LOS POETAS

     Para ciertas gentes, los poetas se dan la mano con los bobos que resuelven charadas o coleccionan estampillas. Si a uno le saludan: " -Adiós, poeta", quieren decirle: "-Adiós, tonto".

     Causa grima la idea que muchos se forman de la Poesía y de los poetas. Así, cuando en los corrillos algún bárbaro sale con una enflautada, todos prorrumpen a una voz: "-¡Hombre, no venga usted con poesías!". Cuando un pelafustán siente algo que le incomoda, exclama: "-¡Esto sí que es verso!".

* * *

     El mundo no está cansado de poesías ni de poetas, sino de coplas y copleros. Al surgir un Tennyson, un Campoamor o un Lamartine, los oídos se abren para saborear las melodías, las manos se extienden para comprar los libros.

     Si un poeta afirma que reina el positivismo, que el Arte agoniza, que las musas se van como los dioses, entiéndase que ha zurcido unos malos cuartetos, que ha dado pifia en una leyenda o que le han silbado una comedia.

     Cometen los poetas graves errores y quieren que el público se trague la píldora. Yerran higiénicamente al pensar que agua y jabón ahuyentan los consonantes, y yerran económicamente al figurarse que diez dedos y una lira deben constituir el solo capital de un poeta.

     ¡Si los poetas estudiaran más de lo que estudian! Casi todos rompen la Gramática, se aferran al Diccionario de la Rima y representan a lo vivo el capítulo del Padre Isla: De cómo Fray Gerundio deja los libros y se mete a predicar.

     La egolatría, la adoración de sí mismo, caracteriza al tocador de lira: cada poeta coge un incensario, se encarama en el altar mayor y se inciensa de lo lindo, haciendo el papel de santo, monaguillo y público devoto.

* * *

     La Humanidad no comprende a los poetas, que, sin embargo, siguen en el capricho de hablar con quien no les entiende. Can tan lo que piensan o sienten y hasta lo que no sienten ni piensan. Pretenden mantenernos con su propia sustancia: especies de pelícanos amorosos, nos toman por sus hijos y quieren alimentarnos con pedazos de sus entrañas. Los que no guardan mucho en el armario, cantan sus sueños. Por hablar, lo dicen todo; pertenecen, al coro de los confesores, pues nosotros los que leemos versos estamos en el de los mártires.

     El público escucha pensamientos, sentimientos, sueños, etcétera, y exclama: "-Todo está muy bonito; pero ¿a mí qué me importa?".

     El poeta responde: "-Si a ti no te importa, menos me importa el que no te importe".

     Aquí el poeta se parece a cierto maestro de escuela. En un pueblo de la sierra existía un preceptor más bruto que el alcalde, cosa difícil aunque verdadera. Entró un día el alcalde en casa del preceptor y le dijo con tono de reprimenda: "-Oigame usté, mestro, los vecinos murmuran que los muchachos no le hacen caso". "-Pues yo, respondió el dómine, no me quedo atrás, porque si los muchachos no me hacen caso a mí, yo tampoco les hago caso a ellos".


©2005


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