El espíritu misógino del Catolicismo subsiste en las leyes y costumbres, sin haber desaparecido de la literatura: muchos dramas, muchas novelas y muchas poesías burlonas o satíricas viven de los ataques y pullas al sexo femenino. (Cuántos ingenios perderían toda su chispa si les vedaran chistes y agudezas contra la mujer! Conviene citar un hecho revelador: el simbolismo católico no ha logrado crear un modelo de perfecciones femeninas capaz de eclipsar a las mujeres creadas por la imaginación pagana o gentil, pues la Sita del Ramayana, la Palas Atenea de la Mitología, la Penélope de Homero, la Antígona de Sófocles y la Alcestes de Eurípides figuran como tipos más ideales, más bellos y más vivientes que María. La madre de Jesús se reduce a un cuadro borroso y antiguo, donde la imaginación calenturienta de los Santos Padres ha trazado pinceladas chillonas y de mal gusto. Las grandes mujeres bíblicas florecen en las leyendas del Antiguo Testamento, fuera de las creaciones evangélicas. Las Ofelias de Shakespeare y las Margaritas de Goethe surgen después del Renacimiento y en naciones protestantes, cuando el arte había sido vivificado por el soplo de la Antigüedad, cuando los espíritus luchaban por sacudir el yugo de Roma.
Para comunicarse con el Webmaster.