes se les obligó a huir y se les tomó presos cuando fueron a exponer sus quejas.
Rafael Medina está condenado por los gamonales a pasar la mayor parte de su vida en la cárcel, por la suprema voluntad del reyezuelo de la provincia: ha sido encarcelado sin iniciarle juicio alguno y puesto en libertad cuando se les ha antojado a sus enemigos. Más ahora parece que se pretende legalizar y perpetuar su prisión, pues se le acusa de un asesinato perpetrado en ese lugar en la época en que Medina estuvo en Lima, con la comisión de indígenas que vino a pedir justicia al primer magistrado de la República, el cual los mandó a su pueblo con el doctor Cáceres Olazo, nombrado para hacer investigación en el asunto.
También comunica Sumi que el gobernador ha dado un bando en la plaza pública haciendo saber que tiene autorización del presidente de la República para hacer matanzas de indios con las tropas de Arequipa y Cuzco, y que a raíz del bando, gobernador y comisario con gran séquito de soldados, hicieron una expedición a los ayllus mandando presos al pueblo a varios indígenas y maltratando a las mujeres que atadas a las cinchas de los caballos fueron arrastradas media cuadra.
Yo me, pregunto: ¿un país en estas condiciones; puede usar con legítimo derecho el nombre de civilización?--¡No!
Después de cuatro siglos de coloniaje y de casi un siglo de república, estamos aún en plena época de conquista: hordas de aventureros en campaña vandálica de destrucción y exterminio para coger el botín; legiones de soldadotes sin conciencia de sus deberes, sin sentimientos de humanidad abaleando, al servicio [114] de los poderosos, a las masas inermes: y comparsas de figurones llamados intelectuales repitiendo fonográficamente las teorías científicas, los principios de justicia, igualdad, libertad, derecho, dignidad humana, en ridícula parodia de cultura, y en la practica claudicando no solo de estos principios, sino procediendo hasta contra el sentido común, alentando y perpetrando el crimen, asaltando los puestos públicos para infatuarse en el colmo de la ridiculez como el pavo real y llenar la caja de libras a costa de mezquindades, vilezas y nefandos delitos.
Tal es el deprimente cuadro de la psicología nacional.
Es inútil que el indio clame incesantemente justicia, es inútil que presente recursos, que acuda donde autoridades políticas y judiciales.
¡Nada alcanza si no es conseguir que se extreme contra ellos la hostilidad de los gamonales!
Y a los que nos interesa la oprimida raza indígena, solo nos queda dar publicidad a los crímenes contra ella cometidos, hasta levantar una corriente de opinión pública que proteste contra tanta inmoralidad, contra tan horribles delitos, contra tan afrentoso salvajismo, contra tan burda farsa, haciendo caer a los intrigantes, castigando a los criminales, elevando el verdadero mérito, entronizando la justicia que redimirá al indio de la inhumana esclavitud que lo abate, dignificándole y capacitándole para que ocupe el puesto que le corresponde en la vida nacional.
Lima, Enero de 1915.
María Alvarado Rivera.
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[114] La protesta ha sido siempre una arma poderosa para la liberación del hombre oprimido, de los pueblos subyugados.
Más o menos intensa, ya sangrienta, cuando ha sido sostenida por la fuerza bruta convirtiéndose en rebelión.; ya incruenta; cuando no ha apelado a la violencia, pero siempre enérgicamente viril, se ha elevado en todos los siglos de la silenciosa ergástula del esclavo, y de la rugiente muchedumbre escarnecida, conquistando paso a paso los derechos conculcados por la soberbia y el egoísmo de los déspotas.
La protesta tranquila; pero enérgica de los plebeyos romanos en su célebre retirada al Aventino, alcanzó el magno triunfo de la creación del tribunado que dio al hombre conciencia de su [115] libertad é igualdad; y la protesta sangrienta del pueblo francés el 1789, la más terrible y formidable que registra la historia, reinvindicó definitivamente la dignidad y los derechos del hombre.
La protesta de las colonias independizó la América del yugo opresor del conquistador.
La protesta de los sabios contra el dogmatismo, liberó la conciencia y el pensamiento.
La protesta del proletario en las huelgas va modificando su condición de bestia de carga inconsciente y abrumada, por la de inteligente, digno y respetado asociado de su antiguo explotador.
Y, finalmente, la altiva protesta del feminismo va liberando a la mujer de su secular esclavitud, y restituyéndole la dignidad y autonomía de persona humana.
Cuando un individuo, una familia, un pueblo, sufren una carga sin protestar, se les impone otra y otra, y cuando ya, al fin, exacerbados por la opresión, lanzan tardía protesta, sólo reciben el sarcasmo cruel, y la ejecución de medidas de fuerza para hacer imposible la restauración de sus lesionados intereses.
Murmurar en privado de las cargas indebidas, de los abusos, arbitrariedades y extorsiones que se nos infiere, sea por la familia el superior o la autoridad, pero seguir siempre sumisos, es cobarde, indigno y contraproducente.
Cuando creamos vulnerados nuestros intereses particulares, o preterido el bien nacional, debemos protestar públicamente con inquebrantable energía, y entonces sí conseguiremos el reconocimiento de nuestro derecho, la preeminencia del interés de la Patria sobre el de la burocracia.
Cuando venían centenares de chinos perjudicando gravemente al peruano en la pequeña industria y causando otros males de mayor trascendencia aun, el descontento era general, se murmuraba incesantemente... y la raza amarilla seguía invadiéndonos.
Un día en una reunión popular un exaltado pronunció un violento discurso contra la inmigración china... se excandecieron los ánimos... hubo choque con la policía... A poco un decreto supremo imponía fuerte impuesto al inmigrante chino liberándonos de su perniciosa invasión.
Si a cada proyecto inconveniente, a cada contrato oneroso, a cada malversación, hubiese un mitin imponente de protesta del pueblo todo, sin ningún viso político, indudablemente que alcanzaríamos evitar muchos males obteniendo en cambio grandes triunfos nacionales.
Cuando en una provincia, contra la opinión pública, con la escandalosa intervención de autoridades venales se mistifica el sufragio, eligiendo representante a un homicida, a un ladrón, a [116] un hombre vil, ¿por qué la gente honrada del pueblo no suscribe una acta contra tan inmoral farsa?
Los derrotados son los únicos que protestan públicamente de la ilegal elección; pero no lo hacen guiados por elevados sentimientos de justicia y patriotismo, pues tal vez tengan los mismos o peores precedentes, sino ejerciendo, --como oigo decir hoy en política:- "'El derecho del pataleo".
La obra de la defensa y prosperidad del Perú es ante todo obra de moralización: si nuestras clases dirigentes están desmoralizadas, como lo repiten unánimemente sus mismos miembros, el resto del país, los particulares alejados de la política, desinteresadamente, sin más móvil que el bien colectivo y el nacional, sacudamos la apatía, observemos atentos la conducta de los funcionarios y de las grandes empresas, que entre nosotros ejercen omnímodo, poder y a cada acto incorrecto, a cada violación de la ley, elevemos enérgica protesta que repercuta hondamente en la opinión pública, haciendo caer la execración social sobre el autor del hecho inmoral.
Ejemplo de una noble viril protesta, que originará la correspondiente sanción social, tenemos en "El Libro Amarillo" salido del seno de una institución particular: Pro-Indígena, y escrito por una valiente mujer: Dora Mayer.
Despertemos del sopor que nos embarga; retemplemos nuestro espíritu; irgámonos en noble gesto de dignidad, y protestemos enérgica y eficazmente de la inmoralidad de la burocracia, que nos conduce a la ruina y conseguiremos salvar los restos de la herencia grandiosa de Huayna-Cápac.
Lima, Abril 1913
María Jesús Alvarado Rivera.
1Estos textos son de María Jesús Alvarado Rivera; Versiones de Wilfredo Kapsoli, El Pensamiento de la Asociación Pro Indígena, Lima, Centro Las Casas, 1980. Para la versión electrónica, Marla Rolleri trabajó con el escáner para luego efectuar la primera lectura de pruebas, y la conversión consiguiente a HTML. Pat Cunningham también logró una lectura posterior de pruebas. Agradecemos a Wilfredo Kapsoli el permiso de reproducir y difundir estos valiosos textos.
2En El Deber Pro-Indígena. Lima. Año 1. No. 5, Febrero de 1913, pp. 40-41; Versión de Wilfredo Kapsoli, El Pensamiento de La Asociación Pro Indígena, Cusco: Centro Las Casas, 1980, pp. 111-112.
3Los números entre corchetes [así] se refieren a la paginación de la edición original.
4En El Deber Pro-Indígena. Lima. Año III. No. 29. Febrero de 1915, pp.107-108; Versión de Wilfredo Kapsoli, El Pensamiento de La Asociación Pro Indígena, Cusco: Centro Las Casas, 1980, 112-114.
5 En El Deber Pro-Indígena. Lima. Año 1. No. 8. Mayo de 1913, pp. 64-66; Versión de Wilfredo Kapsoli, El Pensamiento de La Asociación Pro Indígena, Cusco: Centro Las Casas, 1980, pp. 114-116.